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FRONTERAS

Ciudad Juárez: Un desierto para la nación mexicana

Marisol De Ambrosio
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Por Fede Vazquez

La naturaleza funciona como complemento silvestre de los controles, muros, visas y patrullas que vigilan la frontera entre EEUU y México. Yendo de Chihuahua hasta Ciudad Juárez todo es un desierto apenas surcado por la ruta. Los argentinos estamos acostumbrados a la inmensidad de la pampa, pero acá la sensación es mayor: para donde se mire todo es matorrales y tierra, sin siquiera el océano verde de la soja. Nada, con un fondo de montañas. Un escenario hermoso si no fuera porque el desierto es también la tumba de muchos que buscan cruzar la frontera, con la tentación de miles de kilómetros para mandarse con lo puesto y llegar, como sea, al otro lado.
Ciudad Juárez es el símbolo de todo ese mundo de frontera, donde se agolpan los emigrados del sur mexicano y los que llegan todavía de más lejos, de los países centroamericanos. Juárez es la violencia narco, el asesinato de mujeres, los empleos precarios de las maquilas, pero también es el comienzo de las luces de neón del sueño americano. Me repiten una anécdota: un grupo de guatemaltecos pagan los servicios para ser cruzados, pero son dejados en medio de la zona “americanizada” de la ciudad, diciéndoles que ya llegaron a los EEUU. La ilusión no dura mucho, pero es creíble que por un buen rato funcione. Como toda frontera tiene su porosidad, en este caso, la del mercado. Juárez está, dicen y se ve, muy “gringa”, algo que comparte con otras ciudades del estado. Wal-mart, Home Depot, KFC, Wendy´s se combinan con la cultura norteña mexicana, aunque la dosis del estereotipo “balada del pistolero” es, por suerte, casi inexistente.
El gran tema de conversación es la violencia. El estado de Chihuhua (donde está Ciudad Juárez) tiene la tasa de “ejecutados” más alta del país. No son simples asesinatos. Los “ejecutados” son las víctimas directas de los sicarios. En lo que va de 2011 sólo en Chihuhua hubo 2.768 muertos. Pero como siempre, la vida sigue. Cinthya, 28 años, bióloga, de espíritu cosmopolita, dice que ni piensa mudarse de Juárez (a pesar de una oferta de beca en Costa Rica) con un argumento demoledor: “el chile no sabe igual fuera de aquí”, y aunque después cuente que hace poco tuvo que tirarse en el piso de un bar para no quedar en medio de los tiros, su nivel de miedo social no es tan distinto a los que tenemos nosotros. Eso sí, en su carterita lleva una sevillana, edición de lujo. El punto parece ser este: la violencia narco tiene su especificidad, es una guerra interna entre los grupos que se controlan las “plazas” del sistema de comercialización con terminal en EEUU, y no tanto una balacera constante en las veredas. Ahora, el desborde de esa guerra se produjo cuando en los últimos años, el presidente Calderón quiso recuperar algo del terreno perdido por el Estado en manos de los narcos. Una idea “civilizatoria”, que hasta podríamos llamar progresista, pero que parece chocarse contra el sentido común que pide orden. “¿Y qué habría que hacer con los cárteles, entonces?”, pregunto. “Pues… dejarlos trabajar tranquilos” opina Raúl, un taxista insospechado de intereses en el negocio de las drogas.
La otra punta del ovillo es la política migratoria de EEUU. Después del 11/9 se endureció mucho. Obama es el presidente que más mexicanos deportó en décadas: 1.1 millón de personas en menos de cuatro años y el que más financió los controles fronterizos. Pero los propios norteamericanos se preguntan si eso mejoró las cosas. Si bien la marea incontenible de otros tiempos hoy es un goteo, su “calidad” cambió. La tradicional inmigración de “jardineros y sirvientas” fue reemplazada por la de las “pandillas y delincuentes reincidentes”. Ahora, quienes se arriesgan a cruzar, son quienes tienen negocios realmente rentables, o no tienen nada que perder. El romántico “sueño americano” se transformó en una “invasión bárbara” con consecuencias en ambos lados y las organizaciones narcos son las verdaderas reguladoras del paso.
Pregunto si la violencia no es en realidad más antigua, pregunto por los asesinatos de mujeres que hizo famoso a Juárez en el mundo, las respuestas son lacónicas: “si, eso viene de hace tiempo. Se habla de trata de blancas, de mujeres que son asesinadas por los narcos después de ser usadas como transporte de drogas, mujeres pobres que vienen del sur”. La entrada a Juárez tiene dos símbolos. Una estructura metálica amarilla de 15 metros de alto, con forma de puerta, es la bienvenida oficial para los que llegan por la ruta que viene de Chihuhua. La otra está a pocos metros, sobre los matorrales del desierto: es una cruz rosa, que dice escuetamente, “JUSTICIA”, y tiene los nombres de algunas de esas mujeres que se tragó la tierra. El pedido apunta, como casi todo, hacia la frontera. Ese lugar que más que un límite es un músculo en tensión: doloroso, tirante, vivo.