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FALSA ESCUADRA

No somos nada o somos todo

Romina Sánchez
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La muerte. ¿Qué es la muerte? A los cinco, cuando murió mi abuelo materno, tuve mi primer contacto con la muerte. Una mañana, en aquel conventillo de la calle Estados Unidos de puentes colgantes entre habitaciones, su hígado le dijo al alcohol que hasta ahí había llegado su amor. Un cajón, volados blancos, muchos volados blancos que me desorientaban como me desorientaba mi abuelo cuando pasaba de “Alma, corazón y vida” a “El choclo” y de “El choclo” al hit de Alberto Castillo con inestable fluidez, como un cassette grabado de la radio. Volados blancos y mi abuelo tan negro, de Monteros, el terruño de Isauro Arancibia. Una ceremonia inextricable, una despedida sin adiós.

Mi segunda vez fue a los once, en Embalse, el pueblo de la central nuclear serrana. Dos primitos jugaban debajo del cajón de la mamá de mi papá: disparador de la reyerta más visible de un clan de centenares de primos, desconocidos al por mayor. Como una copia pirata de Esperanza a la carroza, intrigas varias se tejieron en esa sala donde el olor a whisky se enredaba con el del café quemado. Que este la guampeó con aquella, la hija de tal. Amor entre parientes, qué pecado. Y este que es puto y no lo dice y el otro que se casó y clavó a medio mundo: entrega inicial y el resto a juicio. Y mi abuela con la boca pegada con la gotita. Algunos se acordaron de llorar. Yo no pude. Cuando a la noche siguiente pasé en limpio esas horas, atiné a concluir que la muerte debería requerir un cachito de solemnidad.

No sé por qué. ¿Sentido común? Mis viejos me habían dicho nada más que me quedara quieta. Y en la escuela nunca me habían hablado de la muerte fuera de la lógica de la efeméride. Y hoy, sigue siendo un tabú. Aunque de otro signo, es un asunto que, como las cosas del coger o la homosexualidad, casi no se tocan en el ámbito escolar. Igual que el deseo institucional pisoteando el deseo púber: distancia.

A Tamara se le murió su mejor amiga en el tren, el Sarmiento. Pero ella aún no entiende que no la va a ver más. Que ya no van a perrear el último reggaeton, que ya no van a bardear a los pibes de la esquina en un rito que se afianzaba cada domingo. Nunca le dijo cuánto la quería aunque se pelearan por vestirse, a veces, del mismo color. Ya no le va a poder decir boluda, parecemos mellizas. Y eso le duele.

De la conciencia de la finitud. De eso se trata. Y de que somos tan occidentales en la pérdida. En la concepción de la ausencia.

Me quito el disfraz de profe y le digo a Tamara que llore sin filtro a su amiga, que con el tiempo asumirá que ya está, ya pasó, y pienso que soy menos convincente que en mi último final. Que no estoy preparada ni como adulta a secas para acompañarla en una apreciación superadora de la tristeza incomprensiva. Que todavía extraño a mis nonos en el sentido egoísta del término, porque no pienso (pensamos) tanto en ese otro que se fue sino más bien en cuánto lo voy (vamos) a necesitar, en la falta que me (nos) hará tan solo verlo, porque se me hace carne la tardía valoración, en definitiva, del guiño cotidiano. Y mientras más pienso, indefectiblemente reafirmo mi mirada anclada en la pérdida. No me sale hacerme la progre bregando por una suerte de ausencia presente. Porque hoy me parecerían igual de desubicadas tanto aquella mortaja como mis tías y su impunidad de pueblo chico, infierno grande.