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LA MALA LECHE

Montoneros o la ballena blanca

Martín Rodríguez
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Un historiador escribe una novela para sacarse la Historia de encima. Pero los personajes de su novela son ahora los que no pueden sacarse la Historia de encima. Los personajes ocupan su lugar en el coro, y conversan en cualquier momento de “lo mismo de siempre”. Siguen discutiendo, se llaman militantes y -por lo menos hace cuarenta años- los que llamamos así son personajes en busca de un autor. A veces lo encuentran, lo pierden. Cuando no hay autor, giran. Federico Lorenz –historiador- escribió su novela (Montoneros o la ballena blanca, Eterna cadencia, 2012) donde les da cuerda a un puñado de militantes para ver hasta dónde pueden llegar una vez que aceptan la “derrota” y el peso de “sus muertos”, y no lo hace como autor de estos personajes sino como el testigo que tan sólo les dio señal de largada.

Lorenz persigue a esta patrulla perdida que se separan de lo que aún en plena dictadura podía ser la organicidad de la guerrilla, pero para representarse aislados lo mismo que hubieran hecho ajustados a su organización: contragolpear para buscar la continuidad de la guerra. En el fondo, porque un militante puede ser, un expatriado de su vida.

Montoneros debe esa explicación al pueblo argentino: cuando los derechos humanos empezaban a alcanzar toda la significación de la época, ellos decidieron la contraofensiva. Cuando las víctimas de la ESMA eran reclamadas por lo universal que tienen, ellos decidían seguir la guerra y afirmarse en la particularidad. ¿Una señal a sus familias? Somos soldados, le dicen a la madre que reclama a su eterno nene en el bosque del terror. La novela anuda una contradicción que nadie puede enunciar: la guerra y la vida. La lucha armada y los derechos humanos. Es el otoño del combatiente devenido en víctima humanitaria, tan sólo un cuerpo reclamado por sus abandonados: las madres, abuelas, hijos, hermanos o tíos que habían quedado al costado de su camino y ahora reclaman el derecho humano. Los que lo vieron salir de sus vidas, de sus domicilios, de la familia legal, para ir a la guerra. Estos montoneros son fábulas compuestas con la devoción de quien conoce las historias reales, que terminan de pasar a pérdida los restos de sus vidas materiales y sentimentales salvadas de la represión. La novela avanza cuando el protagonista se desprende de su mujer y de su hija porque la guerra los quiere livianos, con mochila de mano.

Esta road movie de la derrota apuntala su reverso: que la Historia no vale tanto la pena, que “eso” que pasan a pérdida (familia, esposas, hijos, electrodomésticos, negocios o departamentos) en algún lugar persiste como inventario. Reconstruidos en víctimas por la pérdida de lo que ellos mismos habían decidido abandonar. Hablo del devenir de las patrullas de la vanguardia, de las cuadrillas nocturnas de la ruta. Es la Argentina: en esa Patagonia metafísica de siempre, perpetuamente a quien busque lo esperará un “nazi loco” para continuar cuando la mano invisible de la historia y del mercado te corran al costado. Hay que volver a inventar la guerra para que todo tenga sentido, dicen. Para que la muerte tenga sentido. Y así, la novela trama el túnel subfluvial que une la guerra sucia con la guerra de Malvinas. Porque Malvinas era el deseo de una guerra regular y limpia de todos: de los soldados y de los guerrilleros, de los patriotas de todas las colimbas. Y los montoneros querían la guerra porque, entre muchas otras razones, no querían quedar afuera de la historia.

Lorenz es el historiador más intenso del presente. Primero, porque eligió hace muchos años dos lugares comunes (Malvinas y la guerra de guerrillas) para decir algo más. Segundo, porque no puede parar de pensar. No es un acopiador de datos, matices y complejidades, sino que se mete el rollo de la historia adentro. No vende prestigio académico para tres gatos locos o las novedades del revisionismo del nuevo billiken montonero. Es el que se obsesiona con su objeto, se hunde en él. Su libro histórico fundamental, “Las guerras por Malvinas” –reeditado este año-, documenta todos los balbuceos de consensos públicos sobre la guerra, y busca un sentido que pueda rescatar aquello de dos cosas fundamentales: de la tragedia y de la estupidez. De esas dos cosas de las que hay que salvarse. (Y es una salvación de a uno. No es colectiva.)

Montoneros o la ballena blanca dice que no están locos, pero están solos. Esa es la propuesta sobre la extinción de la experiencia montonera. Una capa más de las mil capas de la historia política argentina. Montoneros o la ballena blanca es el ensayo de un historiador que dice “ahora la historia es mía” porque comprueba que no se la puede sacar de encima. Dejando el sabor agridulce, la fuerza melancólica en la conclusión posible de aquella Nación en armas: un país es algo que a todo el mundo le queda grande, pero a lo que todo el mundo tiene derecho. Como esos dos argentinos (militar y montonero) que ruedan en la nieve de “las islas” tratando de matarse pero cerrando también un círculo ahí. La guerra es entre nosotros, le dicen los montos. O: no nos dejen afuera de la guerra. Cualquiera de las dos cosas. Y a la vez.