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NOTAS

Cabezones

Diego Vecino
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Nuevos circuitos, nuevas bandas, nuevas ideas. Indie cabeza, chabón o pulenta, como más te guste. Cartografía de una escena que, si bien subterránea, está muy consolidada y habla, tal vez como ninguna otra, de estos años kirchneristas.

Todo empezó en 2008, si la memoria no me falla, cuando en una parrilla libre del tercer cordón del hoy rebautizado Palermo Kirchner, un amigo me regaló el primer disco de una banda de La Plata, un cartón endeble cuya tapa era un collage muy poco logrado entre la trompa de un camión con acoplado y un tipo volando en un raro aparato de dos ruedas. El disco había salido un año antes y se llamaba La Bomba Sucia. La banda era El Perrodiablo. Cuando llegué a casa y lo puse me di cuenta que era lo mejor que había escuchado en mucho tiempo. Sonaba fuerte, árido, brilloso y rápido. Estaba grabado casi en vivo, en una o dos tomas y la primer canción decía, como anticipo sentimental del resto del disco, “una suerte de aquelarre ocasional / hago a un lado tu apatía intelectual”.

Ese mismo año empezó a instalarse en los medios especializados en “cultura joven” la idea de que ciertas mutaciones de superficie estaban teniendo lugar en el circuito de la música under, que para esos años estaba identificado y hegemonizado por la tradición del “indie”.

Nunca nadie supo exactamente qué era el indie, más allá del conglomerado de bandas norteamericanas e inglesas a las que se hacía referencia en los centros de producción musical bajo ese mote. De hecho, al día de hoy, la palabra es resistida como criterio de clasificación y, sin embargo, es también inevitable y de uso cotidiano. Mi intento de definición, que es arbitrario e ideologizado, después de mucho frecuentarlo, es que el indie es tan esquivo porque, a diferencia de otros géneros, no define tanto un catálogo de sonidos, estrategias de composición o recursos musicales como un tipo de sensibilidad de fin de siglo hecha de una amalgama compacta de gestos y símbolos provenientes de otras escenas como el punk, el grunge o el pop. Kaya Oakes, en Slanted and Enchanted. The Evolution of Indie Culture, lo definió en estos términos, al nivel de las audiencias: clases medias, hiperescolarizadas, faltas de entusiasmo, un poco abúlicas, portadoras de una ironía sofisticada y perfeccionada a través del tiempo y actitud introspectiva y poco sociable. Un cuadro emotivo que, en nuestro país, se impuso y tuvo su auge de manera residual entre 1998 y 2005, cuando constituyó una estrategia exitosa a la hora de definir los límites de microcomunidades de sociabilidad musical caracterizadas por el acceso restringido, la circulación de un saber especializado y cierto prestigio residual de la batería de símbolos del lifestyle noventero como la pasión light, el énfasis formalista, el reemplazo de la política por la técnica y cierto horizonte de aspiraciones lindante con la práctica vanguardista.

Sin embargo, para 2007, año en que salía La Bomba Sucia, y de ahí para acá, comenzó a hablarse de indie chabón, indie cabeza y, más recientemente, y con un poco más de elaboración técnica, de indie pulenta. Pero, ¿qué es exactamente el indie pulenta? ¿Tiene sentido seguir hablando de él hoy, a cuatro años de haberse acuñado el término?

Los héroes proletarios del conurbano

Como todo mote, el indie pulenta es resistido por muchos de los artistas a quienes hipotéticamente alcanza, siempre tendientes a pensarse en términos de entidades autónomas e individuales más que como generaciones o grupos amplios de intervención. A pesar de esto, y aunque no sea más que en un nivel superficial, el crecimiento en público y prestigio de bandas como El Mató a un Policía Motorizado y el reconocimiento ascendente que alcanzó en años recientes el colectivo de agitación cultural con base en la ciudad de La Plata y centro en el sello discográfico Laptra, habilitó sin lugar a dudas un proceso de gestación y consolidación de una comunidad musical dispersa pero reconocible que se constituyó como un pequeño ecosistema vivo entre las grietas de las brillantes y lustrosas baldosas del rock mainstreem y de la música sofisticada.

Si cabe la metáfora, el indie pulenta es aquello que sale de la espalda del indie a secas, vinculado a Capital Federal, cuando lo mojás y le das de comer después de medianoche. Un gremlin que es parecido a su primo bello y tierno, solo que facineroso, vandálico y futbolero. En efecto, sobre esa escena preexistente preocupada por sonar bien, por tener un “concepto” y por no hacer cagadas, la nueva generación recreó ciertas referencias de la música norteamericana e inglesa de última generación pero sobreimprimiendo su propia épica proletaria de salvación. En primer lugar, el abandono casi completo de las intenciones preciosistas de la vieja escena y su reemplazo por una estética despojada, desprolija y lo-fi, que a veces es incluso trash, pero que jamás repite sordamente esos yeites del consumo irónico sino que se despliega a través del hilo de Ariadna de la corporeidad y la fe genuina; en segundo lugar, la incorporación de ciertos tópicos provenientes de los géneros marginados del rock que proliferaron durante los ’90 –como el panrock y el rock chabon– como el barrio, la amistad, la cerveza y, en fin, todos los rituales de deriva suburbana por las calles semiasfaltadas del sur bonaerense.

“Entiendo que las bandas de antes vienen primero del menemismo, ¿me entendés? –arranca Doma, cantante de El Perrodiablo– Son hijas de la idea menemista de la vida, superneoliberal, el sueño de la estrella de rock. Y se movían así aún siendo bandas de pub. Entre ellos y nosotros pasaron un montón de cosas. Por ejemplo, el hecho de que la información de las bandas como Flaming Lips o Nick Drake estuviera a mano de todo el mundo, bandas que por ahí antes eran más para unos pocos y ahora ya no. Y por ahí ahora lo empieza a escuchar cualquier chabón que anda por ahí, no solo los que tenían los medios de comprar los discos.”

El Perrodiablo encarna una de las aristas más hardrockeras del indie de manufactura conurbana. Esto les depara un destino paradójico, porque a la vez que transitan con relativa marginalidad el circuito platense, dominado por una cadencia más melódica y cancionera, son también un símbolo de esta nueva camada de músicos y una de las bandas que aporta definiciones más claras y articuladas acerca de eso que está pasando. Chaume, el guitarrista, dice: “Lo que nos une por ahí con todas las bandas con las que compartimos escenario es la sinceridad para tocar, lo genuino. Con todas esas bandas está la sensación de que hacemos lo que nos sale de adentro a cada uno. Yo creo que ese es el parentesco, porque musicalmente por ahí nada que ver.”

Esta impresión la comparte otro de los genios borders del nuevo rock, Reno González, un tipo con una sensibilidad muy ecléctica, que reconoce una paleta de influencias de grandes compositores lúmpenes de la cultura popular occidental, desde el Johnny Cash ebrio y olvidado de los ‘70 y ‘80 hasta Ricky Espinosa, cantante de Flema. Su disco Las navajas de afeitar (2010), que se encuentra disponible para bajar desde Internet, es un compendio de canciones de amor, de traición y de viaje. En este sentido, Reno arma una genealogía heterodoxa que, para llegar al 2011, toma la ruta plebeya: “Es como en su momento fue Horrible de Suárez. No sé, Valentín Alsina no era un disco high-fi precisamente. Ponele Sumo, el primero –digo- de Luca Prodan, Perdedores Hermosos. Es indie eso, que no me vengan.”

El kirchnerismo cabeza

Por qué y cómo surgió esta escena, identificada con los tópicos barriales, es una pregunta compleja que tiene muchísimas respuestas. Un punto que la define y que parece generar ciertos consensos, sin embargo, es el tipo de vinculación que todos estos artistas tienen con la década del ‘90, años que sirvieron de educación sentimental y que, a la distancia, parecen funcionar como una época de referencia tanto por derecha como por izquierda. “Cuando esto empezó, en la segunda mitad de los ’90, todo era muy excluyente –dicen Nicolás Kosinski y Jo Goyeneche, voz y guitarra de Valentín y Los Volcanes– Sólo tenías, por un lado, un under medio disperso y con poca fuerza, y por otro un star-system de bandas consagradas, viejos rockeros que salían en la tele, todo eso. Entre esos dos polos había una brecha enorme, que de alguna manera nos definió. Visto a la distancia, creo que El Salmón de Calamaro fue el único disco que nos acercó un poco a ese legado del rock nacional, o tal vez algo de Spinetta, o algún viejo disco más post-punk de Los Ratones Paranoicos.”

Esa relación torcida con una tradición del rock nacional, lejana pero influyente, se constituyó como una épica del equívoco, de las referencias superpuestas, de la incorporación atolondrada y caótica de recursos musicales y temáticos. Esta operación de apropiación basura del acervo cultural de la música argentina –que alcanzó también a la música en general, europea, norteamericana y latinoamericana–, que en otras épocas hubiese sido marginal y estigmatizada, hoy es capaz de contornear una identidad generacional. Hay un elemento objetivo que tiene que ver con el origen geográfico y las trayectorias sociales de toda esta nueva camada de bandas y artistas: hijos de las clases medias suburbanas de los barrios de casas bajas de la patria oscilante, todos ellos están en condiciones de acompañar o promover el proceso de relativa reinterpretación del muestrario de símbolos y notas al pie de la gran historia cultural de la Argentina reciente en clave positiva, como una reivindicación. En este sentido, el nuevo indie pulenta se constituye en espejo –aun a pesar de todas estas bandas, reticentes a establecer este tipo de vinculaciones– del proceso político abierto en 2003 que, entre la posconvertibilidad y la nacionalización de la agenda cultural de las capas medias, permitió prestigiar y ubicar en el centro lo que durante el menemismo era basura y tilingaje: el punk, el fútbol y el amor.

Festipulenta

El periodista de rock Juan Manuel Strassburger, que hace cuatro años acuñó el término “indie pulenta” en un importante artículo del suplemento No, de Página/12 –aunque él insista en que no lo inventó sino que ya circulaba en el ambiente– es promotor, junto a Nicolas Lantos, del Festipulenta, uno de los ciclos de música under más importantes de la escena, que ayudó en los últimos dos o tres años a darle visibilidad a esta suerte de renovación cabeza del rock. “El Festipulenta –dice- sirve como lugar amiguero para que muchas de estas bandas, que son de zona Sur y La Plata, puedan tocar en Capital de manera parecida a como lo hacen en sus pagos. O sea, con barra barata, buena onda entre todos y condiciones dignas. En el medio, también sirvió para darle empuje a bandas que, por no saber ‘prensearse’ o hacerse amigos vía twitter de los periodistas, no aparecen seguido en los medios.” Esta deriva vital que describe Juan enfatiza cierto sentido de verdad última, oculta. Nicolás y Jo lo dicen así: “No entendemos bien el concepto de ‘indie cabeza’, pero sí nos gusta mucho pensar que algunos grandes referentes de afuera que parecen geniales iconoclastas de su época no hacían otra cosa más que hablar de su barrio, de sus novias y de sus amigos.”

Así las cosas, el indie pulenta parece ser más que una categoría peyorativa, aunque aún encuentre sus resistencias: una contribución al clima de una época, una microcomunidad desarrollándose en paralelo a la gran comunidad y de manera asociada, un pequeño horizonte de aspiraciones, expectativas y anhelos subsidiario de los grandes temas de la res pública, aunque no directamente reducible a ella. “Veo una banda arriba del escenario y a la primera estrofa ya sabés si es pulenta o no –finaliza Reno– Pero no pulenta de seamos heavy o bardiemos el micrófono. Yo puedo cantar de amor, puedo cantarle a mi novia, pero cantarlo en serio, no posando, no comiéndome todo el verso. Y te lo está diciendo un tipo que editó un disco con la tapa rosa, ¿entendés?.” Entendemos.