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LA MALA LECHE

El corazón sobre todo

Martín Rodríguez
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1. En la conciencia política de estos años se sabe que cuando empieza a circular el nombre de una nueva víctima de un crimen político se vuelve una marca, un signo de los tiempos, o la promesa de una futura agrupación. Como el caso de Teresa Rodríguez, una mujer que cruzó la calle, la bala le dio y se hizo bandera. Así, ese nuevo símbolo se empieza a nombrar con errores de precisión o de tipeo (Ferreira o Ferreyra, por ejemplo), hasta que después son sellos inequívocos. Arte de magia de la cultura de martirologio: cuanto más anónima la víctima mejor, cuanto más salida del fondo de la experiencia, mejor. Mariano, desconocido para el 99% de los argentinos, de pronto, se hizo imprescindible, y el sentido común de la urgencia y el lamento rimó: era mejor que no muriera, era mejor que siguiera ahí, en esa trinchera de lucha ahora totalmente visible. Una causa justa. Y Pedraza, que sí toda la clase política conocía, de golpe se volvió el peor de todos, la cría del sindicalismo perverso… Y nació la pregunta: “¿Cómo pudimos soportarlo tanto tiempo ahí?”. 2. Se me ocurre rememorar esos días y ver las dos muertes de ese octubre en su fuerza asimétrica, en sus correspondencias y rechazos: Mariano Ferreyra y Néstor Kirchner. Por un lado la muerte de un ignoto militante (el de una causa desconocida socialmente) y por otro lado la muerte del líder político más importante de una época. Las dos conmocionaron a la sociedad. ¿Y qué tienen en común? ¿Qué nos dicen de la época? ¿En qué punto no es posible articularlas, y a la vez, qué filiación las une como representación de dos generaciones políticas? 3. Mariano es el muerto contingente, de la tradición de asesinatos políticos en democracia, cada uno de los cuales marcó puntos de inflexión. Mariano era sujeto de una causa, pero también, sin subestimarlo, es posible siempre ver algo chaplinesco o azaroso en una muerte atravesada por la casualidad horrible de los disparos a un tumulto. Víctima y victimario sin intimidad, desconocidos entre sí, apenas hechos de las elucubraciones de la lengua militante: un matón o un culata sindical matando a un trosko. Ocurrió, además, en ese límite difuso entre Buenos Aires y el conurbano, frontera con competencias policiales tan funcionales a sus complicidades, las zonas grises. Parte del esfuerzo político del repudio sirvió para darle sentido a esa muerte tan gratuita, para darle una línea de tiempo, un orden y la estatura a la que la víctima tiene derecho. Y la utilidad posterior de esa muerte: que sirva para terminar con las tercerizaciones. 4. La muerte de Néstor Kirchner era la de un líder de Estado, de primera línea, que pretendió imantar toda la energía social posible en el decreto no escrito de la “vuelta de la política” con el que inauguró su gestión. Kirchner tuvo, hay que decirlo, una sensibilidad especial y absorbente: si todos los conflictos ahora iban a ser incorporados a la política, todo lo social se iba a hacer político. Y claro que esa muerte lo dañó, porque Mariano cayó en el peor lugar de ese político astuto: en una zona impensada, descuidada, en la retaguardia, donde no había girado su mirada. La muerte de Néstor, la de un cuerpo que no aguantó, está en la disputa de una herencia que no la podrá ceder jamás a la prosa sanitarista de Nelson Castro y su intento disciplinador sobre los políticos, que dice con el tono ascético de un médico: el poder mata. 5. Mariano y Néstor eran (son) centro y periferia de una misma ciudad política. 6. En el crimen de Mariano y su trama sindical y empresaria aparecía algo no contenido en la narrativa diaria. Mariano murió en una zona libre de relato. Y por eso hubo tanto de oportunismo opositor (que colgó la muerte al gancho estatal, porque debía ser un muerto del kirchnerismo), como de torpeza cruel del lado cultural K (que rápidamente midió la distancia que podía unir a Pedraza con Duhalde). En una batalla cultural, hecha de tapas de diarios, lo peor que puede ocurrir es un hecho así, desnudo, donde lo que pasó es lo que pasó, algo brutal y poco asimilable al canon discursivo, cuya interpretación política no la brindará la disección de la tapa del diario de mañana.