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La rosca sudamericana

Federico Vázquez
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La reunión doble de Mercosur y Unasur en Mendoza la semana pasada volvió a mostrar una imagen repetida de los últimos años: un conjunto de presidentes reunidos en un salón haciendo política. En la coyuntura de esta cumbre, el tema central fue la respuesta a dos bandas frente a la destitución de Lugo. Por un lado, la suspensión de Paraguay de ambos organismos hasta las elecciones del año próximo y, por otro, el anuncio de la incorporación de Venezuela al Mercosur aprovechando ese mismo interregno. Los presidentes hicieron de la necesidad de mostrar algún tipo de sanción frente al quiebre democrático, una virtud, logrando el postergado ingreso de Venezuela al bloque. Hubo muñeca. Hubo, también, decisión de conducir por parte de los principales interesados (Brasil y Argentina) al resto de los países que tenían intenciones mucho más mediadas y relativas, tanto de sancionar a Paraguay, como de convertir a  Venezuela en un socio pleno. Por ejemplo, Chile y Colombia, que no pertenecen al Mercosur y cerraron hace poco la Alianza del Pacífico con México y Perú, no tenían los mismos incentivos para sostener una posición tan dura como la suspensión de Paraguay en la Unasur. Algo que, al mismo tiempo, era políticamente necesario para Brasil y Argentina en tanto le  daba fuerza y legitimidad a la separación temporal de los guaraníes en el bloque comercial.

En definitiva, lo que mostró la cumbre es que lejos de ser un encuentro “diplomático”, ahí existe  un juego político abierto, donde los presidentes -en un sentido literal- debaten y deciden in situ. ¿Qué dice eso de esta época? Algo que completa la idea de la “concentración del poder en liderazgos populistas”: ese poder está personalizado, sí, pero eso significa al mismo tiempo que está “humanizado”, en tanto son los presidentes de carne y hueso quienes deciden, en el terreno, las cosas. Desde la derecha también se machaca sobre algo real, que es la proliferación de organismos de integración regional que, aun con sus batallas a cuestas, no logran todavía volverse instituciones que permitan sacar cuentas muy claras de su productividad. Es cierto. Lo que se reconoce menos –pero molesta más- es que las cumbres de presidentes (y en eso juegan todos los espectros ideológicos, Santos y Piñera incluidos) sean ámbitos repolitizados, reuniones de comité donde se miden fuerzas nacionales, pero también voluntades, insistencias, liderazgos entre líderes.

El sábado pasado, por cadena nacional, Chávez festejó desde Caracas la noticia de la pronta incorporación de su país en el Mercosur. Y contó que hace unos años, en una de esas cumbres, Lula le dijo: “tienes que tener paciencia estratégica”. Chávez la tuvo: desde 2004, hace 8 años, comenzó a pedir formalmente ser socio pleno. La carambola leguleya que trajo el golpe político en Paraguay abrió la oportunidad que estaba cerrada desde entonces por el Congreso de ese país. Chávez nombra también a Kirchner, y pone en la mítica cumbre de Mar del Plata del 2005 el punto de inflexión en la decisión de los países del sur de abandonar el proyecto del Alca y jugarse por una vía propia. El relato es menos ideológico que personal y eso, viniendo de Chávez, dice mucho. Kirchner le pide a Chávez que hable largo y tendido para cansar a Bush, que al final abandona la reunión con las manos vacías.

La cofradía sudamericana tiene en las cumbre su “ámbito de militancia”, donde se reconocen también jerarquías (Lula era la conducción estratégica, la moderación de quien se sabe más poderoso que el resto, Kirchner era el pateador de tableros pero también el que hablaba en la oreja, el que convence a los demás de “ir por todo”, Chávez aportando la carga ideológica, lo que también significa decir lo que los otros deben callar, el que marca con tiza los límites de los bandos). El remplazo por Dilma y Cristina no parece haber alterado sustancialmente ese esquema, como se vio en Mendoza. “Las relaciones internacionales son algo demasiado importante para dejarlas en manos de las cancillerías”, es una frase escrita en tinta limón en los memorándums de estas cumbres. La estabilidad política en la mayoría de los procesos sudamericanos dio el plafón temporal para que esas relaciones personales maduren, algo que todavía no se trasladó, sino de manera muy incipiente, en las burocracias encargadas de llevar la agenda internacional en cada país. Dicho más brutalmente, las primeras líneas son mejores que las segundas. Algo que, según se mire, es una buena y una mala noticia.

El tiempo corre, la región se sacude por una crisis mundial de desenlace incierto y una creciente disputa sudamericana (de los 10 principales países, 7 tienen gobiernos progresistas y 3 conservadores) donde la derecha acaba de sumarse un territorio. Con ese marco, las próximas cumbres del vecindario seguirán siendo, con seguridad, mucho más que reuniones protocolares.