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LA MALA LECHE

FM Soldado de la frontera

Martín Rodríguez
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1. ¿Por qué nos sorprende que aún hoy se torture en una comisaría argentina? ¿Dónde existen las garantías para que eso no ocurra más? Videla afirmaba hace años en el libro de María Seoane y Vicente Muleiro: “en este momento en alguna comisaría de la provincia de Buenos Aires se debe estar torturando a alguien”. Algo así. El viejo dictador suponía una antigua e interminable línea de continuidad de la que se habían aprovechado, a la que habían perfeccionado en escuelas francesas también, pero que no habían inventado. ¿Ayer torturaron? ¿Mañana torturarán? En una cárcel provincial o federal, en una comisaría argentina. ¿Qué hacemos con eso que sabemos que pasa? 2. Presentación del tema: imágenes de la tortura en Gral Güemes, a 55 km de la ciudad de Salta capital. Tecnología intacta: submarino seco y baldazos de agua fría sobre dos jóvenes. No quedarán marcas. Video de más de dos minutos que dio la vuelta por todo el país y que nos presenta la pasividad de las víctimas y la frialdad de los torturadores. Gordillo es uno. Pero en el video se confunde, y uno de los jóvenes parece que le dice: “basta gordito”. Las crónicas primeras confunden eso y acentúan esa extraña “familiaridad” que puede campear en una comisaría de pueblo. Filmado con un celular. 3. Recuerdo: en el año 2000 trabajaba en un kiosco en Pueyrredón y San Luis, Once, y el sereno del edificio bajo el que quedaba el kiosco era ya un compañero de esas noches frías, “en lo mejor de la crisis”, cuando el recorte del 13% comenzaba a faenar bolsillos estatales. Era un “buen tipo”. Sin hijos. Casado. Vivía en Banfield. Tenía una perra a la que amaba con locura, te mostraba las fotos. Se había retirado de la policía de la provincia de Buenos Aires (a la que había entrado en 1982) y me dijo por qué se fue: por un estado depresivo. Votante del PJ. Un día, una noche, de la nada, me contó su paso por la Brigada de Investigaciones. Y los métodos de tortura que aplicaban. Picana, submarino. Me explicaba la razón de esos métodos: las necesidades judiciales de las declaraciones. “Lo pedía el juez.” Mi cara de lector de Página 12 le precipitó la aclaración reparadora: a un tipo normal como vos no se tortura. Ok. Entendido. La tortura y sus justificaciones. ¿Qué hizo el torturado?- es la pregunta que se puede hacer alguien que quiere vivir del lado de la línea de la normalidad y sentirse a salvo, poner la conciencia en papel secante. 4. La tortura como barbarie policial es una constante para los pobres, por eso -en parte, pero en una parte decisiva- la clase media militante que la ligó en los 70’s vivió ese sobresalto descomunal y represivo y pudo narrarlo con una línea de tiempo tan precisa, haciendo hincapié en las precisiones técnicas de ese calvario. Pero no tuvo durante ese tiempo la misma sensación de excepción para el sabalaje, para el pobrerío que vive siempre sometido al rigor policial, desde el principio de los tiempos. Una vida eterna existida bajo la pesadilla azul. 5. Volvamos a Salta y al argumento del gran ideólogo de la seguridad, Marcelo Saín: más allá de las especificidades locales, hay un problema difundido que no se resuelve con políticas locales ni focalizadas sino que requiere una intervención federal y una política sistémica. (Una idea básica podría ser que para que no haya tortura debiera haber por lo menos un civil, un abogado, en la comisaría.) El policía que hace submarinos con tal naturalidad tiene que ser un grano en el orto de las políticas de seguridad, el impacto de esa tortura televisada tiene que ser la zanja adonde cae y se desparrama el altar de la memoria. Vamos a decirlo así: el museo de la ex ESMA tiene que servir también para apagar la electricidad policial del presente, para una policía que no resuelve nada sin pasarse de la línea de lo lícito. Los centros culturales tienen que servir para que a Gordillo ni se le ocurra pelar la bolsa. 6. La relación de los DDHH y los hechos de tortura actuales, también, es el diálogo sordo que pone en tensión el tipo de federalismo, tanto como las discusiones de la co-participación. Porque habla de la distribución del capital simbólico y cultural de esa cima llamada Derechos Humanos. Estado y provincias: la polis de los derechos humanos, con sus señalizaciones, sus museos y baldosas, hace centro en la historia pero no puede proyectar su luz sobre el medioevo policial y penitenciario del resto del país real (y actual). 7. La comisaría de General Güemes y el Hombre de la Bolsa. Los derechos humanos son universales. No son la jerarquía de las víctimas. 8. Toda tortura es política.