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FALSA ESCUADRA

Nada más lindo que la familia elegida

Romina Sánchez
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Algunos tienen suerte con la sangre, otros no tanto. Porque la sangre además de roja, es fortuita. Quizás ese factor azaroso la haga interesante, menos aburrida. Con mi única hermana, unos años más chica que yo, apenas me hablo: nuestros diálogos casi no llegan a la densidad de conversación de ascensor. Somos como esos matrimonios del siglo XVIII, pactados. Lo intentamos, pero hay algo que se rompió, así de fabuloso, antes de nacer. De chicas, una vez me corrió con un tramontina porque yo me burlé de las trampas que le hacía en los juegos de mesa, y después exageré la huida ante mis viejos, siguiendo la escuela de la Chilindrina. Más tarde, se mantuvo firme en la negativa de prestarme su mejor remera para salir con ese chico que tanto me gustaba y que ella había comprado después de que yo la señalara en la vidriera, escondida detrás de la fisura, como esperándome, y de que la vendedora nos apurara con el cuento del vamos, chicas, vamos que es la última y ya no entra más ese modelito. Esas pequeñas reyertas y rencores fueron una muestra a escala de nuestra relación adulta y frágil. Mucho humo, poco nuevo amor.

Ya es hora de que revisemos el concepto de familia. Y sin culpa.

Fiestas, qué patéticas las fiestas. Todavía sigo dando el abanico de saludos de compromiso para que mis viejos no se sientan mal. No corté el cordón de mando, ¿qué fue de mi patria potestad? Pero si hay algo que veía venir en falsa escuadra, es mi vínculo con los parientes de mis viejos. Te tengo en mi árbol genealógico, pero si pudiera te borraría con la eficacia de esas gomas que desaparecen la tinta. Ya no te puedo nombrar como familia.

Los parientes de mis parientes viven en Córdoba, en Embalse, un pueblo que se sostiene a base de energía nuclear y turismo. Para mis tías, versiones desafortunadas de Patty y Selma, sos más fracasada que De la Rúa si no te casaste ni tuviste hijos a los 30. Y nunca les vayas a contar que en tus pagos hay mucho nene con nene y nena con nena porque te pronosticarán el maridaje de la soga y el árbol. Es hermosa la filosofía del juntos a la par, del compartir aciertos, miserias y planicies, pero si por ahora no se da, no pienso enviar PAREJA al 2020. Y todo el tiempo, esa mosca serrana, la pregunta del cómo te aguantás estar sola de nuevo, nena. Un día se van a arrepentir de convidarme tanto ferné y voy a querer saber, con saña amarillista, cómo se llegan a naturalizar, con tanta robustez, los cuernos, la doble vida y los golpes. La familia monoparental quizás se parezca al asado sin vino, pero igual se deja digerir. Entonces contame qué sería de ti sin amasar pan casero con chicharrón todas las tardes.

No me quiero poner biologicista ni versear una oda a la reproducción, pero tal vez así como dicen que la mujer busca ese hombre grandote que la proteja y el varón esa mina corpulenta, de caderas fuertes, para asegurar la descendencia con más carnes, también del mismo modo puede haber rechazo sanguíneo, como esos animales que escapan de su cría. OK, sí: está bien que después termines con ese que no tiene las gambas del Chicho Serna o con aquella a la que el jean small le baila. Está bien, porque hay que cortarla con el totalitarismo genético, con el dictado omnímodo de las compañías. Por eso, armemos nuestras propias fichas del rasti familiar y ahí sí quizás comamos algunas perdices.