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FRONTERAS

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Moda y pueblo

Federico Vázquez
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Hay una moda en los gobiernos sudamericanos: las sociedades políticas mixtas. Cristina y Néstor, Dilma y Lula y, ahora, Nadine y Ollanta. La esposa del presidente peruano tiene todos los condimentos para que se empiece a hablar de ella como una figura política con luz propia. Es carismática, excelente comunicadora, dosis calculadas de trasgresión y verticalidad, mucha presencia en las redes sociales. Los medios peruanos ya están empalagosos con los análisis donde emparentan a la pareja presidencial con el modelo sucesorio del kirchnerismo: un mandato vos, otro yo. En el país andino esto se vuelve, además, una necesidad para la continuidad del humalismo porque la constitución prohíbe la relección inmediata (el presidente en ejercicio tiene que dejar pasar un período para volverse a postular). Aun así, una hipotética candidatura de Nadine tendría que sortear un artículo del código electoral que impide a los familiares directos del presidente candidatearse. No es ningún resorte para evitar “desviaciones populistas” hecho por alguna pluma liberal, sino producto del desamor marital: fue Fujimori el que impulsó el cambio de ley para que su entonces esposa, Susana Higuchi, no pueda ser candidata por…la oposición.  A mediados de los noventa Susana pateleó por los medios, pero la ley siguió su curso y, además, Fujimori la remplazó en el puesto de primera dama por su hija, Keiko, que fue la que finalmente tuvo un rol político en las últimas elecciones, donde perdió en la segunda vuelta con Humala. Una variante más politizada –pero muy similar en los roles- a la novela de enredos de la familia Menem-Yoma por aquellos mismos años.

El manoseado tema del “rol de la mujer en la política” puede pensarse desde este ángulo: en los noventa las mujeres presidenciales ya no se bancaban el silencio decorativo, aunque tampoco pudieron lograr ser socias del poder. Eran las “mujeres de” pero el viento de fronda ya estaba ahí. La modernización globalizadora que era bandera de esos gobiernos noventistas lo invadió todo, y entró también en las vidas privadas de las parejas presidenciales con el toque de época que incluía el escándalo mediático pero también una nueva legitimidad, que permitía un lugar propio, una voz, un derecho a ir por más. Pero las zulemas y las susanas arrastraban algo de lo viejo, algo del antiguo rol aristocrático de las “primeras damas” que cortan cintas en inauguraciones sin conciencia política del proyecto del que participan, así sea formalmente. Tal vez por eso, sus alejamientos hayan tenido origen en las relaciones privadas con sus esposos-presidentes, antes que en desavenencias políticas.

El siglo XXI cambió esa ficha. Las primeras damas son las aliadas íntimas de un esquema de poder compartido, más allá de los formalismos circunstanciales. Unos y otras llegan al poder juntos, a la par. Visto en clave feminista, toda una igualación social, una revolución de género. En términos estrictamente políticos, una nueva ingeniera desde la cual pensar roles, soportes y proyecciones políticas de largo plazo. En el Perú, Nadine Heredia viene siendo la voz de un gobierno parco en la comunicación, con muchos técnicos y pocos políticos en su gabinete. Sin un cargo de gestión, se puede mover cómoda en mítines, actos de inauguración y declaraciones en su cuenta de Twitter que le costaría sostener si tuviera un cargo público. Pero no es sólo una vocera informal: es la segunda del Partido Nacionalista Peruano y acompaña a ministros en recorridas al territorio, donde queda claro quién es el jefe de quién. Es una de las pocas que participa de la mesa chica que toma las decisiones fundamentales del gobierno. Sin embargo, en una situación un tanto difícil de explicar desde la mirada argentina, todos estos ingredientes no la convirtieron en un tele objetivo de los medios de comunicación. Por el contrario, al menos hasta ahora, los altos índices de popularidad (superiores incluso a los del propio Ollanta) conviven con un trato generoso del periodismo. Mario Vargas Llosa cree que está haciendo un “papel excelente” y su hijo Álvaro se declaró “fan”. Esa situación de gracia parece responder a ese momento inaugural del que también se alimentó el kirchnerismo temprano: la reconstitución del poder presidencial, y cierto equilibro interno del gobierno que todavía no rompe amarras con ningún interés terrenal, lo que abre el apoyo desde las veredas más insospechadas. En ese escenario se cuela la carrera política de Nadie. Una carrera que tiene un vuelo propio, que eventualmente mostrará sus costados más personales, y a la vez atada a una sociedad política que hoy, circunstancialmente, la tiene en un segundo puesto. Por ahora.