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FRONTERAS

Si un día todos los chinos saltan al mismo tiempo…

Federico Vázquez
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La frase tiene escondida dos ideas básicas sobre ese país: son muchos y están organizados. Probablemente nunca van a explorar las consecuencias de pegar un salto al mismo tiempo para ver si, de verdad, del otro lado del mundo nos caemos. Pero cada vez más el “que pasaría si” sobre China llena gran parte del cofre de los enigmas actuales y futuros. Los datos que sostienen el nuevo escenario son ya archiconocidos: 1) China crece a niveles inéditos desde hace décadas, 2) su población es la más numerosa del mundo, 3) el gobierno es un Partido Comunista que, si ha dejado gran parte de su programa socialista en el camino, está logrando una hazaña política no menor: controlar, ordenar, administrar el pasaje de una economía rural de subsistencia a un capitalismo urbano con planificación central.

Pero hay algo todavía más extraño: China puede convertirse en la primera potencia mundial sin que sepamos casi nada de ese país, más allá de esas grandes sentencias. Ejemplo: hace pocos días una periodista española, Ana Fuentes, corresponsal en Pekin para distintos medios occidentales, publicó un libro con un título que muestra ese punto de partida todavía inicial: “Hablan los chinos”. Los seguimos presentando en sociedad, como si hubieran aparecido ayer, como si fueran un todo reducible a 10 testimonios personales. ¿Alguien se imagina un libro similar sobre -no digamos Estados Unidos- Francia o Alemania? China sigue siendo un vacío en el imaginario occidental. Algo extraño para una época que se jacta de ser la “era de comunicación”, el fin de las distancias y la porosidad de las fronteras…

Esa poética sobre el espacio-tiempo puede ser parcialmente desechada, pero es cierto que el ascenso chino se da en un momento histórico donde las potencias económicas y políticas no se levantan ni se sostienen ya desde la autarquía. La propia China, que lo había ensayado en épocas remotas, tiene hoy su supervivencia atada al tren de la economía mundial. Puentes fundamentales pero que a nuestros ojos son -todavía- hilos invisibles. En China, sabemos, se fabrican los iPhones. El lagrimeo mundial por la muerte de Steve Jobs, la fascinación por su discurso universitario donde mostraba el éxito de su sueño americano, tiene la otra punta del ovillo en fábricas gigantes en una ciudad gigante, que el usuario de la manzanita desconoce hasta su existencia: Taiyuan. Viven ahí más de 4 millones de chinos. En el mismo momento en que salió a la venta el iPhone 5, la empresa china que los ensambla cerró momentáneamente por cuestiones de “seguridad”, cuando 2.000 de los 79.000 empleados que tiene, se pusieron revoltosos y pidieron mejoras laborales. El capitalismo construye esas dicotomías desde siempre: ya enseñaba Marx que el que compra un producto se ubica en un lugar de ajenidad respecto al modo en que ese producto se hizo, las condiciones de trabajo de su mano de obra, etc. Las formas de comercialización actual, centradas en la novedad y la propaganda relámpago, llevan eso más lejos: Apple, a través de su ensambladora oriental, puso a trabajar de un día para otro a miles de estudiantes, que pasaron de las aulas a la línea de montaje, con contratos basura, para poder cumplir con los pedidos del nuevo producto en todas las tiendas del mundo.

Pero hay silencios todavía más sorprendentes. En pocas semanas va a empezar a sesionar el XVIII Congreso del Partido Comunista de China. Lo hace cada cinco años, y decide, ni más ni menos, la dirección general del país. Elige a las nuevas autoridades, rectifica o ratifica las políticas estatales decididas en el Congreso anterior, fija las metas futuras. Hasta ahora, casi no tuvo lugar en los análisis o crónicas de las secciones de internacionales de los diarios, que, al mismo tiempo siguen con detalle obsesivo cada micro movimiento de la política de Europa, un continente que hace tiempo dejó de ser el centro del mundo y donde la prolongación de su crisis económica lo está llevando a un lugar aún más secundario. Es verdad que las formas ultra reservadas de la política china dificultan un caudal de información importante, aunque habría que preguntarse si ese velo es más difícil de correr que el de la política como espectáculo de Occidente (¿cuánto aprendimos durante la campaña electoral de a dónde va Estados Unidos después de las elecciones de noviembre próximo?).

Como sea, a fin de año habrá un poder renovado en China. En los diez años de Hu Jintao, China se volvió una presencia inevitable y cotidiana, pero todavía silenciosa. En la próxima década habrá que ver de qué está hecho ese mundo, mirarlo por adentro, ubicarlo en ese relato que llamamos “historia”, conocer sus océanos de grises, más allá de las caricaturas binarias. Aunque, como en un cuento borgiano, tal vez sean los chinos los que estén, ahora mismo, haciendo eso mismo con nosotros.