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NOTAS

Bienvenidos a Mauricity

Ni a Palos
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Más allá de la reelección, el triunfo del PRO en la Ciudad de Buenos Aires revela un panorama nuevo detrás de los globos. ¿Surgió un presidenciable? ¿Hay una nueva derecha? ¿Qué hay en el futuro de Macri? Entre la gestión, la campaña y la promesa histórica y nunca lograda de un verdadero partido de derecha, le pedimos a tres especialistas que nos den su opinión sobre los próximos cuatro años. ¿Qué es esa cosa llamada macrismo?

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Consolidación y crisis
Por Nicolás Teleschuk (Escriba)
Politólogo.
Editor de Artepolitica.blogspot.com

Mauricio Macri se impuso de manera contundente al kirchnerismo porteño y logró su reelección con una campaña electoral casi perfecta, lo que incluyó una cosecha récord de votos para el PRO. Esta es una verdad difícil de impugnar y de la que dirigentes y militantes alineados con Cristina Kirchner en la Capital tendrán que sacar múltiples enseñanzas. El “manual para militantes” del macrismo debería dejar de mover a risa y convertirse en un objeto de análisis. El enfoque anclado en encuestas y grupos focales, los discursos “coacheados” hasta el mínimo detalle, incluso la selección que hacen los DJs PRO a la hora de los festejos o la paleta de colores de “Mauricio” necesitan una mirada y una interpretación. No serviría imitar al macrismo, aunque sí comprender cómo trabaja y por qué en este momento prefirió “no confrontar” y timbrear tres veces todo el territorio porteño en lugar de hacer grandes actos públicos.
Sin soslayar esta realidad, parece claro también que el proyecto político de Macri atraviesa un momento de crisis de crecimiento. No por nada analistas políticos y dirigentes de derecha se quejan en público de la estrategia “conservadora” del líder del PRO. ¿Por qué no puso su esfuerzo en lo único que sólo la política puede hacer, que es generar escenarios nuevos? ¿Acaso no hicieron eso en su momento Raúl Alfonsín, Carlos Menem y Néstor Kirchner? ¿No partieron los tres de la hipótesis de que debían ir “en contra” de las encuestas en algún momento antes que seguir sus dictados?
Alfonsín planteó un discurso de intransigencia frente a los crímenes de las Juntas Militares que no era parte del “sentido común” en la transición democrática. Menem rompió todos los manuales de marketing político al enfrentar en una interna a Antonio Cafiero. Y Néstor Kirchner comenzó a recorrer el país con un dígito de intención de voto y un discurso de vuelta del Estado que aún no calaba en la población.
Así, al parecer, Macri arrancará su noveno año de política activa con un libreto seguro dentro de los 200 kilómetros cuadrados de la Ciudad, pero no mucho más. Tienen más de “nuevo” y de “rupturista” los 600 mil votos de Miguel Del Sel en Santa Fe, logrados con un estilo de “patear” barrios más parecido al de Francisco De Narváez en el Gran Buenos Aires que a cierta aversión al contacto físico y a las grandes distancias que aqueja al jefe de gobierno porteño.
Si la falta de sobresaltos en la situación económica es uno de los activos sobre el que se asienta el kirchnerismo, ¿aguardará Macri recién a alguna crisis para plantear una propuesta superadora a todo el país? ¿Y en ese momento, si es que llega, seguirá siendo válida la apelación a la “no confrontación” -más propia de un intendente que de un presidente- como planteo nacional? Cuando el electorado piensa en un nuevo jefe de Estado, ¿tiene en mente la fantasía de los puros “consensos” -un eslogan que las clases medias repiten ante cualquier buen clima en los niveles de consumo- o busca más bien algún tipo de liderazgo?
Macri debería recordar que Álvaro Uribe, el faro de la derecha del Cono Sur durante años, “creó” su apoyo popular desde la nada en lugar de “decirle a cada uno lo que quería escuchar”. Al contrario que el jefe de Gobierno porteño, que amagó con un discurso virulento cuando quiso ser presidente -”tirar a los Kirchner del tren”- y que luego optó por inflar con helio sus globos de colores, el ex presidente colombiano siempre dijo lo mismo.
Antes de convertirse en presidente, Uribe era una de las únicas voces de la política colombiana que expresaba un discurso muy duro contra la guerrilla y los narcos. Cuando el “proceso de paz” fracasó, el mundo cambió con la caída de las Torres Gemelas en 2001 y el Plan Colombia se convertía en un hecho, cientos de miles de colombianos giraron sus cabezas hacia aquella voz solitaria y le dieron su respaldo. Aquel presidente fue un líder, un adelantado, más que un lector de encuestas que muchas veces se parecen a “fotos” en las que no se pueden leer nuevos escenarios.
El PRO debe demostrar aún qué vocación tiene para dejar de ser un partido “vecinal”, qué tipo de liderazgo tiene para plantearle a todo el país y cuáles serán los pactos políticos que podrá sellar en ese camino. Parte de un gran respaldo de los porteños. Pero la política en la Argentina es un territorio más extenso e impredecible.

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¿Qué será de Macri?
Por Gabriel Di Meglio
Historiador UBA-Conicet

El triunfo de Macri tuvo algo de coyuntural: fue la oportunidad para los opositores al kirchnerismo de reactivar una lucha en la que parecían derrotados antes de combatir. El hecho de que la campaña se haya centrado más en la contraposición entre una Ciudad independiente (la postura del PRO) frente a la propuesta de alinearla con la Nación (la de Filmus) favoreció a quien cargaba con una gestión cuestionada no sólo por izquierda. Pero visto lo ocurrido es evidente que ello no alcanza para explicar el inevitable desenlace, como tampoco lo hace el blindaje mediático que protege al PRO. La clave está en la figura de Macri.
Es evidente que tiene carisma y que logra representar a una porción de la sociedad con un corte multiclasista, lo que lo diferencia de experiencias de derecha previas como la Ucedé o el efímero Cavallo. Discursivamente en la campaña eligió bien: no apeló a motivos clásicos de la derecha –como sí hace circunstancialmente cuando gobierna– sino que se movió con comodidad por zonas progresistas. Habló de igualdad, de combatir la pobreza, de inclusión. Y todo desde el lugar de quien supuestamente no pertenece al mundo de la política, imagen que evidentemente lo beneficia. No hay dudas de que Macri puede tener una importante proyección nacional. Varios lo postulan como la gran esperanza de la derecha para fundar un partido popular de masas.
Pero tal construcción no parece tan sencilla. Cuando pase la euforia y llegue diciembre el PRO sólo tendrá en su activo la Capital. Desde allí deberá demostrar si puede montar una estructura para dejar de ser un partido vecinal, o mejor dicho provincial, y pueda realizar un armado en otros distritos, como consiguió en Santa Fe. No es cierto que para ganar en Argentina alcance con las provincias más pobladas. Si Tierra del Fuego casi no suma votos, Tucumán, Salta, Chaco y Misiones, por ejemplo, sí lo hacen.
Es posible que la proyección del líder porteño esté atada a la suerte del PJ: si gana Cristina y el partido confirma su ubicación en la centroizquierda podría ocurrir que parte de la derecha peronista le diera al PRO el apoyo que necesita para construir en el país, repitiendo el esquema de Cristian Ritondo en Capital o lo que pasó en Santa Fe. Pero la probable disputa por la sucesión en el PJ puede evitar esa dispersión. Y no hay que menospreciar la fuerza y persistencia de las estructuras e identidades partidarias: el retorno de la UCR está ahí para recordarlo.
En un punto Macri desperdició una oportunidad. Es fácil decirlo con el resultado puesto, pero la decisión de retraerse muestra el problema de supeditar un proyecto supuestamente colectivo a uno individual. Podría haber puesto de candidato a vicepresidente a Solá, en la Ciudad a Michetti –que medía bien–, en Santa Fe a Del Sel y en Buenos Aires a De Narváez (el fracaso de ambos para solidificar su alianza “natural” marca la torpeza que todavía tienen como dirigentes). Con eso y la garantía de un fuerte apoyo mediático el PRO se aseguraba esta vez el lugar de segunda fuerza nacional. Esas condiciones para construir una estructura de centroderecha autónoma de los partidos tradicionales estaban dadas ahora y nada asegura que se repitan del mismo modo. Tal vez la culpa sea del tacticismo de Durán Barba o tal vez deba echársela a Rodríguez Larreta, cuya ambición personal lo metió en una interna local que Macri resolvió retirándose. Le salió bien, pero es una limitación. En general, en política construyen los que se animan a más, no a menos.

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La nueva derecha
Por José Natanson
Periodista
Director de Le Monde Diplomatique, Edición Cono Sur

¿Cuántos votos costaron las declaraciones de Fito Páez? Probablemente menos que los que se dice, aunque de todos modos unos cuantos. En todo caso, pedirle astucia táctica o rigor académico a un músico es absurdo. Si, en cambio, uno quiere analizar los motivos que explican el arrollador triunfo de Mauricio Macri, entonces mejor mirar las cosas con un mínimo de frialdad. Después de un rato, lo que se me ocurre es lo siguiente: Macri ganó porque expresa a una nueva derecha.
Nueva, primero, en el sentido de que es democrática. Por una simple cuestión de edad (tenía 16 años cuando fue el golpe), el hombre no tuvo nada que ver con la dictadura. Durante años se dedicó a los negocios, las modelos y Boca y después desarrolló una carrera impecablemente democrática: perdió la primera elección de jefe de gobierno, dos años después ganó la de diputados, más tarde la de jefe de gobierno, en el medio armó un partido, candidateó a Michetti…
La Argentina del siglo XX careció de un partido capaz de expresar los intereses y valores de la derecha, dato en el que podría cifrarse parte de la inestabilidad pretoriana que nos sacudió durante décadas (el Partido Militar como expresión de estos sectores). Parece lógico que, sin el atajo verde oliva, el poder económico, los grupos conservadores, las tradiciones liberales, transiten ahora el camino, mucho más largo pero más legítimo, de la construcción partidaria y la disputa electoral. Y es lógico también que la derecha, que valora el éxito individual, el superarse a sí mismo, recurra sobre todo a empresarios (que pueden contar su éxito en dólares) o deportistas (que los miden en campeonatos), en lugar de buscarlos en las construcciones más colectivas (sindicaros, partidos, centros de estudiantes).
Pero Macri representa una derecha nueva porque es también una derecha pos neoliberal: Macri no es Menem, y uno podrá creerle o no pero habrá que registrar que en sus discursos habla del Estado y la equidad social, y que durante su gestión la salud y la educación desmejoraron, pero que no privatizó las escuelas ni aranceló los hospitales, ni siquiera para los bolivianos. Es una derecha pragmática y desideologizada, menos cargada de teoría que la que lideraban sus antecesores, economistas como Alsogaray o Cavallo y no empresarios (como Macri pero también como De Narváez y Scioli).
Esto, por supuesto, no quiere decir que Macri carezca de ideología: como el gallego que habla en prosa sin saberlo, el hombre representa la combinación tensa y un poco confusa de conservadurismo y liberalismo vigente sobre todo en la nueva derecha europea, cuyo máximo exponente es desde luego Berlusconi (empresario como Macri, ex presidente del Milán…)
Y finalmente, es una derecha nueva porque es una derecha innovadora. Es el adjetivo que más me cuesta escribir pero me parece correcto. Superada la revulsión inicial, hay que reconocer que, hasta Macri, ningún político había festejado un triunfo bailando Gilda sobre un escenario, en medio de globos de colores y con una gigantografíaa detrás que dice “Gracias”. A uno podrá parecerle una tontería, pero creo que el ritual macrista del movimiento de caderas introduce algo nuevo en la política: un líder y un partido que no apelan a ninguna tradición precedente, y que no se sienten obligados a mencionar por supuesto a Perón, pero tampoco a Sarmiento o Alberdi o a quien sea. En su liviana algarabía, Macri y el PRO arrancan desde cero, sin lastres, se van a su casa tras el triunfo y al otro día “siguen trabajando”.
Y entonces sintonizan con un momento. Son, creo, la expresión del repliegue a lo individual y lo doméstico propia de los momentos de boom de consumo. Esto se refleja tanto en el voto macrista como en el voto conservador, que también existe, al oficialismo nacional; conservador en el sentido cotidiano, pro status quo, de que las cosas no cambien porque “venimos bien”: el slogan lo usó Macri pero también le calza perfecto a Cristina, y que en su lugar haya recurrido a un mucho más peronista “La fuerza de un pueblo” dice algo del gobierno nacional, que no promete solo más de lo mismo, aunque no sepamos del todo bien qué es lo que sigue.