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LA MALA LECHE

Héroe de la clase media

Martín Rodríguez
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Al final el Indio Solari era un hombre correcto. Se descubrió el misterio. El Indio era un hombre de las buenas causas y la buena memoria. Años de cultivar ese misterio ricotero que parecía esconder un centro oscuro, con restos de culturas de izquierda deformes tras Chernobyl. Pero no. Era lineal la cosa. El Indio celebra nuestro gobierno, aunque escéptico por las Fuerzas Oscuras, como quedó patente en la entrevista hecha para la revista La Garganta Poderosa. Suscribe a la división de buenos y malos, como cualquiera de nosotros.

Charly García, su contracara, el último aliado del ex presidente Menem, mal que les pese al psicobolchismo ricotero, fue la conciencia política mas lúcida del rock. En los 70: el deber cívico del testimonio. En los 80 y 90: el devenir democrático. Ilusión y cinismo. Charly no negó la política o “el sistema”, jugó, entró y salió, así lo vive aún. La tapa, justamente, de su genial “Clics modernos” permite pensar su lectura sobre la resistencia rupestre a una dictadura que se iba, y que se fue: una silueta negra con un corazón blanco sobre una pared sucia, él sentado delante. Prrrrum. La primavera democrática no era la Primavera de Praga, por suerte: llegaba la democracia y el mercado aunque lo hiciera al canto anacrónico del “¡Todavía cantamos!”. ¿Qué era el rock? Charly le dio geografía a eso que nació en Plaza Francia y la Cueva: ¡no bombardeen Barrio Norte!

Y había una canción: Dos, cero, uno (Transas), la mejor canción para una juventud cívica que cruzó un campo electrizado: la historia del cambio, del que se “cansó de hacer canciones de protesta”. Charly ya era rock en colores y una botoneada sobre los que seguían en blanco y negro. Los sentidos que la época dispersaba corrían entre Lennon y Rucci: la violencia ya era un tema pop. Guarisover. Como dijo en Badía ’84: “una canción que me trajo muchas satisfacciones, pero no ahora, en el futuro”.

Charly siempre pareció una de esas figuras que sienten que hubiera sido mejor haber nacido en otro país, al norte, y sin embargo, hay algo que no borra su adhesión al sentimiento de cuando se recuperó la democracia: el cénit y la caída constante de la palabra libertad. La epifanía de su permanente recuperación y el vacío de qué hacer con ella, repetido hasta la farsa. Ni siquiera cuando en el ocaso menemista se hizo menemista pudo evitar ser convocado como voz del eterno retorno democrático, y concurrir a la fiesta “cada vez peor” de cada refundación. La política ama a Charly. Y él siempre acude a la cita con la burocracia de los sentimientos colectivos.

¿Cuál podría ser la excepcionalidad que lo arroja al triste cántaro de los artistas del “inconciente colectivo”? Haber hablado a veces “de lo que no se habla”, haber hecho dos o tres canciones durante el Proceso cuyo disfraz metafórico era tan elemental que la careta se caía en medio de la canción. Pero también escribir contra la cultura montada en la primera alborada democrática, ese 83 que encumbraba viejos trapos, y simultáneamente, ponerle una de las canciones al momento: Inconciente Colectivo.

Charly anticipó los hechos con esa pinza para cubrir los dos estadios: no iba a ser escupido por el público nostálgico como lo fue Miguel Cantilo y Punch, su “propuesta moderna” en el 82, e iba a estar a tiempo de decir que se vendió a Coca Cola. Charly es un artista del equilibrio, cuya antena le aseguró tener gestos de supuesta vanguardia y un conservadurismo musical mundial: el mas grande importador de los años ’80, aunque la velocidad de los 90 lo pasó un poco por arriba, como a casi todo el mundo. Say no more fue su consigna en los años donde todo estaba dicho. Esa condición de permanente actualidad y de cantar algunas cosas “antes que”, lo transforman en el héroe de la clase media, que asoció de una la democracia al mercado. Buscar entre “lo nuevo” a Charly debería hacerse juntando pedazos que pueden ir desde cierto “pomelismo” de Pity hasta El mató a un policía motorizado, por citar una de las mejores bandas, a condición exclusiva de ser eso. Charly fue rescatado, lobotomizado, ojalá sea curado. Charly García, más que la “Negra” Sosa, es la verdadera dama blanca de la democracia argentina.