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LA MALA LECHE

Oído absoluto

Martín Rodríguez
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Había una imagen de los westerns: los que apoyaban la oreja en la tierra para oír si venía el malón. Los sueños de la política engendran monstruos. Pero yo sueño con políticos de oído absoluto. Prácticamente diría que mi fe en el peronismo aún se basa en una producción así. Políticos de oído absoluto atentos al oboe de la lucha de clases, a la risa de vestuario del solteros contra casados, a la jauría tuitera, al compás de las internas sindicales, al sojero, al temblor de cacerolas, en fin, a todas las olas del mar argentino, y que no dejan de oír detrás el silbido del viento mundial a la pesca de un nuevo oportunismo. La vida, el mundo, la historia es un golpe de azar. Ni siquiera está clara la teoría del big bang. Pero un día empezó, y bien, acá estamos, mejor que los que frotaban piedras para hacer fuego, pero con muchos nativos entre nosotros que aún no se benefician con la distribución de la garrafa social. Leímos con sorpresa y leve agrado algunas declaraciones del intendente de Tigre, Sergio Massa, el hombre prudente que asoma en esa generación intermedia de poskirchneristas. Reclama Massa junto al joven chileno Marco Ominami: “el equilibrio que la sociedad necesita para desarrollarse armoniosamente…”. Pero el equilibrio no lleva a la armonía según la lógica de estos años: porque hay que mover la copa (decía ÉL) para que la copa derrame. “Sinuosidades”, como dice mi amigo Lucas Carrasco. Tengo ganas de leer a Diego Luis Molinari, un historiador radical y peronista recomendado por Javier Trímboli a través del sugestivo título: La «representación de los hacendados» de Mariano Moreno. Su ninguna influencia en la vida económica del país y en los sucesos de mayo de 1810. Toda su literatura y toda su obra se consagran en el “ninguna”. ¿Un libro para comprobar ninguna influencia? Comparto también con Lucas el afecto por ese historiador menor, autodidacta, vendedor de puchos, llamado Salvador Ferla. Ferla no se andaba con chiquitas, eh, escribía libros como “Mártires y verdugos” (sobre los fusilamientos del ’56) o “Cristianismo y Marxismo” (sobre las religiones del siglo 20), estaba a la altura mesiánica de su tiempo. Era un hombre y su época: ponía la spika en su oreja, su cuerpo en la calle, pensaba en voz alta y escribía. Ferla tiene una hermosa frase: “Es mucho más fácil revolucionar a los demás que revolucionarse a sí mismo”. Esa es la conclusión de un hombre que vivió un siglo de revoluciones. Lo importante es lo de adentro. Necesitamos políticos de oído absoluto que escuchen de nuevo el runrún de la intimidad. ¿Hicimos una sociedad mejor o distinta? ¿Es mejor esta sociedad que la de hace quince o veinte años? Preguntas para un jefe de gabinete. ¿Cuánto cambió el fondo de eterno escepticismo en el hombre que está solo y espera, en ese argentino siempre promedio? Sigue la política con sus vaticanos, sus ritos, sus ceremonias de sobrevivencia, y ahí tenemos a los “nuevos montoneros” que cantan en las marchas de la expansión de los derechos civiles: “sí somos putos/ sí somos faloperos”. Bien por eso, porque es así, tanto de tradición como de futuro. O también está el partido radical, socialista… Los partidos de siempre y siempre antiguos. En cada comité o básica parece que la Historia dejá a la mañana sus ofrendas, flores de olor horrible que los chicos, los cirujas, los que van a la escuela, los que vuelven, las barren, las patean, las hojas del otoño de la calle de la vieja política. Un partido al final es un club de coleccionistas. Están los que saben de petróleo, los que saben de defensa, de medio ambiente, esquirlas del estado viejo a cielo abierto, y así, pero el mundo es un misterio que fuga y necesita de oídos absolutos, gente que oye el resquebrajamiento de los hielos en invierno. Las mutaciones del agua. Sintonía fina versus Vamos por todo es la opción de esta época. De esta estación. De este instante hermoso y olvidable que vivimos y sobre el que caerán laureles. “Laureles” sobre los que dormiremos para no oír las posibles futuras furias de los estafados de siempre, el cacerolazo que espera a la salida de toda época, la zanja a la que ya nos arroja la sintaxis real del dólar blue, o cuando algunos que no creyeron te digan “¿y, boludo, no cambiaste el auto, no te fuiste a un country?”. Porque están los que se quedan explicando ahí, en su calle, qué fueron estos años, qué fue de sus vidas en estos años, cómo da esa cuenta. Creer, en principio, es gratis.