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NOTAS

  • 19y20

10 años luz

Ni a Palos
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Muchas cosas sucedieron a lo largo de esta década. A tal punto que hoy el “19 y 20” parece un recuerdo inverosímil, una convención de sentimientos y formas obsoletas que poco tiene que ver con el presente. Ahorristas iracundos, cuasimonedas, clubes del trueque, políticos lapidados y cabezas llenas de ratas, el paisaje decembrista parece hoy de otro siglo y, sin embargo, su huella está en la constitución mítica de esta época. En la semana de su décimo aniversario, recordamos el 19 y 20 de diciembre de 2001 a través de cuatro miradas generacionales que nos acercan también a esa otra faceta del fuego: la de esos diez largos años de recomposición que vinieron.

Presente

por Alejandro Rubio. Escritor

Repasemos brevemente dos de los relatos en juego sobre esta década: el relato de la objetividad económica y el relato de la salvación nacional. El primero está en boca de antikirchneristas y el segundo, en la de kirchneristas. El primero reza más o menos así: el apoyo al gobierno se nutre principalmente del éxito económico. Los precios de los commodities propios de nuestra región se dispararon a las nubes desde el 2002, generando una riqueza sin precedentes. El gobierno kirchnerista usó esas riquezas para suavizar las asimetrías sociales y construir su poder, pero lejos está de aprovechar todas las posibilidades del momento. Y aquí viene una cantidad de recetas de derecha o izquierda, lo mismo da.

El relato de la salvación nacional es más holístico y propone lo siguiente: a partir de Néstor Kirchner se reparan los males padecidos desde el Proceso y se sientan las bases de una Argentina que se aproxima a los sueños previos al 76. Derechos humanos, producción nacional, defensa del salario, inversión en ciencia y tecnología, nueva inserción en el mundo, participación política juvenil, participan de una negación del modelo neoliberal que llevó a la Argentina al desastre. A partir de mayo del 2003 se trabaja en la Argentina del futuro.

Nos gustaría apuntar un tercer relato que incluiría al segundo, haciendo eje en el sintagma cristinista “capitalismo serio”. Lo que estuvo en juego en el 2001-2002 no fue el “modelo neoliberal”, sino el capitalismo argentino, con su sistema de propiedad, su jerarquía social, su ideología, sus elencos gobernantes y su régimen institucional. Esta crisis terminal que ya hubiera querido ver el Che Guevara no se produce bajo los embates de ninguna lucha popular, sino por causa de la misma lógica del capitalismo argentino bajo la globalización. La naturaleza de la globalización impone dos salidas a los Estados-Nación periféricos: la regionalización o la subordinación absoluta al mercado mundial y sus administradores. Por el peso de sus prácticas históricas, el elenco político-económico del capitalismo argentino en la coyuntura del 2001 no podía llevar a fondo ninguna de las dos cosas. Pero las inexistentes organizaciones populares no surgidas de la inexistente lucha popular, debido a su insanable inexistencia, tampoco podían, salvo en lo verbal, plantear una alternativa al sistema capitalista. Entonces: desde las estepas del Sur, leyendo bien la coyuntura local e internacional, sólo munido de esa correcta lectura y de décadas en el PJ, surge un elenco gobernante capaz de encarar decididamente la vía de la regionalización, el capitalismo serio, el que permite que sobreviva lo que no está muerto del Estado-Nación capitalista en las nuevas condiciones del mundo. Poco a poco, se logran todos los beneficios de éste: Estado de Derecho, ocupación, consumo, autoconfianza nacional y aceptación tanto más efectiva cuanto menos consciente de la propiedad privada de los medios de producción. Esto es el presente.

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Somos leyenda

por Martín Armada. Editor general de la revista THC

El programa era Yo fui testigo, creo que lo conducía Arturo Bonín, con bigote. El hecho era brutal en sus saldos y su nombre tenía una textura fascinante: “La puerta 12”. Recuerdo la pila de zapatos de décadas atrás, una foto en la que dos policías custodian una escalera llena de sangre, el recorrido del cronista por los pasillos de la cancha de River. Esa fue mi primera noción de que existía algo parecido a la narración de la historia. Era individual y atroz.

En diciembre de 2001 nuestra generación venía de crecer en un país sin multitudes, lo que parecía confirmar aquel bautismo de fuego frente a la tele. Estábamos solos y en peligro, y la Historia se componía de ejercicios de lectura cuyo resultado era un rosario de denuncias que conducían a la decepción. Costaba exigirse más, habíamos nacido y crecido en ciudades arrebatadas.

La noche del 19 de diciembre también la viví por televisión. En ese tiempo pensaba que las instituciones eran impermeables, ajenas y contrarias a lo humano, sin fisuras. Blandir una Constitución frente al Congreso era una estupidez. Me quedé en casa. El día siguiente amaneció con las cenizas de las horas anteriores. Por el mismo canal vi como a plena luz del día la policía montada se llevaba puestas a las Madres de Plaza de Mayo, a pibes y pibas de mi edad, a un tipo de traje que se parecía a mi viejo. Me vestí y salí para la plaza en subte.

La ciudad silenciosa de la recesión se había vuelto un gentío que estaba preocupado no sólo por que las cuentas habían dejado de cerrar. Es que las multitudes a veces pueden abrumar, pero no son mezquinas, cuando vuelven de sus letargos vienen por mucho más que poco. Y esa tarde en la Plaza de Mayo la principal consigna era estar en la calle hasta que el orden conocido de las cosas se quebrara para siempre. No era una exigencia sólo de abajo hacia arriba, era también y por suerte una demanda de los hombres y mujeres de a pie hacia los hombres y mujeres de a pie: no podíamos salvarnos, éste era el único bote, estábamos lejos de tierra firme y no queríamos más ahogados.

Militantes, oficinistas, motoqueros, actores, pibes de la calle, todos hicimos un pacto cuando rodeamos esa plaza. En medio del humo, las corridas, el gas lacrimógeno algunos se sintieron héroes, otros prefirieron no pensar en términos épicos. Lo único cierto es que no había dudas de que, para que se fueran los que tenían que irse, todos nosotros teníamos que quedarnos. No valía otra manera de recomenzar.

Ninguno lo dijo en ese momento, pero ese fue el segundo “Nunca más” de nuestra democracia. Parece que esa es la herramienta esencial para avanzar luego del horror: el de la muerte y el del latrocinio que es, finalmente, otra forma de matar.

Diez años es mucho tiempo. Y un año en Argentina es como un año en la vida de un perro, hay que multiplicar por 7. Con mucho esfuerzo, hoy vivimos en la velocidad de un país maravilloso que, a pesar de las profecías que nos ponen en el camino, no va en picada.

Estuvimos ahí, de alguna u otra manera, los dos días que duró el comienzo de nuestra historia. Ahora nadie puede sacarnos de la cabeza que una República sólo puede ser un proyecto colectivo. Suena a lugar común, pero es cierto.

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Yapa

por Sol Prieto. Socióloga y periodista

Cuando tenía cinco años y usaba un guardapolvo a cuadros azul y blanco, desarrollé una curiosa adicción a las pastillitas Yapa. Antes de entrar al jardín, mi abuela Tatá me llevaba al kiosco y me regalaba un paquete. “Recién tomaste la leche, comelas después”, decía. Yo llegaba, saludaba la bandera con una canción que decía “Buenos días, banderita”, y en la fila me mandaba dos yapas. Después, entrábamos al aula y aprovechaba los saludos para comerme una yapa. Cuando teníamos que trabajar sentados, agarraba cuatro o cinco yapas más. Yo quería que el tiempo fuese como las yapas. No quería un segundo atrás del otro, quería un paquete de segundos a la mañana y mandarme primero cinco, después tres, después uno.

Todos los días, por distintos motivos, llego a la crisis del campo. Y todos los días me parece que fue hace tres semanas. El acto de la ESMA, ¿cuándo fue? Siempre parece que fue el año pasado. Se puede ser distraído con las fechas, tener más o menos memoria para decir “esto vino antes que esto otro”. Pero explicar esas sensaciones a partir de una confusión cronológica sería aceptar que los segundos vienen uno atrás del otro.

En diez años pasaron cosas que los intelectuales van a ponderar. Había 20 puntos de desocupación y se recuperó el empleo. Había un sistema privado de jubilaciones y se recuperó un sistema único de reparto. Había flexibilización y se recuperaron las paritarias. Había hambre y se creó la AUH.

No había nada; y de la nada, surgió el tiempo. Y el Estado se apropió de él. Ya no el plazo para pagarle al FMI; o hasta que el FMI nos pudiera volver a prestar. Ya no los cuatro años hasta que asumiera otro presidente que administrara esos plazos. Un día, cuando muchos pensaban que había que esperar que el empleo llegara a todas las casas para que recién ahí todos los chicos pudieran comer y decían “la mejor política social es crear puestos de trabajo”, apareció la AUH. Los segundos dejaron de venir uno atrás del otro.

Ante tantas miradas peyorativas sobre las asambleas del 2001 y las formas organizativas que estallaron ese año en las facultades, colegios y barrios, me gusta pensar que el agotamiento de la convertibilidad se tradujo en ese mandato popular: “¡Ey, políticos, no queremos esperar seis meses para contraer deuda para tener que pagarla los próximos 10 años!”, que era como decir “¡Dame todas las yapas!”.

Recuerdo la sanción del decreto de la AUH con extrañeza. Yo había repartido volantes en la calle y la facultad; había pegado stickers en subtes y colectivos que decían “El hambre es un crimen”. También fui a una marcha gigante, que avanzó desde Parque Rivadavia hasta la Plaza de Mayo, pidiendo la AUH. Salió un año más tarde y quise pensar que tuve algo que ver con eso. Pero lo cierto es que no tuve nada que ver, porque el Estado es el dueño de las yapas. Y es un avance, ¡nadie dice que no!

Pero no es suficiente. Porque si no hay densidad social detrás de las conquistas políticas, las conquistas no son conquistas. Son como deseos concretados. La imprevisibilidad de la política para el campo popular es casi tan ajena como la previsibilidad de la economía. Pero cuando el pueblo tenga la manija del tiempo, ahí sí que no nos vamos a tener que fumar a los que calculan plazos, a los que cuando hay pibes con hambre dicen “hay que esperar que el papá consiga trabajo”. Esta apropiación del tiempo sólo puede venir del ejercicio de la autonomía organizativa y política y es hoy, porque recuperamos tantas cosas, que tenemos más margen que nunca para ser más los que piden más. Para comernos cinco yapas, después tres, después una.

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Primus inter pares

por Alejandro Sehtman. Politólogo, editor del sitio Artepolítica

Ya nunca sabremos cuál fue el primer manifestante, o el primer televidente, en darse cuenta de que ya no había marcha atrás. El primero o la primera en darse cuenta de que algo se había roto. O se estaba rompiendo en ese preciso momento, en ese extremo sacro del eje cívico. Y era, precisamente, el pacto entre el pueblo y sus representantes.

Que con la democracia no se come, no se cura y no se educa, se sabía casi desde su mismo principio. Por eso la democracia había sido fundada dos veces. Como la ciudad capital en la que ayunaron Juan Díaz y tantos otros. Una vez sobre el Preámbulo. Y otra, la hasta esos días definitiva, sobre el peso convertible. Con la democracia se ahorra, se compran dólares, se viaja, se toman créditos. Ese había sido el feliz descubrimiento de la república postindustrial: la cláusula pétrea de la estabilidad económica.

No dejará nunca de sorprender la facilidad con la que fue sancionada la unidad de sentido de los episodios del 19 y del 20 de diciembre de 2001. Como si el hilo que enhebra entre los ahorristas indignados y los motoqueros del SIMECA les fuera evidente a todos (y cuántos 20 de diciembre le faltan a los 19 de diciembre indignados que aquí y allá salpican a Europa). Y es verdad que el hilo, los hilos que enhebran a las Madres, a los que no más de 250 pesos por semana, a los guachines, a los militantes, a los que fueron porque había que estar ahí, deben encontrarse en algún lado. Si no, no andaríamos llamando al acontecimiento más importante de la democracia por la fecha de esos dos días casi de verano pero igual ardientes.

Uno de los hilos que puede entreverse es el hilo de las ausencias. Los ausentes del 19 y 20. Los viajeros frecuentes de la Plaza que esos días, esos dos días. No estuvieron. No estuvieron y quizás nadie se dio cuenta. Ni siquiera cuando ya muchos se habían dado cuenta de que ya no había marcha atrás. De que no había nadie ahí afuera dispuesto a darle el tiro de gracia al peso convertible con el que se compraba un dólar o una de litro según correspondiera. ¿Alguien se habrá preguntado entonces dónde estaban los partidos con más votos que militantes (dónde estaba, para decirlo sin vueltas, el único partido que podía hacer algo más en esa plaza que recibir palos y balas de los ramoncitos falcón de la federal)? ¿Alguien se habrá preguntado cuándo llegarían las columnas frondosas el movimiento de trabajadores debidamente organizado? Seguramente nadie porque ni los partidos ni los sindicatos jugaban ya (como partidos o como sindicatos) el partido de la representación política.

El otro hilo que ata a los que querían que se vayan todos con todos los que fueron para que se vayan, es el del reconocimiento de una misma exterioridad al poder. Porque si la empleada administrativa fue a la Plaza el día antes que el motoquero al que le encomendaba los trámites, lo cierto es que era la misma plaza. La plaza de los que así no va más. No importa si ya lo sabían desde hacía rato o se dieron cuenta ahí, cuando la policía, cuando la renuncia del inventor del peso convertible marcaba el final de una era, cuando no se vieron a los ojos pero se vieron por la tele.

Ahí. En distintos momentos pero en el mismo lugar. Empezó todo.