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FALSA ESCUADRA

Chicas Always

Romina Sánchez
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Cuando sea grande, una artista, quiero ser como ella. Malena hace poner colorados a los hombres, los pocos que se animan a acompañar a sus novias y se terminan atragantando con la menta del mojito al pensar, después de un monólogo que roza la antimisoginia, que hacerse el progre un sábado a la noche no es negocio, porque la atmósfera de la charla en casa, la charla en serio, se va a hacer cada vez más envolvente y pesada. Como una tormenta de verano. Malena también hace que los hombres vayan al teatro, solitos, y se cansen de subtitular lo que es claro pero fuerte como el vodka: la anécdota de la flatulencia masculina hecha cotidianidad, la casi obligada fellatio en una relación y, ¡oh!, la evaluación masculina, a lo jurado del Bailando, de la performance en cuestión. Entonces, los flacos piensan en voz alta, con algo de pudor: ¡es verdad! Malena dice lo que las mujeres con cabeza, que ante el mundo somos bichos raros, como tipos sin pene, queremos gritar. Y gritamos.  Que los publicistas al servicio de la industria rosa Barbie nos forrean hace décadas, que no siempre nos gusta que los hombres nos traten como un cacho de carne, y que las revistas no subestiman dándonos consejos Utilísima de cómo sacarle más y mejor leche a los pitos de turno. Una mercadotecnia de la cama. Malena Pichot, conocida en sus comienzos como La loca de mierda que subía su rosario de miserias de chica dejada a YouTube, es el colmo de la irreverencia. Sí, políticamente incorrecta como un grano en el medio de la frente de una top model. Y sí, también, escatológicamente divertida. Malena puede afirmar que no es anoréxica pero que anda con ganas de serlo, que tiene una relación histérica con la depresión, porque tal vínculo asume ribetes de enfermedad pero a veces también se viste de inconformidad burguesa. Puede hablar de violencia de género cagándose de risa de la violencia de género. Y, aunque sea una cheta sin retorno, en los suburbios la queremos.

Antes de que se vuelva chiché, que se vuelva chicle, la fui a ver.

Después del show, en el baño del Velma Café me crucé con unas chicas que hacían pis y al tiempo dialogaban sobre el espectáculo.

-Pero a mí me gusta la Cosmo y todas esas revistas.

-Seee, cualquiera. Y no me parece lo que dijo de la Rampolla, que es una ladri y que dice siempre lo mismo, que todo está bien en el sexo. Eso que dijo de la concha enorme de peluche que usa para explicar, que no te da más ganas de coger en tu vida, no es así. Para mí es súper didáctica la mina.

-Tampoco es cierto que todas las mujeres no seamos gauchitas- acotó otra, entre risas y ruidos de cadenas.

Mientras se lavaban las manos, les puse cara de buena para que me dejaran entrar en la conversación. Les puse el giro avisándoles que cambiaba de carril, que mis amigas ya me habían aburrido, pero no me habilitaron el paso a opinar. No pude con mi genio y me mandé sin más, olvidando eso que llaman tacto, tacto o cintura para conversar. Una piba metida y atrevida.

Les pregunté por qué pensaban así, si no les parecía que era tal cual lo que Malena pensaba sobre Alessandra Rampolla.

-No, porque a mí me sirve. Es como tener una sexóloga en casa. Todo lo que dice está perfecto.

Casi hago ¡plop! como los personajes de Condorito.

Entonces, fui por más: “¿No creen que las revistas femeninas nos tratan como infradotadas y que se refieren a un único tipo de mujer?”. Sus miradas me aguijonearon violentas, construían una escena digna de Tomy y Daly. “¡Estoy indignada con algunas cosas que dijo…es una loca de mierda! No sé para qué vine”, me apuntó una. Y le dije, les dije, con la firmeza de una declaración de principios: “Con ese criterio, chicas, un día les van a meter una zanahoria”.

Y me retiré, haciéndome la distraída, convencida de mi éxito. Porque no hay mejor chiste con moraleja que el que se hace con naturalidad. Pero una moza me interceptó en la salida del baño, una moza enorme, con cara de mala, de maestra normal con bigotes, y pensé que entre todas me iban a dar duro en nombre de la moral y las buenas costumbres de la ortodoxia Always.

-¿Queda gente adentro?- me preguntó.

-Eh…Gente, sí. Mujeres no.