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FRONTERAS

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Quién gobierna el mundo

Federico Vázquez
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¡Cómo pasan de moda las palabras! Ya nadie habla de globalización, ese término que dio de comer a tanto sociólogo durante algunos años, y llenó los cronogramas de las conferencias universitarias, inundó las librerías, alimentó las argumentaciones políticas por izquierda y por derecha, quiso explicar todo. Y de pronto… se fue.
Arriesguemos algo sobre ese concepto joven y ya amarillento: entre toda la maraña interpretativa, estaba el supuesto falso de que la globalización significaba un mundo más pequeño. Algo que podemos atribuir al efecto un tanto shockeante que tuvo en sus comienzos Internet y la revolución de las comunicaciones, en un sentido en general. Pero ya está, ya pasó. Sí, podés mandar un mail para que lo abra un japonés del otro lado del mundo, al toque. “¿Y?”, podría preguntarse alguien de veinte años, acunado en una modernidad que sólo para los más viejos tiene todavía algo de sorpresa. Por otro lado: ¿cuántos japoneses tenés en tu bandeja de correo? La sociabilidad 2.0 cambió muchas cosas, pero el mundo no se volvió un pañuelo. Por debajo de eso, está el cambio en los patrones de comercio y del sistema financiero: la posibilidad de una mayor velocidad en la comunicación parece haber ayudado a que la ruleta de las bolsas tome en estos años una centralidad económica y política inédita. Y ahí anda Europa lidiando con ese monstruo. Porque si algo está mostrando esta crisis es que las identidades nacionales siguen siendo el lugar desde el cual las personas piensan y sienten. Y deciden. Europa, de hecho, fue la expresión concreta de la idea de globalización a comienzos de los 90. Los que habían inventado el estado-nación parecían a punto de construir su superación. Hoy las cosas no pintan muy promisorias en ese sentido: debajo de la sábana de Europa se escondía, al final de cuentas, los intereses de una nación. Los de Alemania, nada menos. Del otro lado del mostrador, las sociedades como la griega o la española que entregaron soberanía a cambio de pertenecer, hoy se preguntan si hicieron buen negocio. Habrá que ver, pero lo que parece seguro es que el nuevo pacto del cual resurja el capitalismo europeo tendrá muy presente que las fronteras siguen existiendo, para bien o para mal, gane quien gane. La aldea universal, ni siquiera en la pequeña Europa, asoma como un horizonte cercano.

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Los años de Obama son los años donde tomó peso real la vieja pregunta por la vigencia de la hegemonía norteamericana. En uno de los spot de la campaña para las elecciones de noviembre próximo, el Presidente y candidato demócrata dice: “dijimos que nos íbamos a ir de Irak, y lo hicimos”. La gran potencia resuelve su futuro volviéndose para dentro: un salto en la productividad, una nueva frontera tecnológica, la digestión del mundo latino que tiene dentro. Grandes decisiones hogareñas necesarias para volver a señalar un rumbo al resto del mundo. Mundo que está lleno de guantánamos, de bases militares y una incuestionable supremacía armamentística de los Estados Unidos, eso está claro. Pero lo notable y novedoso es que esa extendida telaraña logística se corresponde cada vez menos con la relevancia económica y política sobre la que, se supone, está sustentada. Un ejemplo: en la última reunión del G-20, Obama llamó a “evitar el proteccionismo”, y de hecho logró que en la Cumbre los presidentes firmaran un documento con un compromiso de los países en ese sentido, pero las acciones concretas de los gobiernos van en una dirección contraria. El director general de la Organización Mundial de Comercio (OMC), Pascal Lamy, se lamentó que en los últimos meses, desde octubre del año pasado, se hayan tomado 182 medidas de protección comercial nuevas entre los países, al tiempo que, obviamente, cada bloque económico denuncia al otro por proteger lo suyo. Y mientras tanto, China le sigue comiendo protagonismo económico, desplazando a Estados Unidos como principal socio comercial en muchos casos, o entrando como jugador fuerte en nuevas regiones, como África. La última mojada de oreja no es menor: China acordó con Japón, el más occidentalizado de los países orientales, abandonar el dólar para sus intercambios comerciales.
Es como si después de la organización dual e hiperideologizada del siglo XX, se estuviera imponiendo cierta lógica geográfica, de influencias por cercanías. China y Asia, Alemania y Europa. Brasil y Sudamérica, en nuestro caso. Queda mucha tela por cortar hasta ver si eso es un remplazo del esquema de poder anterior (que vale la pena repetir, tiene todavía a buen resguardo su bodega armamentística) o solo un momento donde florecen vecindarios propios por simple ausencia de liderazgo. O si, por amargo que sea el trago, y con las correcciones del caso, sea cuestión de releer a Tony Negri y su Imperio, donde festejando lo horrible, y confundiendo muchas cosas, decía algo que hoy no suena tan mal: que el capitalismo ya no necesita de un centro, porque lo ha impregnado todo.