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FALSA ESCUADRA

Un peaje para la cigüeña

Romina Sánchez
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Necesito hablar con vos cuanto antes, por favor, me dijo con esa congoja entrecortada, esa que no te deja hablar. Hablar ni pensar. Teníamos 15 pero yo todavía parecía de séptimo y ella, Nadia, rubia escultural en miniatura y platinada a fuerza de tardes de agua oxigenada de 40, estaba más para irse a Bariloche que para rendir matemática de segundo. En ese tiempo noviaba con un pelilargo de Lugano que le llevaba casi una década.

-Te tengo que contar algo terrible, Ro.

-¿Qué pasó? ¡Decime!

-Me tenés que jurar que no se lo vas a decir a nadie.

-No, está bien, contame.

-Estoy embarazada, y no sé qué hacer. Te lo cuento a vos porque sos de las pocas que tiene novio y seguro me vas a entender.

No supe qué decirle. Todavía recuerdo lo fuerte que me abrazó, sus pezones duros debajo de una remera Kosiuko, y sus lágrimas disparadas como en un triste paintball. Fue uno de los abrazos más fuertes que me dieron. Apenas pude contenerla. Yo no consideraba la posibilidad de un embarazo. Apenas había empezado a sentir interés por los chicos, mis viejos me llevaron casi de los pelos a la ginecóloga. Pastillas. Y si hay forros con glifosato, mucho mejor, en esa cultura del terror adulto al goce joven. A fines de los 90 coger era mala palabra. Era caca, nene, caca, nena, ¡no lo digas! Pero sobre todo, no lo hagas. Nadia finalmente abortó con ayuda de su mamá, que la cubrió ante su viejo. Un viejo más que se hizo el boludo.

El aborto ya no es tabú. No lo son las drogas, no lo es la homosexualidad ni el matrimonio igualitario, no lo es la posibilidad de querer llamarme Pedro habiendo nacido con vagina. No tengo pito, me quiero llamar Pedro: me siento Pedro. El aborto, insisto, ya no es tabú. Y las pibas contemplan, con miedo, con tristeza, con dolor pero con visión de futuro, la alternativa de abortar ante un panorama todo menos alentador: el pibe que se borró o es un cachivache, la familia que se opone o directamente yo, sí, yo, no me siento preparada. Busquen en YouTube el corto de Todo Piola audiovisual, con Camilo Blajaquis a la cabeza, y van a ver un retrato de lo que les digo. Guachas viendo dónde abortar, cómo abortar. Guachas que no quieren ser nenas criando nenas.

El derecho de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo, que como sujeto tiene conciencia plena de sí -y también sentimientos-, debe ser reconocido como tal y su debate, ya está instalado. Pero hay que alimentarlo, darle cuerpo a ese ejercicio responsable del derecho a decidir sobre el propio cuerpo. Y no hablo del Nestum. Es que las chicas no son las de antes. Las chicas (también) quieren divertirse.

Sabemos que el concepto de infancia y el de adolescencia son constructos históricos, que van mutando conforme pasa el tiempo. Y las chicas ya no son nenas a los 15. Ni las que se escapan a bailar y se acuestan borrachas con el que mejor les endulzó el oído, teniendo después que sobornar a sus mucamas para que no las delaten ante sus viejos, y las que arrinconan a los pibes, zarpadas en calentura, incluso en las aulas. Las pibas quieren sexo. Asumen su deseo, el cuerpo lo pide, y van al frente. Brindo por esas pequeñas mujeres. Pero hay que darles herramientas y ayudarlas a construirlas. Para que, por caso, no tengan que abortar. Porque las pibas no quieren abortar. El aborto es el último peldaño en una escalera que ninguna mujer quiere subir. El aborto no es un podio. Tampoco un escenario. Se aborta porque se garcha mucho o porque se garcha poco. Porque se garcha, seguro. Pero no porque se garche seguro.