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ENTREVISTAS

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Dalia Gutmann

Julia Mengolini
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Allá por el año 2000 cayó en el Bululú, un teatro en el que ocurría una vieja tradición anglosajona que ahora todo el mundo conoce como  stand up, que desde hace poco está de moda en Buenos Aires y que consiste en hacer un monólogo en vivo frente a un público que está ahí nomás y que a cada chiste te aprueba con la risa o reprueba con un silencio fatal. El arte de Dalia Gutmann consiste en reirse de sí misma y de ese modo reírse de miles de minas que padecen lo que ella: ser una mina común. Una mina común que por definición además contrasta con otro de los mundos que ella explora: el de la tele. Ahí adentro entonces  -como locutora del matutino de Telefé A.M. resulta un ser extraño que se ríe ya no sólo de sí misma, sino de ese entorno que siempre le será extraño. 

Por Julia Mengolini

¿Cuándo empezaste a ser graciosa?

Fue un lugar que siempre me quedó cómodo porque yo era gordita y muy buena hasta séptimo grado y cuando sos así, tenés que encontrar un arma para llamar la atención. Y siempre me gustó el lugar de la ridícula, de la que hace algo zarpado para que los otros se rían, para que me dieran bola en mi casa, para que me miraran.

¿Y te miraban?

A veces sí, a veces, no. Pero yo el número lo llevaba.

¿Y cuándo te pasó de hacer de esto una forma de vida?

Yo vengo de una familia cambalache, mi papá es bastante intelectual pero a la vez bastante payaso, mi mamá es profesora universitaria. Entonces siempre tuve la mochila de ser una persona académica y a su vez algo me hacía ruido, porque yo no quería eso para mi vida. Estaba en esa disyuntiva de ¿tengo que ser una intelectual o puedo ser una loca de mierda? Yo creo que la bisagra en mi vida fue ser madre. Desde ahí todo te chupa más un huevo. El ego se te corre porque si mi hija está bien y contenta, lo que los demás piensen de mí me importa menos. Queda atrás la neurosis de cómo vas a caer o si vas a gustar. Me relaje mucho.  O sea, no quiero que la mirada de los otros modifique quien soy. Que me quieran como soy o que no me quieran.

¿Y desde esa idea al humor como llegás?

En un punto yo empecé a hacer stand up como un hobby y después me di cuenta que las cosas que me pasaban a mí le pasaban a mucha gente. No es que sea la voz del pueblo pero vengo a ser la típica que no estaba ni buenísima, ni era la naba del grado, era el típico 7 que vive día a día siendo alguien “normal”. Y creo que ese lugar en el stand up es muy bueno, donde le contás al publico los monólogos que tenés en la cabeza y eso es a la vez algo que muchos piensan.

El stand up es muy descarnado en cuanto a la exposición cruda, presencial e inmediata que implica. ¿Cómo te pega a vos eso?

Yo me acostumbré como cualquier laburo. A mí me divierte la idea de exponerme para que los demás se indentifiquen con algo que les pasa y desdramatizarlo. No lo analizo mucho intelectualmente porque es muy difícil hacer humor si te lo ponés a intelectualizar. Antes de salir la paso muy mal pero después la paso genial. Con el público se genera una energía y justamente el miedo antes de salir es sobre qué energía va a tener el público y cómo se va a dar esa relación.

Se hace pero se sufre…

Si no tenés huevos no podés, andate a una oficina. Sí, sufrís, pero ese sufrimiento es directamente proporcional a todas las cosas lindas que sentís.  A mí me gusta  animarme a hacer esto. Y trato, si no se ríen, de no achicarme e ir ganándomelos. Pueden pensar que soy una boluda pero mientras se diviertan, está todo bien.Yo siempre pienso que tuve la suerte de encontrar que esto es lo que me gusta. Me gustaría tener 60 y seguir haciéndolo.

¿Cómo lo descubriste?

Una vez fui al Bululú, en el año 2000, y apareció Natalia Carulias haciendo stand up y me fascinó. Había descubierto algo. A mí me gusta mucho lo descarnado, eso de abrir tu mundo, eso de reírse de verdad, por lo que te pasa de verdad. Ella hacía un monólogo sobre lo angustiada que estaba y esa honestidad me pareció algo hermoso. Reírte de vos misma y hacer reír a los demás con eso es lo contrario a tapar los defectos. Me gusta eso del stand up, que es plantear a pleno todo eso que uno en cualquier otro ámbito trata de ocultar. Ahora es algo más normal, en ese momento era rarísimo.

¿Quiénes son tu referentes en el stan up?

Yo no soy mina de referentes de nada. Sí rescato cosas de mucha gente. A mi me gusta el humorista que es auténtico y que se banca lo que dice sin pedir perdón. Pero nunca quise ser como otra persona.

¿Cuál es la diferencia entre el humor femenino y el masculino?

Yo creo que el humor femenino se está desperezando ahora, si bien hay ejemplos como Nini Marshall. Pero creo que las minas estamos empezando a reírnos de cosas que nos hacen reír a nosotras y aceptando que hay cosas que a los tipos los hace reír y a nosotras no. No tengo muy analizado el tema pero sí sé que hay cosas que a nosotras no nos hacen reír y al revés. A mi no me causa gracia un pedo. La mina tiene que disimular muchas cosas todo el tiempo y blanquear eso del mundo femenino está bueno. A nosotras además, nos gusta más la historia, todo el cuentito, que te lleven por distintas emociones, que te hagan reir, pero que también te hagan emocionar. En cambio, al hombre le gusta mucho más ir al grano, por eso el relato masculino consiste más bien en pie, remate, pie, remate.

Vos sos un poco pionera…

Yo creo que cuando vos te querés dedicar al humor siendo mujer hay un montón de cosas que tenés que superar, por ejemplo, tipos que no les guste que hagas humor. A mí me sirivó mucho actuar sin hombres. Hace dos años que vengo actuando sola o con mujeres. Por ahí te dicen: Ay Dalia, no queda bien que digas tal cosa siendo mujer”. Y yo creo que eso nos hace muy mal a nosotras. ¡Dejame decir lo que se me canta! ¡No me reprimas! Creo que por un lado, durante mucho tiempo las minas estuvimos guionadas por hombres y por otro lado te limitan un poco al pretender que vos seas lo que ellos quieren que seas. Yo ya estoy decidida: me quiero dedicar a esto y trato de no estar con gente que me reprima. Y  los que me tiran mala onda que me chupen un huevo. Pero no me siento pionera de nada.

Pero en el humor recién ahora nos estamos metiendo las mujeres.

Yo creo que la mujer que se quiere dedicar al humor  tiene que tener la convicción absoluta porque si vas a empezar a escuchar las opiniones de todo el mundo es imposible hacerlo. Y lo que me pasa mucho es que cuando uno ve a las chicas de las revistas, arranca perdiendo. Cada una tiene que pelar del lado que mejor le sale o que se puede destacar o donde más le gusta estar. A mí me gusta mucho el humor, entonces trato de profundizar eso.

Pero esas chicas que vos ves en las revistas, son las chicas de la tele, no son las mujeres reales.

A veces laburando en este medio pensás que así son todas las mujeres y la verdad es que no son así. Tampoco me interesa ser así. Me parece que lo bueno es estar contenta con lo que una fue construyendo de su vida para tener seguridad en sí misma y no quedarse enganchada con lo que se espera de vos o que no te llaman por cómo tengo los brazos. (y señala el siempre infame y conocido “salero”).

Bueno, vos tenés un personaje en A.M., -Dalia la loser- en el que querés ser famosa, hermosa, salir en las revistas y no te sale. Hacer eso en la tele, es parodiar a la tele misma. 

Eso surgió de la vida misma, de una vez que fuimos a los Martín Fierro con una cámara y sin entradas y no nos dejaron entrar a Barassi (Darío) y a mí. Y después porque a mí me causa mucha gracia todo ese mundo de castillos en el aire que es la fama y la tele. Hay que cuidarse mucho de eso. Yo siempre quiero tener mi celular, mi mail, mi auto, no quiero que me pongan las cosas porque cuando perdés un laburo, se te cae todo el mundo. Y eso no tiene que pasar.

Están las tentaciones de ese mundo, de todas formas. Tal vez nunca pensaste en hacerte las tetas, de pronto todo el mundo te empieza a decir que te las hagas y pum, te las hacés.

Tampoco me parece mal hacerse las tetas o hacerse un lifting. Lo que no está bueno es pensar que porque te las hagas te va a ir mejor en la vida. Si lo hacés, hacelo realmente porque vos tenés ganas. El problema es ponerse  siempre al servicio de alguien que está por afuera de tus propios deseos para que te vaya bien. Hay cosas de ese mundo que son increibles, como que vaya alguien en tetas a contar a un estudio de televisión que su marido le pega. ¡Y encima nadie dice nada! Es una psicología muy rara esa de vivir para los demás. Yo siempre me imagino que si te pasa algo el viernes es terrible porque tenés que esperar hasta el lunes para contarlo. Pero la gente lo consume. Qué sé yo…

-Para vos, ¿hay un reflejo de la mujer en los medios? Ahora yendo más allá de la cuestión física.

-Cero. Yo creo que lo que aparece en la tele no tiene nada que ver con lo que somos las minas. Hay dos imagenes que para mí son súper peligrosas: la mantenida y la prostituta. Se habla mucho de prostitución solapadamente. Además también hay un prejuicio de las propias minas que asumen que en cuanto aparece una en la tele es porque se está moviendo a algún productor. Creo que en general las argentinas somos minas laburadoras, mucho más interesantes. Estas chicas de la tele no tienen mucho para decir. Y es todo un mundo con el que nadie se puede identificar demasiado, por eso lo sorprendente es cuando ves que todos se ponen a hablar seriamente de un tema que es obvio que no le puede importar a nadie. Aunque quizá yo sea la intrusa en este mundo de la televisión, la desubicada.

-Ahí es donde me parecés “pionera”, porque te metés por ciertas grietas en un mundo donde no estaban tan permitidas las minas como vos.

-Eso también es mérito de los productores. Me bancaban que yo opine lo que quisiera y dijera cosas que no está bien decir en tele, como decir que algo no te importa cuando están todos inflando un tema. Yo creo que el que está del otro lado de la tele agradece que haya alguien más normal opinando.

-¿A qué le decís ni a palos?

– A ser algo diferente a lo que yo quiero ser, a lo caretón berreta.