inicio > Lisa brilla en la oscuridad

LA MALA LECHE

Lisa brilla en la oscuridad

Marisol De Ambrosio
Agrandar fuente Achicar fuente

Por Martín Rodriguez

Mientras cae la tarde y pico boleto en Goodbye Lenin recuerdo con alegría mis años de kiosquero en la avenida Pueyrredón. Ese recuerdo tiene su invierno: el del año 2000. El invierno polar del 2000. El joven que vendía boletos en la parada del 132 que quedaba en la puerta del kiosco, el que les vendía boleto a las enfermeras y a los abogados, a los estudiantes y a los yiros, a los pungas, a los empleados de los supermercados y de las perfumerías, que les vendía a los hijos de padres separados, a las empleadas domésticas, a los que estaban haciendo sus trámites para irse del país, a todos los que volaban a partir de las siete de la tarde a Caballito, a Primera Junta, a Flores. Ese cortador de boletos con su pequeño estuche de monedas sujeto al cinturón, Lisandro, con su departamentito en Independencia y Salta, con su mujer y su primer hijo de año y pico, con sus hermanos menores viviendo todavía en Villa Lugano. Lisandro y sus ojos azules de chico que no debería estar ahí haciendo ese trabajo… un chico que no vivió toda su vida en el mismo barrio, que creía en desplazarse y volar del nido. Pero estoy hablando de los días de lluvia de ese invierno cuando yo lo miraba desde adentro del kiosco cómo apuraba a los de la fila (“vayan subiendo, ¡dejen pasar a la señora con el bebé!”) y se ponía sobre la calle, a la izquierda del colectivo detenido en la parada, con su piloto empapado, y le hacía una seña al colectivo que venía atrás en doble fila, le hacía la seña de que siga, así, con la mano derecha, mientras por handy le avisaban que había empezado un corte en avenida Córdoba, y él le decía “dale, dale, dale!” y el bondi pasaba rasante sobre el pavimento mojado de Pueyrredón y hacía luces mientras pasaba y Lisandro se ponía delante del colectivo que estaba estacionado, y enseguida hociqueaba a ver si el próximo semáforo de Córdoba tenía otro 132 esperando doblar. Entonces le decía al que quedaba “andá, andá”, y arrancaba ese 132 atiborrado de gente pisando el agua de la alcantarilla, y entonces Lisandro quedaba solo frente al kiosco con las luces de neón mojadas, y levantaba el pulgar diciendo “todo bien” y sonreía, y hacía una marca con su bic azul sobre un papel mojado, mientras una pequeña cola se iba formando nuevamente, con gente igual a la de antes, y capaz yo salía con un billete de 5 pesos de mierda y le decía “¿me das cambio, hermano?” porque tenía esperando a un viejita por el cambio de sus L&M light box que estaban, ponele, 1,70. Toda esa acción de hora pico bajo la lluvia tenía música: él tenía a los pasajeros en la palma de su mano, y en la otra el handy que le avisaba si algún activo de la izquierda argentina había cortado el tráfico de la avenida Córdoba, tan fatal siempre. Lisandro, que simplemente hacía bien su trabajo y que consideraba el corte de la avenida un imponderable tan natural como la lluvia de ese invierno durísimo para una clase media o media baja que había amanecido en los brazos de un gobierno que le puso 13 a su “recorte”, y todo se fue al recontra carajo… Qué música sonaba con tus “dale, dale, dale” que hacía funcionar el mundo. No supe más nada de vos, hermano, de esos buenos tiempos. Y espero que hayas llegado al crédito, al primer auto, y espero que en este tiempo este gobierno te haya ayudado un poco a vos, a vos que te lo merecés más que todos nosotros. O quizás estás ahí, bajo la lluvia de este invierno, sonriente, un poco más viejo, pero con fe. Viviendo en la misma casa pero esperando más. Porque yo supe de tu fe cuando te sacaste la ficha con el vendedor de café, Miguel, el que vivía en un hotel frente al shopping Abasto con su familia, el que paraba siempre y al que le regalé todas las putas tardes los cigarrillos Imparciales y que nos hacía ese café chivo que a vos te empañaba los anteojos y Miguel y yo veíamos cómo se desempañaban solos mientras vos entrecerrabas los ojos a la caza de otro 132 que debía deslizarse por la pista que el mundo te había dejado para que vos ordenes, broder. Vos hacías circular las calles, y tal vez todavía hacés que mucha gente llegue a destino. Mucho más que cualquiera de nosotros. Miguel te miró un día, te caló. Te dijo que eras umbanda. Los dos eran umbandas. Los dos eran gente suelta, sin Estado. Libres. La putaqueloparió. Dónde andarán ahora. Seguro que circulando y haciendo circular.