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FALSA ESCUADRA

La educación boba

Romina Sánchez
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Resulta que una mañana cualquiera de este agosto insoportable me levanté mal, como con resaca pero sin resaca. Mi cabeza se agitaba como una coctelera y el mareo me hacía deambular por la casa como un zombie malherido. Especulé hasta último momento con sentirme bien, con levantar mi presión de algún modo, para poder ir a la escuela. Pero no hubo caso. Cerca del desmayo, tenía menos motricidad que una ameba. Así que, llamé al director para avisarle que no iba a poder ir.

-Estás faltando mucho- me tiró tajante.

-¿Eh?- pregunté creyendo que me confundía con otra persona.

-Eso, que estás faltando mucho. ¿Qué pasó?

-Siento que me voy a desmayar, José. No voy a ir así.

-¿Y las otras veces?

-¿Qué otras veces? Solo me acuerdo haber faltado una vez que estuve con laringitis, sin voz.

Puede sonar a denuncia idiota, pero lo que siguió fue bastante Capusotto, porque el tipo me pedía que 1) fuera igual, manejando, pero despacito, para no chocar, 2) si eso no funcionaba, me tomara un remís, que él me lo pagaba y 3) como opción final, “que esperamos no suceda” -sí, hablaba desde un nosotros inclusivo- te venís más tarde, no importa a qué hora. Pero te venís.

No voy a ir, le dije. Y le corté.

A la semana siguiente me pidió que habláramos. Me dijo, entre otras cosas, que hacía una semana tenía los padres pidiendo la cabeza de una profesora de segundo porque venía faltando tras la muerte de su madre, que no se puede faltar en colegio privado, que en mis materias es difícil conseguir suplentes, que no se puede faltar en los colegios privados, que en el estado te podés hacer el boludo y si te duele un dedo pedir un mes de licencia, pero que esto no es el estado, esto es un colegio privado: no se puede faltar. Los padres, para que lo entiendas, Romina, pagan por un servicio.

Así, entre infradotada e irresponsable, me trató el director.

¿Sabés qué pasa, José? Que más allá de toda vocación, que es el trasfondo que sostiene este sistema, también soy una trabajadora de la enseñanza, si lo querés poner en esos términos. Ergo, tengo derechos laborales. Si los padres no entienden que no voy a venir a dar clase para desplomarme delante de sus hijos, qué pena. Si vos tampoco lo entendés, qué pena. Y si los dueños y representantes legales del colegio, menos, ¡pues qué pena! Y le di un ejemplo de hasta donde llega mi amor con el manoseo: en otro colegio, después de haber pagado el aguinaldo de un tirón, al mail que daba este aviso le siguió en la bandeja de entrada otro que convocaba a una reunión plenaria un sábado a las 8. Vayan comprando las facturas, muchachos.

Y otra cosa. Vos te harás el boludo trabajando para el Estado, porque afortunadamente yo conozco mucha gente comprometida que eligió la docencia en ese ámbito casi como una filosofía de vida. Gente a la que no se le frunce el ceño cuando tiene que empezar un tema veinte veces por el ausentismo. Gente emocionalmente fortalecida para la frustración. Entonces, pisoteando desde la praxis ese sentido común, cuando los aciertos sobrevienen, la gratificación es plena. Claro, también hay mucho chanta, José, ¿pero quién no es chanta en este mundo de juguete, que te tienta como una panadería un domingo a la mañana? Seré una ilusa, sí. Y bueno, quereme así entonces. No me queda otra frente al costado más bobo de la mercantilización educativa.