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ENTREVISTAS

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Jorge Álvarez

Charly Gradín
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En 1963 fundó una editorial. En ediciones baratas pero elegantes publicó las novelas y ensayos con los que se formó toda una generación. Su librería de la calle Talcahuano era un lugar de encuentro, frecuentada por David Viñas, Leopoldo Torre Nilsson y Beatriz Guido entre muchísimos otros escritores, artistas e intelectuales. Pero en 1968 Jorge Álvarez quiso explorar nuevos horizontes y creó Mandioca, la primera discográfica del país dedicada al rock en castellano. Sus discos volvieron a hacer historia y dejaron su huella en otra generación de adolescentes que crecieron escuchando el rock inaugural de Moris, Manal y Vox Dei. La Biblioteca Nacional prepara en estos días una muestra-homenaje de libros, discos y afiches, y una jornada de reflexión con el título “Pidamos peras a Jorge Álvarez”. Aquí, una charla con Álvarez de quien Charly García supo decir que era “la única persona inteligente con la que se había cruzado en el negocio del disco”.

¿Cómo llegaste a ser productor?

-Tuve una ventaja, me gustaba la música de chiquito. Mi mamá había estudiado piano, era profesora. Mi hermano mayor también había estudiado. En mi casa había un piano, pero mi mamá y mi hermano habían decidido que yo no tenía que aprender a tocarlo. Porque el piano no servía, no podías comer con el piano, esas cosas que se les ocurren a los padres. Y a los hermanos mayores, que son como padres. Entonces, yo tocaba todo de oído. Pero me bombeaban mucho, me sacaban el piano, lo vendían…

Te quedaron las ganas de hacer algo con la música…

-Claro. Yo iba a los conciertos de la YMCA cuando tenía 16, 17 años. Ahí iban el Gato Barbieri, Lalo Schifrin, Enrique Villegas. Jazz del mejor.

¿Qué año era?

-Fines de los ‘50. Ya escuchaba a Tommy Dorsey, Artie Shaw, Glenn Miller. Y después los más modernos, que eran Stan Kenton, Harry James, el trompetista. Y las cantantes, Ella Fitzgerald,  Shirley Bassey, Sarah Vaughan. Me gustaba mucho el bebop de Charlie Parker, toda esa gente. Entonces, cuando apareció el rock venía de ahí.

¿Cómo llegaste al rock?

-Iba a estos conciertos. Éramos unas pocas larvas infectas a las que nos gustaban las revistas de jazz. Pero todo era muy mini-mini. Había conciertos de cien, ciento veinte personas. Y por ahí en alguna radio perdida alguien metía a Chuck Berry, Muddy Waters, B. B. King. Todavía no habían aparecido los Beatles ni los Rolling Stones. Estaba solamente Elvis Presley, que había robado todo lo que podía a los negros y hacía rock y blues blanco. A mediados de los sesenta igual éramos cuatro gatos locos. No había bailes. Pero el rock me había deslumbrado.

¿Y la idea de hacer Mandioca cómo surge?

-Yo no tenía relación con la música más que como consumidor. Y un día estaba en lo de Piri Lugones -una mujer maravillosa- porque cumplía 16 años su hijo. Organizan una fiesta e invitan a Claudio Gabis, Moris, un montón de gente. Y, de repente, en una habitación estaba Javier Martínez tocando una guitarra acústica española. Y estaba tocando Avellaneda Blues. Me pareció fantástico. Entonces les pregunté: “¿Uds. no tienen esto grabado para que yo lo pueda escuchar más veces?”. “No”, me dijeron. “¿Y si les consigo un estudio lo grabarían?”. “-Sí.”

Y te convertiste en productor…

-Sí, pero sin saber nada. Yo no sabía nada de producción.

Y después de tantos años, ¿qué es un productor?

-Es alguien a quien le gusta la música y las maniobras de la música. Descubrí que era un negocio también. Descubrí las multinacionales, que yo ignoraba. La radio. Y descubrí que me gustaba.

¿Tu relación con los músicos cómo era?

-Medio distante.

Fue un cambio fuerte pasar al rock viniendo del mundo editorial y la izquierda…

-A los escritores no les gustaba. Se sentían invadidos. Pero yo qué culpa tengo. Yo entiendo que se sintieran invadidos. Los músicos me tenían más seducidos. Aunque esto sucedía abajo de la mesa, en realidad nos seguíamos tratando igual. Pero a mí me gustaba más estar con los chicos y fumar marihuana.

Ibas a Nueva York en esa época. ¿Qué había ahí que no había en Buenos Aires?

-El Village, el Soho. Los conciertos para 400 mil personas en el Central Park. En Buenos Aires sólo había chicos en Plaza San Martín y Plaza Francia. Allá se los veía dando vueltas por todos lados.

¿Cómo se llevaban los escritores con el mundo del rock?

(se ríe) -Me miraban fijo. Pero qué iba a hacer. Yo no me iba a echar para atrás. En realidad, lo que pasaba es que para una cabeza como la de Rodolfo Walsh era difícil estar en todos lados. Estar con la izquierda, estar con los rockeros, con la droga, con la literatura. Estaba la cosa anti-imperalista, además. No habían establecido con claridad que en realidad los rockeros en Argentina eran de izquierda, y también en Estados Unidos.

Álvarez recuerda su adolescencia rugbier como medioapertura en el club Curupaytí de Hurlingham, barrio que pronuncia con acento british. Cuando trata de definir su lugar excéntrico en aquél mundo de escritores e intelectuales, acota: “Yo también era burrero. Me gustaba el fútbol, el hipódromo. Era bastante atípico. Y además era gay. Demasiadas cosas”. En 1970 incursionó en el cine protagonizando “…” (Puntos suspensivos), una película de Edgardo Cozarinsky en la que interpretaba “a un cura homosexual y guerrillero”, que nunca llegó a estrenarse en Argentina y pasó directo al circuito de cine arte de París. A mediados de los ‘70, ya cerrada Mandioca, Álvarez contaba con varios logros en su carrera de productor para distintas compañías. Había descubierto a Sui Generis y producido discos para Pappo’s Blues, Billy Bond y Crucis, entre otros.

En 1977 decidió irse del país. Había recibido amenazas y rumores de allegados a los militares que lo señalaban como persona no grata.

¿Cuando te fuiste estuviste un tiempo en Nueva York?

-Dos años.

Me contaste que ibas al CBGB…

-En Nueva York vivía en el CBGB. Era la calle 14, cerca del Barrio Chino y de todos los borrachos de Nueva York. Todos los días bajaba a tomar unas cervezas Brian Eno que vivía justo encima del local. Había mucha droga, cocaína, ácido lisérgico y mucho alcohol. Y ahí vi a todas las bandas, todas. A Devo, que era mi banda preferida, con los overoles naranjas. Cuando tocaban Satisfaction me daban alaridos. Ahí vi a Talking Heads. B-52, a Patti Smith, que iba a veces. Los Ramones me encantaban, aunque eran demasiado alcóholicos para mi gusto y a mí el alcohol me caía mal.

En España produjiste a Mecano y Olé Olé…

-Y muchas más. Pero fue medio de casualidad. Porque yo llegué a Madrid un 10 de mayo. Y unos días después había una convención en Buenos Aires de CBS, Sony, las discográficas. Entonces justo antes yo les había mostrado algunas de las cosas que había hecho en Buenos Aires. Me escuchaban pensando que yo era medio delirante. Pero yo no les contaba nada delirante, les decía que habíamos metido 70 mil personas en un concierto.

“Adiós Sui Generis”.

-Claro, pero ellos no me creían demasiado. Entonces, cuando llegaron a Buenos Aires se dieron cuenta que era verdad. Me llamaron y me preguntaron si yo me animaba a conseguir al Sui Generis español. No musicalmente, sino con un éxito igual. Y les dije que si me daban tiempo sí.

Hicimos un contrato, me dieron un chalet, un auto, y quedé trabajando con el staff de CBS. Entonces, empecé a ir a salas de ensayo. Descubrí tres o cuatro que estaban bien, pero ninguna era Sui Generis, claro. Pasó un año y medio, y entonces les dije que había encontrado a la banda. No tenía nombre todavía, pero era Mecano.

(Un “cassette mal grabado” y un par de entrevistas le bastaron a Álvarez para descubrir a la banda más importante de la historia de la música pop española.)

-Los había conocido a los dos hermanitos y a la novia de uno de ellos que era la cantante, Ana. Eran hijos de millonarios. No sabían tocar nada, pero tenían buenas ideas de composición y de letras. Tocaban así: (Álvarez entona un desafinado “Arroz con leche / me quiero casar”). Un horror. No sabían tocar. Pero había talento. A tocar se aprende, lo que no se aprende es si no tenés talento. Y estuvimos grabando un año, cuarenta, cincuenta temas. Tratando de que supieran hacer las cosas un poco mejor. Les hice comprar unos espejos para que se miraran. Les puse profesores. Y cuando más o menos ya parecía que querían tocar les dije a los de la CBS: “Vamos a sacarlos de Madrid y conseguirles sonidista, iluminador, todo italiano”. Los llevamos a Milán para ocultarlos y poder mostrarlos después como una cosa nueva. Y eso hicimos. Y, claro, la gente se cayó de culo, cuando los vio tocar hasta parecía que tocaban bien. Se volvieron locos, no se imaginaban que un grupo español podía tocar así.

(En 1982 “Mecano”, el primer disco de la banda, vendió un millón de copias.),

Una historia de éxitos…

-“Este hijo de puta todo lo que toca lo transforma en oro”, me decían. Yo no transformo nada. El talento lo tienen ellos.

¿Te definirías como un cazatalentos?

-No. Yo sé manejar bastante bien el talento de los demás. Para que nazca, crezca, se desarrolle y a la gente le guste. Pero partiendo de ellos.

Confiabas en tu gusto por lo popular.

-Es que lo tengo ese gusto. No es mágico, es la coincidencia de tu gusto con el gusto de los demás. Pero cuando te gusta a vos, vos estás seguro de que le va a gustar a medio millón de personas. Porque a vos te encanta. Y la única cosa que tenés para medir sos vos mismo.

El otro día a la salida del recital de Javier Martínez en Jazz&Pop vino a agradecerte un chico porque había crecido escuchando tus discos de Mandioca en El Bolsón…

-Sí. Una de las razones por las que volví un tiempo a Buenos Aires hace unos años fue por culpa de uno de estos chicos. Quince años tenía. Juan Alberto Badía me había invitado al cumpleaños de Nito Mestre. Entonces yo tenía que estar oculto porque era el invitado sorpresa que aparecía con la velita y la torta y todo eso. Y bueno, apagamos las velitas, cantamos el happy birthday. Y de repente, cuando ya terminamos, viene un pendejo -lindo, por cierto- y saca un cuadernito y me dice: “¿No me podés firmar? Poné que yo te pedí el autógrafo”. Y le dije, “¿Cómo te llamás”. Entonces le puse, “Para Pepito -no me acuerdo cómo se llamaba-, como recuerdo de que te gustan los discos de Mandioca”. “No, no, como recuerdo de que me gustan los discos de Mandioca no, que me salvaron la vida los discos de Mandioca. Porque gracias a que mi hermano era fanático yo conocí esos discos aunque era muy pequeño, cuando tenía doce o catorce”. Y yo le dije, “ah, bueno, me alegro mucho”. Y vino el amiguito de él -que también era bastante lindo, por cierto-, y me felicitó lo mismo, me pidió un autógrafo. Y mucha gente más grande también, me ven y me agradecen, porque se educaron escuchando los discos de Mandioca.

¿Y conociste alguna banda que te gustaría producir últimamente?

-Sí, Iwánidos me gusta porque tiene mucha polenta. No es perfecta todavía, pero me gusta lo que hacen y son muy revoltosos. Y también me gusta la banda de los hijos de Marcelo Montesanos. Más finolis, pero tocan bien. Tal cual, se llaman. Tienen “buen poro” como decía el presidente de CBS. “Es una banda para usted, Jorge”. “¿Por qué, don Tomás?” “Porque tienen buen poro. Y aquí en España si no tiene usted buen poro, está frito”.

¿Qué quiere decir “buen poro”?

-Vos sabés que entre los ingleses, los americanos, los mismos argentinos, no necesitás ser un chico de clase media, media alta para acceder a algunos lugares, y para triunfar y ser músico y demás.

¿Y en España?

-En España sí. Para conectarte con cierto ambiente y tener dinero para comprar equipos.

El rock argentino nació de clase media o baja…

-Totalmente, nació del proletariado. Imaginate Pappo Napolitano, si no…

La muestra en la Biblioteca Nacional podrá visitarse desde el 15 de marzo al 30 de abril. Se verán libros de la editorial Jorge Álvarez, discos de Mandioca y los afiches de sus lanzamientos y recitales. Los días 22 y 23 de se realizarán las Jornadas de reflexión, con mesas abiertas en las que participarán Jorge Álvarez junto a invitados como Horacio González, Ricardo Piglia, Miguel Grinberg y Pipo Lernoud.