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LA MALA LECHE

El cafetal rojo

Martín Rodríguez
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Un buen izquierdista sabe que sus ideas no se plebiscitan. Sabe que pierde en cualquier ballotage. Sabe que detrás del pueblo no está el Pueblo. Está la suma de uno más uno más uno. Un buen izquierdista no cree en mitos, tiene miedo a la gente. Es un deber saberlo para él. Y es un deber no decirlo. Un buen izquierdista sabe que vive con la mitad más uno del otro lado del alambrado. Un buen izquierdista es una hormiga, trabaja silencioso. Un buen izquierdista sabe que mejora la sociedad un poco a espaldas de la sociedad. Un buen izquierdista aprendió de la masonería a ser discreto. Un buen izquierdista aprendió de los jesuitas a saber con quién hablar. Un buen izquierdista se ríe del error de cálculo extendido que dice con fervor: el progresismo es tibio. Un buen izquierdista sabe que es frío. Soviético. Un buen izquierdista ya tiró las experiencias y los expedientes progresistas al agujero negro, ése que se crea en nombre de las buenas intenciones. La camaradería es el olvido y el perdón. Un buen izquierdista no se mide en votos, pero lee encuestas con pasión, con ansiedad, con temblor, en el destierro eterno de los votos. Un buen izquierdista sabe que no hay excusa que explique el fracaso de sus ideas, porque un buen izquierdista sólo pisa la línea de tiempo de la progresividad que marcó. Un buen izquierdista ama las formas perfectas. Y el silencio. Sus hijos irán al Pellegrini, al Nacional o a la ORT. O a un colegio industrial. Para un buen izquierdista no existe lo público. Existe la cultura de estado. Es clerical: sólo entiende la ocupación del tiempo medida en la ocupación del espacio. Un buen izquierdista escucha a Ibrahim Ferrer y la música de la trova estalina, nieve tropical. Un buen izquierdista ama la métrica perfecta de Silvio Rodríguez, su uniforme verde, sus borceguíes, sus versos justos, la canción urgente para Nicaragua. Un buen izquierdista es selectísimo a la hora de elegir el folclore nacional. Odia el paisajismo, el Sapo cancionero. Porque en todo paisaje hay sangre, piensa. Porque “esas voces” de escarapela le representan la radio a pilas de un puestito de frontera, o la música sonando para el baile del colimba que tuvieron sentado en un hormiguero toda la mañana. Un buen izquierdista es infeliz por vocación. Un buen izquierdista imagina que la voz de Ramona Galarza es un montón de plumas espléndidas de ñandú que abanican la siesta del patrón en la hamaca paraguaya, a orillitas del canal. Un buen izquierdista no tiene edad, pero nunca es joven. Un buen izquierdista escribe: “la pava sobre las brasas casi extintas que aún calientan el agua para un mate que les quedó re lavado y van a dormirse tapados por piel de guano los dos colimbas a los que el Partido les ordenó que hagan igual la conscripción para la guerra popular y prolongada”. Un buen izquierdista en sus sueños febriles no puede separar a César Isella de Patricio Echegaray. ¿O alguien los vio en una misma peña a la misma hora?- se pregunta. Si fuera radical no podría separar a Jairo de Rodolfo Terragno. Cada político y el canto, el canto hacia la mayor simpleza en la que el mundo de las ideas debe ser representado. “Un desprendimiento de vapores nacidos de las miserias del orden”, escribe al despertar en el muro nunca derribado de su Facebook. “El viaje de una voz al encuentro con su verdad popular.” Un buen izquierdista sabe el secreto cifrado de la canción Ojalá. Migración del nido de víboras del que nace toda idea hacia la simplicidad del cielo. Jairo es Terragno y el Indio Solari es Aldo Rico. Y se le mezcla todo. Teatro de campaña que despide a los guerreros en jeeps. Un buen izquierdista tiene restos radiactivos de Chernobyl. La política y sus canciones estalinas. Política y representación. Un buen izquerdista sabe que se perdió en los años 80, en los años 90. Laberinto del PI. Laberinto del FREPASO. Un buen izquierdista no es un buen samaritano. Un buen izquierdista mira, extranjero, los restos de la pradera que ayudó a incendiar. Dice, escribe, piensa, intuye, que donde hay más de cinco nunca se decide nada.