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¡Por las canillas del mono, compadre!

Charly Gradín
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En 1949 Rene Ríos Bottiger, más conocido como Pepo, creó un personaje que, con los años, ingresaría al salón de la fama de la cultura popular latinoamericana. Su objetivo era retratar la fibra más profunda de la cultura chilena, así que no tuvo mejor idea que dibujar a su ave nacional en dos patas y ojotas, y ponerlo a contar chistes de salón. Pero con el tiempo su creación se convertiría en un fiel representante del universo trasandino por algo más que por su fisonomía: detrás de sus pantalones emparchados, su vida campechana y la bizarra existencia en la ciudad de Pellotilehue, se escondía una metáfora del “roto”, esa forma chilena de nombrar al hombre de pueblo que vive del rebusque y el esfuerzo cotidiano. Lectura obligada en los micros de larga distancia, releemos a Condorito, el chileno más famoso del mundo.

Es un cóndor flaco. Anda cabizbajo y en ojotas, vestido siempre con los mismos pantalones y una camiseta gastada. Su cresta luce como un entrecejo fruncido, y en general transmite la impresión de un tipo sin suerte ni grandes ambiciones. Está enamorado de Yayita y suele robarle las flores del jardín antes de tocarle el timbre para regalárselas. Pero nadie en Pellotilehue, su ciudad, luce mucho más próspero. Cuando sale a divertirse termina en lugares como el bar “El Tufo” o el restaurante “El Pollo Farsante”, donde se encuentra con amigos de apodos inquietantes como el Chuletas, Cabellos de Ángel, Garganta de Lata, Comegato. A veces, un grandote y sobrador Pepe Cortisona lo espera para saludarlo al grito de “¡Pajarraco desgraciado!”, al que Condorito responde con alguna variante de “¿¡Qué cuentas, jetón?!”, mientras las piezas de la trama van acomodándose hasta producir ese puñado de viñetas que -todos los lectores lo saben- desembocará en un remate coronado por desmayos y un ¡Plop! Un ¡Plop! que volverá a repetirse página tras página en cada entrega de la revista, y que es una marca registrada de la historieta más popular de América Latina.

El condor roto

Por estos días se presenta en la Biblioteca Nacional de Chile una muestra de homenaje al dibujante y guionista de Condorito, René Ríos Boettiger. Más conocido como Pepo, Boettiger, que falleció en 2000, nació hace 100 años en Concepción y hoy es reconocido como el creador de un emblema pop.

Todo empezó en 1949 cuando Pepo publicó una tira en la revista de humor Okey. El plumífero Condorito encarnaba a un hambriento ladrón que se metía en un gallinero pero a la hora de matar a la gallina acababa compadeciéndose de ella y decidía devolverla. Momento en el que era sorprendido in fraganti por un oficial de policía que lo llevaba directo al calabozo donde un Condorito desconsolado terminaba imaginando el guiso de gallina que estaría preparándose su captor.

El aire de derrota y frustración emanado de esta escena se convirtió en el rasgo distintivo del personaje. Una versión mutante, finalmente, de uno de los arquetipos más persistente de la imaginación chilena, la del “roto”, el inmigrante pobre llegado del campo a la ciudad, trabajador ocasional siempre rebuscándoselas para solventar su vida en entornos hostiles. O en palabras del escritor chileno Homero Bascuñán, “el hombre de pueblo, el rotito empeñoso, descachalandrado y aventurero, servicial y bueno como el pan”, al que Condorito rendiría un velado homenaje, heredero de los héroes de la literatura picaresca y de los cuentos populares.

Así anda Condorito por Pellotilehue, embarcado en changas y golpes de suerte que lo ilusionan pero acaban por hacerle morder el polvo tras breves peripecias. Con los años aquél gag se iría complejizando, y Condorito y sus vecinos serían trasladados a lugares distantes en el tiempo y el espacio, como integrantes de un circo que salen a escena disfrazaos de piratas, médicos, locos, samurais… Siempre bajo la amenaza, inconmovible, de un remate que acabará por demostrar que no importa lo que digan, ni lo que intenten, su destino final es el de avanzar mansamente por la trama de los chistes, como peones de un plan a veces siniestro.

Condor estrella 

Porque los chistes de Condorito son malos. Y no sólo son malos, son muchísimos. Y tienen tantos lectores que sus derechos fueron adquiridos por el mega grupo de medios mexicano Televisa poco antes de morir Pepo. Hace unos años, un estudio encargado a una consultora de Miami (Synovate) indicaba que el 75% de los latinos residentes en Estados Unidos conocían al pajarraco. En Argentina, desde su desembarco en 1977, es difícil encontrar un puesto de diarios en el que no pueda conseguirse un ejemplar de sus chistes, e incluso es probable que no haya terminal de micros del país en la que falte un lector munido de su ejemplar arrellanado en los incómodos asientos de las salas de espera. No hay duda de que muchas revistas e incluso diarios nacionales se desvivirían por alcanzar semejante grado de penetración y perduración en el tiempo. Y sin embargo, son pocos los que reconocen con orgullo haber leído alguna vez los chistes de Condorito, y mucho menos que se atrevan a dejarlo por escrito.

¿Cuál es su fórmula, entonces? En 2010 se lanzó una edición de lujo de sus mejores tiras, en seis tomos con tapas duras, reunidos en una caja de madera. Algunos ejemplares todavía se consiguen en librerías de Buenos Aires, y al recorrerlos es fácil percibir la evolución de la revista e identificar un momento dorado, cuando sus libretistas optaron por dejarla librada al absurdo y la incongruencia más militante y obsesiva. No es que les faltara sinsentido a las tiras cuyos comienzos habituales podían consistir en un llamado telefónico de Yayita para avisarle a Condorito que “mi papá estaba roncando y se tragó una laucha”; a lo que Condorito respondía inflando aún más los ojos: “¡Reflautas, vamos inmediatamente!”. Pero con los años surgirían secciones y personajes como el caballo Mandíbula, que podía tocar el piano vestido de frac o seguir riéndose tras ser devorado hasta los huesos por las pirañas. Los notables chistes titulados Panamericana aparecían dispersos en las revistas, ambientados en la ruta, y ahora se hallan reunidos en la web gracias la edición de un devoto fan en el blog charlicitocondoritoaventurero.blogspot.com.ar. Parecían responderse: ¿de cuántas maneras puede salir mal el viejo plan de trazar una línea blanca y recta para dividir los carriles de autos? Si siempre hay una piedra en medio del camino, como decía el poeta, Condorito era el muñeco de pruebas con el que se evaluaban todas las posibilidades de que efectivamente alguien se tropezara con ella. Y borracho, artista, perseguido, enamorado o simplemente distraído, Condorito constataba una y otra vez que no había la más remota chance de que esa línea llegara a su destino previsto.

Héroe del humor

En las tiras tituladas Condoricosas podía hallarse un Condorito consumido por la intemperie y el hambre, sólo en un islote en medio del océano, con la vista desencajada y un sombrero de Napoleón Bonaparte sobre la cabeza, dándole la bienvenida a un barco que se acerca a la playa. Y allí terminaba el chiste, en el desvarío de un náufrago que le habla a sus rescatistas convencido de que es el famoso preso de la isla de Elba, y no el pobre diablo que evidentemente es.

Hasta en sus roles más ambiciosos, cuando le toca interpretar a personajes con cierto poder o prestigio, Condorito nunca se deshace del dejo de melancolía que nubla su rostro. Siempre abatido, o a punto de estarlo, este último rasgo de “roto” le agrega dramatismo a sus chistes. Porque Condorito parece sufrir su condición de héroe del humor. Es más bien un mártir, que se inmola y pone en juego su salud, y hasta su dignidad, para que los demás rían. Y entonces es fácil, y tentador, imaginarlo trabando amistad con ese otro esforzado laburante del show business, el payaso Krusty, siempre ansioso por encender un cigarrillo, servirse un whisky y olvidar para siempre a su público de niños, cuando se apagan los reflectores de las cámaras y cae sobre él todo el peso de su vida.

Sin prestigio y relegado al podio del humor más tonto e improvisado, hubo momentos en que Condorito se hizo cargo de su fama de payaso fracasado. Y quizás el momento más revelador de su historia sean dos chistes de 1963, también rescatados por el blog de charlicito. No vamos a exponer aquí sus argumentos, pero bastará con decir que se titulan “Un cuento existencialista” y “Otro cuento existencialista, ¡oh!”, y que retratan a una ronda de niños sentados alrededor del plumífero. Como si se tratara de los discípulos de Sócrates en una plaza de Atenas, los niños le piden “un chiste o un cuento divertido”, a lo que aquél accede anunciando un “cuento existencialista”. Y el chiste que procede a contarles se basa en la repetición de una anécdota, como una suerte de cuento de la buena pipa que despierta el furor del público que acaba persiguiéndolo a piedrazos al grito de “¡Córrete, fósil!”. Pero Condorito vuelve a intentarlo, y en la siguiente tira no sólo redimirá a la anterior. Conseguirá desmayar a todo su auditorio en un ¡Plop! generalizado y triunfal y, de paso, habrá admitido que, sí, abundan los chistes malos, pero eso no importa porque no podría ser de otra manera. Si algo abunda en el mundo son los chistes y, en realidad, siempre habrá oportunidad para contar uno nuevo que, si todo sale bien, hará que los anteriores hayan valido la pena.

Porque necesitamos malos chistes. Qué sería del humor sin los chistes bobos, cortos y previsibles, pero siempre a mano. Porque como quería Rodolfo Enrique Fogwill, que hizo un “Llamado por los malos poetas”, también hacen falta los chistes de Condorito. Porque mantienen viva la llama, y la renuevan a cada página que al darse vuelta da paso a otra peripecia que promete hacer reír, o al menos intentarlo. Porque Condorito es un kamikaze de la risa, maltrecho y consumido por los años, pero lanzado una y otra vez rumbo a ese remate soñado e infalible, capaz de sumir a sus lectores en un ¡Plop! definitivo.

Y así, chiste tras chiste, desde hace décadas, van sucediéndose las entregas de la revista. El pajarraco alcanzó una presencia a veces invisible pero abarcadora en todo el continente. Está estampado en las marquesinas de pizzerías y puestos de comida. En calesitas y talleres mecánicos. Y en la Feria de la Alasita de La Paz, en Bolivia, hasta fue adoptado para un antiguo ritual aymara, cuando en enero cientos de miles de personas se reúnen en las calles para comprar miniaturas y ofrendarlas al Ekeko, el gordo y bigotudo dios de la abundancia y la fertilidad. La muchedumbre recorre los puestos, como chicos sueltos en una juguetería infinita, repleta de pequeños alimentos, casitas, autos y billetes, amuletos para que no falten en el año que comienza. Pero también hay colecciones de Condorito en tamaño estampita para un año en el que tampoco falten la risa y el buen humor. Y quién va a garantizarlo, si no.

Entre las actividades dedicadas a homenajear a Pepo, el creador de Condorito, a 100 años de su nacimiento, la editorial Ocho Libros y la galería de arte Plop!, de Santiago de Chile, lanzaron un concurso para dibujantes e historietistas inspirados en Condorito. Ilustrando esta nota, el trabajo de Rodrigo Salinas, una de las viñetas seleccionadas e incluida en el libro 100% Pepo.