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África mía

Federico Vázquez
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África está de moda. Hasta hace unos años era la metáfora del territorio olvidado. África sobraba y apenas si despertaba un interés entre morboso y de beneficencia light por parte de las almas sensibles de un primer mundo que, en su auto percepción de abundancia, de tanto en tanto volteaba la mirada sobre un lugar que el mundo no sabía para qué le servía.

Si América fue desde la llegada de Colón el lugar por excelencia donde Europa buscó las materias primas para su desarrollo, África es el comienzo de ese recorrido “mercantil”, donde los hombres eran cazados para terminar trabajando en las plantaciones al otro lado del Atlántico. La desgracia no termina ahí: cuando nuestro continente ya era un conjunto de repúblicas que, si sometidas económicamente, habían logrado el status de independencia política, África era repartida sin tapujos entre las potencias europeas. Por eso el mapa de África es tan extraño: ningún continente tiene sus fronteras tan lineales y rectas, un diseño gráfico donde se nota demasiado que la decisión de dónde empieza y termina un país se cocinó en una mesa chica a muchos kilómetros de distancia.

El último momento de interés en África tampoco fue feliz. Después de la Segunda Guerra una Europa que ya no manejaba las riendas del mundo no pudo retener sus colonias donde, por otro lado, habían surgido movimientos de liberación nacional que en pocos años pasaron a gobernar los nuevos estados independientes. Pero llegó la Guerra Fría y los intentos de influencia de Estados Unidos y la URSS. África se convirtió en un escenario más de esa disputa y florecieron los golpes de Estado y las desestabilizaciones permanentes. El Che en el Congo marca ese momento, como también cierta constancia “occidental”: sus manuscritos sobre la imposibilidad de entendimiento con esa sociedad a la que él llevaba la revolución no son muy distintos a los de sus antecesores blancos de décadas y siglos anteriores.

Ya en los ochenta, los males de África se volverán impersonales: hambre y SIDA. Chicos con panzas crecidas y mosquitos dándoles vueltas por la cara. Un lamento mundial que compungía a las estrellas de rock con sensibilidad social. El discurso fue cobrando cinismo: la “culpa” se cerró sobre algunos dictadores locales, unas bestias sanguinarias que recorrían en sheep una ruta de tierra matando gente. Esa imagen hollywodense traducía una cuestión estructural: en un mundo donde la riqueza se empezó a concentrar cada vez más –aun en los países centrales-el capitalismo no parecía tener ningún lugar para ese continente. Sencillamente sobraba.

La nueva moda africana tiene ahora nuevos sponsor, también a la moda. China, India y Brasil, las nuevas estrellas de la economía mundial, están provocando una oleada de inversiones en África.

El punto es si hay un cambio de lógica con el pasado de expoliación. Poco alentadoras son las noticias, porque los intereses de estos “hermanos del sur” no son muy distintos a los que tenían los viejos imperialismos. Petróleo, minerales, diamantes, tierras para cultivar. También algo de infraestructura, que no deja de escapar a la contradicciones del desembarco. Hace un año, Mozambique inauguró un nuevo estadio olímpico para los juegos pan africanos. La inversión la hizo una empresa china, que además importó a 300 chinos para dirigir el proyecto. Los mozambiqueños fueron contratados para las tareas menos calificadas. En las vísperas del 1 de mayo de 2010, una huelga al interior del Estadio terminó con un muerto.

Aunque la esperanza puede estar en el reacomodamiento político que estas nuevas potencias parecen estar queriendo diseñar en el mundo,  algunos signos permiten pensar que esta vez África puede ser parte de una sociedad –aunque también desigual- no sólo económica, sino también política. Un ejemplo: durante el mandato de Lula, Brasil abrió 16 embajadas en países donde no tenía representación diplomática. En una de sus 12 visitas, sinceró: “Brasil no sería el mismo sino fuera por los millones de africanos que participaron en la construcción del país”. China, por su parte, fue la que agergó la S a lo que antes era el BRIC, cuando invitó a Sudáfrica al grupo que formó con India y Brasil. Algo, mucho, poco, se verá.