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Frazada de cactus

Ni a Palos
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¿De quién es el legado ahora? ¿De los padres fundadores? ¿De los burócratas del pasado idílico? ¿De las estudiantes de biología con morral cruzado y de los que terminaron el CBC para entrar a Letras? ¿De las almas sensibles? ¿De los ecologistas? ¿De los poetas, de los músicos, de los hombres maduros que escuchan jazz? ¿A quién le pertenece Spinetta? Nos propusimos, entonces, un ejercicio caprichoso, sencillo y terriblemente arduo a la vez: elegir de todo ese organismo viviente que es la obra de Spinetta tan solo un puñado de discos y tratar de acercarnos a ellos, de pensar a partir de ellos, de volver a cantar esas canciones hermosas ahora que el genio se fue para siempre.

Había que acomodarse. No era fácil. Había que saber que eso no te iba a gustar “de una”. No era como los Beatles o los Stones o Serú, o todo eso hermoso y clásico que nace con la palabra “siempre” bordada al cuello. La condición estaba puesta en ese gesto -por momentos demasiado visible- de que la canción no tenía que ser fácil, no tenía que ser la misma. Era como dejar entrar algo en tu oído que se contorneaba, que estaba hecho de piel resbaladiza, sí, pero también de insomnio, de laguna mental, de palabras raras (cadalso, cenit) que había que ir al diccionario a descifrar, algo pretencioso, que te apuraba a “empezar a escribir”, porque era un puente con una literatura (casi siempre surrealista) que él siempre excedía, que se la llevaba a su molino. Artaud, Castañeda, Foucault. Spinetta fue mejor que todo lo que tradujo y “democratizó”, y, a la vez, no era exactamente eso lo que él traducía. ¿Se entiende? Y cuando tuvo que ser simple y sencillo, ay, transparencia de la primera inocencia, salió rajando de ahí, del “niño dormido”, de la “muchacha ojos de papel”, del “barro, tal vez”, porque esa exigencia, esa decisión -insistimos- que a veces se tornaba demasiado visible de no hacer las cosas fáciles, tenía -en el fondo- una didáctica, un gesto de guía que resultó vital y que se fue extinguiendo en el corazón de eso que se llamó “movimiento” del rock argentino: un profesorado de emociones que se proyectaron sobre generaciones y generaciones que, desde ese lugar, eran vistos como carne de cañón de los experimentos destructivos del mundo. Spinetta rajó de ese monstruo llamado “JAEN”. Y quienes hicieron la novela de Galimberti se encargaron de dejar escrito ese divorcio con olor a porro, esa fuga de los nuevos colimbas montoneros guevaristas de la tercera guerra mundial. ¿Cuánto dura una canción? ¿4:37? ¿8:45? ¿0:47? Spinetta empezaba y terminaba en sí mismo y sus bandas embarcaron a todos en su obsesión y fobia al futuro. Algo en la congoja, en los homenajes, en los efectos de esta última semana parece confirmar que el Flaco se inscribe en la mejor tradición argentina: la que genera un movimiento constante, inmaterial y único que atraviesa de manera fundacional a todas las edades. Y algo, sobretodo, que se escucha y se siente en un puro presente, porque Spinetta fue siempre cualquier cosa que pudiera dialogar e interpelar al presente: un refugio de la cultura, una visión, una parodia sofisticada, una sensibilidad desmedida. En un país que tiene la particular y brasileña costumbre de llamar a sus mitos por su nombre de pila, no resulta extraño que exista un sólo “Luis” de acá hasta que se termine nuestro tiempo. De acá a la eternidad.

El ejercicio, entonces, fue caprchoso, sencillo y terriblemente arduo a la vez: elegir de todo ese organismo viviente que es la obra de Spinetta tan solo un puñado de discos y tratar de acercarnos a ellos, de pensar a partir de ellos, de volver a cantar esas canciones hermosas ahora que el genio se fue para siempre.

Artesanía

Almendra (1969)

Por Fede Vázquez 

Los temas del primer disco de Almendra son jugo concentrado. Repasemos: “Muchacha”, “Color humano”, “Figuración”, “Ana no duerme”, “Fermín”, “Plegaria”, “A estos hombres tristes”, “Laura va”, “Que el viento borró tus manos”. ¿Cuántos discos se pueden hacer con la cantidad de “ideas” musicales que hay ahí adentro, en esos escasos nueve temas? Porque antes no se sacaban discos con 16 temas, ni había “salmones” que grababan en toma 1 su vómito creativo. Las canciones eran artesanías, cada una pulida y trabajada con esmero, en un momento donde grabar en un estudio significaba “haber llegado”, en parte porque después no había mucho más, ni video clip ni contrato jugoso con discográfica extranjera. Con suerte se tocaba en vivo. Como pasa con los grandes músicos, lo primero que hacen no es necesariamente lo mejor, pero de alguna forma ya está todo dicho de entrada: la poesía, y –sobre todo en este álbum- el enorme mérito de adaptar el sonido del mundo a los olores locales. El tango, esa música que iba perdiendo el reinado en la ciudad, se filtra en el bandoneón de “Laura va”, pero también en la candencia melancólica de muchos temas, en la lágrima serenamente triste del personaje de la tapa. Los discos son momentos, fotografías epocales. En este caso, de un año que todos elegiríamos si tuviéramos la máquina del tiempo. Digamos que en un día cualquiera de 1969 podías salir a comprar el nuevo disco de los Beatles (Abbey Road), ver la llegada del hombre a la Luna, soñar con la revolución en Argentina viendo las imágenes del Cordobazo, y todavía respirar algo de la resaca del Mayo francés. Y al final, claro, tirarte a escuchar el disco de unos pibes del barrio de Belgrano que –dicen- prometen.

El anarquista coronado

Artaud (1973)

por Diego Sánchez

Dentro del extenso y heterodoxo espectro del flaquismo, Pescado Rabioso representa el rock, es decir, la versión nacional y zeppelineana de la Norteamerica negra. Eso es, en parte, Pescado 2 y es, en todo, el maravilloso y preciso Desatormentándonos. ¿Y Artaud? La historia dice que Spinetta rompió la orga en favor de un disco “más lírico”, menos “rabioso”. Firmado por Pescado, Artaud es, en realidad, un disco solista, el que mejor refleja eso de “poeta del rock”. Así el álbum se vive como una superación experimental, una celebración del saber íntimo por sobre la ciudad de guitarras callejeras. Sin embargo ese gesto de pacificación abre a su vez una antología del fuego: editado en 1973, el álbum sintetiza todas las obsesiones iniciáticas del rock argentino: contracultural, pretencioso, ideológico y arrollador, Artaud se presentó junto a un manifiesto y en su factura refinada, no dejó bandera sin revisar: balada (“Todas las hojas son del viento”), blues rock (“Cementerio Club”), folk decadentista (“Cantata…”), y así. El “mejor disco del rock nacional” es el que mejor cumplió su anhelo de volverse una “cultura”, una experiencia integral y absoluta (y ahí van todos los chicos y chicas de todas las generaciones a comprarse libros de surrealismo al parque). “Más vale que los rockeros (…) jamás se topen con los personajes hijos de puta demonios colaterales del gran estupefaciente de la represión que pretende conducirnos por el camino de la profesionalidad”, dice el manifiesto conjurando la muerte del rock y de toda una fe. Más allá del pachuli guerrillero, Artaud es un disco contemporáneo, una provocación constante hacia el presente que difícilmente se acabe ahora que su autor ya no está -aunque para ser más spinetteanos habría que decir: ahora que ya no está físicamente entre nosotros. Mañana es mejor.

La educación musical

El jardín de los presentes  (1976)

Por Martín Rodríguez

Almendra + Spinettalandia + Pescado Rabioso + Artaud resultan en Invisible, pero no como si esa suma hubiera producido una acumulación, sino como una “educación musical”. Invisible mantiene a raya la poética surrealista pero como un arte más frío de la palabra que cumple la máxima: cuando no hay nada para decir hay que meterse para adentro, pisar la escarcha de ese inconciente tan bien administrado por el freudismo armado. Invisible es el producto de una selección natural que permite un orden poético y musical. Se saca de encima muchas cosas: es una banda con jazz, pero donde no “sobra” nada, tiene un oído apoyado en el temblor del elefante sinfónico que recorre el mundo, pero se ajusta al sonido crudo que no infla ningún globo. La impresión es que Invisible produce el control interno de las fuerzas spinetteanas, un King Crimson argentino que hizo tres discos perfectos y que se selló con su último, el disco “de canciones”:”El jardín de los presentes”. Llamado así con toda la ingenuidad del mundo en un mundo cuya sordidez política, en tal caso, no era ninguna novedad para Spinetta. Están los clásicos como “Las golondrinas…” o “Que ves el cielo” pero también está el aullido de “Perdonado (Niño condenado)”. En su economía y belleza “El jardín de los presentes” puede ser una reescritura perfecta del primer disco de Almendra, con la vuelta del bandoneón, con el balance de una década encima, y un cóctel poético naturalmente ambiguo, pero suficiente para que años después el revisionismo incesante de la cultura democrática lo refrite al grito de “¡el Flaco hablaba de lo que pasaba!”. Injusticia e ilusión de la conciencia que regula.

La gota que horada la piedra

Alma de diamante (1980)

Por Sebastián Scigliano

Y entonces, el alma de diamante. A la salida de Invisible y en paralelo al reencuentro de Almendra, ahí está el Jade, la gema preciosa de la carrera de Luis. Y ahí su primer disco, Alma de diamante, concebido bajo la influencia del modern jazz, alla Weather Report (el primer tema del disco, “Amenábar, bien podría ser de ellos), con el inestimable influjo de Diego Rapoport y Juan del Barrio en los teclados, la innovación sonora de Spinetta para esa etapa. Esos (dos) teclados mullidos lejos estaban de los estrépitos del Hamond de Cutaia, en Pescado Rabioso.

Ese colchón sonoro coincide con una etapa reposada de la carrera de Luis, de búsqueda de un camino expresivo a tono con la época musical, personal y política. Es imposible no conectar la salida de Alma de diamante con la reunión de Almendra, que significó para muchos el signo de que, lentamente, era posible recuperar espacios de celebración colectiva, en tiempos pre Malvinas, cuando la dictadura comenzaba a estancar su proyecto político. Espacios, de todas formas, en los que se susurraba, como quien golpea despacito una capa de hielo, para ver hasta dónde aguanta. Y la voz, la lírica y la música de Luis de esa etapa van golpeando despacito, como moldeando la piedra sin que pierda la forma, a la búsqueda del alma del diamante.

Después vendrán Los niños que escriben en el cielo, Bajo Belgrano, en el que a Quique “encima le tocó Marina”, y Madre de años luz, ya de cabeza en el synthpop de los ochenta y la primavera alfonsinista.  Pero ese es otro cuento.

Secuenser

Tester de violencia (1988)

Por Zappa

Empecemos con una frase arriesgada: los 80 empiezan con Kamikaze y terminan con Tester de violencia. 82/88: de la guerra que fue a la guerra que venía, del deseo a la decepción. Después de Jade, después de La, la, la, después de Badía y cía, la cosa se nublaba.

“Afuera hace un viento, un viento secuenser, come las almas, come sin motivo” canta el Flaco en “La luz de la manzana, centro conceptual del disco. 1988. Todo el 89, y el 90 y su plural, ya están en esa frase de un álbum maravilloso y decepcionado. Es el canto de cisne de la modernidad primaveral. Luis, que siempre fue moderno, conectaba con la derrota que venía. El resto es de su lírica y del Mono Fontana, que construye el clima de esas canciones crepusculares: “Al ver verás”, “Organismo en el aire”, “Siempre en la pared”, ahí está el disco. Ahí y en “La bengala perdida”, mejor tema de la década en todas las encuestas que hizo Pergolini y el y el No y el que fuera en todos los años que vinieron después. Una crónica hermética sobre un episodio absurdo y brutal en una cancha de fútbol que se cobró la vida de un hincha. La muerte sin épica y sin relato, y Spinetta para contarla y ponerla como cifra de un tiempo presente/futuro. El ojo que mira al magma.

Tester de violencia: por acá entré un día de fines de los 80 al mundo musical del Flaco. ¿Es una buena puerta a una obra tan imponente? Cómo saberlo, en cualquier caso es una potente dosis de una poética rockera colosal.

“Un insólito abismo testea los cuerpos que tan sólo habitan lo que fue” dice  una de las letras del disco. Siempre pensé que nadie habló mejor de ese clima de fines del 88. A escasos 2 meses de La Tablada. A escasos 6 meses de Menem.

Tu Elemento

Un mañana (2008)

por Guido Mignogna

Un mañana es un Spinetta maduro que arranca con Para los Arboles, Camalotus, Pan y germina en este último gran álbum que vuelve a grabar en cinta analógica, como en los 70. El Flaco desafía ese “canibalismo digital”, lo tensa, como tensa las palabras, pero también lo integra a su legado. Hay un sincretismo. Jazz, rock, instrumentos sintetizados y sus palabras. Lugares densos, oscuros (“Hombre de luz”), lugares bien rockeros (“Preso ventanilla”)  y lugares brillantes (“Hidra al sol” y “Despierta en la brisa”).

Un mañana es un disco tributo, de homenajes -“Hay algo de pérdida y de nacimiento”,- dice él; y es también, como casi todo lo del Flaco, un disco hecho con buena leche: la dedicatoria del disco pasa por la tragedia de los chicos del colegio Ecos, por Fuentealba, por Olga, la curandera del barrio. Un mañana es el disco de tributos de un tipo generoso, anfitrión. Que despide afectos de ese “fin inexorable”. Despidiéndose de los suyos o, en su defecto, respondiéndole a Vera, su hija, para que también salga adelante (“No quiere decir”).

Un mañana ahora será aún más importante porque terminó siendo el último de una obra inmensa de la música popular argentina. Además, y esto también es una marca, como en su momento con Javier Malosetti, con Leo Sujatovich, o con Marcelo Torres, entre muchos otros, el Flaco siempre tuvo ese olfato para cazar talentos jovensísimos y ponerlos a funcionar en sus bandas. Juan Ibarbouru y Baltazar Comotto, dos violeros tremendos, son en este disco los nuevos hallazgos de esa saga impresionante del oído y la intuición musical.