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COLUMNISTAS

Educando a Gagliuso

Marisol De Ambrosio
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Por Romina Sánchez

—Yo que Julieta no voy a comer a Puerto Madero con Christian Castro. ¡Es obvio que te van a ver!
—Yo que ella le pego una piña al notero, que lo doy vuelta.
Ahí nomás apagué mi MP3 y me quedé mirando a las dos chicas que conversaban mientras viajaban en el Sarmiento. Y pensé, con cara de estar descifrando la letra de la canción de turno: ¿qué es lo que hace hablar con tanta convicción sobre personas que no se conocen más allá de la caja boba?
Tras años de cursar en Sociales, esquivando las cortinas de papel de la izquierda como en un viejecito en el tren fantasma, pensando estrategias amables para rechazar los volantes que los pibes rasta te dan una docena de veces a diario, en el aula, aprendí el oficio de alumno. Dice Perrenoud, un sociólogo suizo, que el escolar adquiere los valores, códigos y actitudes que le permitirán sobrevivir sin demasiadas frustraciones en una institución educativa. No hace mucho que me recibí de profesora y, sí, en mi discurso hay algo de escoba nueva barre bien. Sin embargo, creo que vale la pena el esfuerzo.
Hace un tiempo llevé adelante un proyecto de educación en medios en una escuela de Paso del Rey, en un noveno año de una comunidad en la que los perros de la calle proliferan como los bebés en las casillas, un noveno de pibes repetidores, padres inminentes, de lectura silábica y coqueteo con la droga y el afano. Un noveno de una escuela que los interpelaba desde el mate cocido y las facturas de crema pastelera. Allí trabajamos ciertas representaciones y estereotipos, a partir de la novela de Stevenson, “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”. Así, del malo y el bueno llegamos a determinadas construcciones, cuya circulación mediática refuerza su sentido estático, negativo: dos meses tratando la disyuntiva pibe chorro-cheto, con chicos a los que una de sus profesoras rotulaba con la velocidad de la etiquetadora de supermercado. “No les da”, nos decía a mi pareja pedagógica y a mí. A partir de la manija que generan ciertos programas televisivos, junto a la estigmación social que se suele asumir como emblema, según algunos sociólogos, no fue fácil aproximarnos a desmontar aquel par conceptual. Es que, antes que nada, los humanos nos comunicamos, crecemos y ¡aprendemos en la escuela! que con los estereotipos es posible vivir en sociedad. De esa forma, se trata de un laburo denodado, con el plus de que esos pibes te tiran en la cara, como animales a la defensiva: “Soy cabeza. ¿Y qué?”
Escuela y medios. Qué matrimonio conflictivo. Para que todos puedan correr desde la misma línea de largada no basta con que estén alfabetizados en los términos tradicionales, sino que puedan leer y escribir críticamente los medios -eso, críticamente-, cuestión que se vincula con la formación cívica y política, y con la construcción, de la mano adulta, del mayor margen posible de pensamiento autónomo, mediante una mirada que les ofrezca a los pibes un objeto de estudio antes que un instrumento, aunque esta última opción puede ser una entrada a la alfabetización multimedial, a la participación. Si es de forma transversal, cuanto mejor.
Elías, uno de los pibes del colegio de Paso del Rey, que acaricia los veinte y rapea en el tren, me dijo la última vez que lo vi: “Profe, estuvo bueno ver lo malo de las letras de cumbia y reggaeton”. Ahora quiero que esos chicos cuyo oficio de alumno no contempla siquiera el copiarse, porque no saben hacerlo, porque no tienen carpeta, porque no les importa, no se coman el cuento del gato con botines. Entonces voy, en principio, por un oficio del alumno 2.0.