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La otra integración

Federico Vázquez
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Es difícil rastrear una elección en otro país sudamericano que haya levantado la temperatura de la política local como lo hizo la del 7 de octubre pasado en Venezuela. Se puede pensar, incluso, que tuvo una carga de dramatismo que no se corresponde con el grado de involucramiento real que tenemos con el país bolivariano. El nivel de cobertura, pero por sobre todo, la catarata de análisis que dictaminaban poco menos que el fin del kirchnerismo si Chávez perdía, no se vio siquiera para las elecciones brasileñas donde por tamaño y relevancia geopolítica, una salida del Partido de los Trabajadores del poder ejecutivo sí provocaría un vuelco tal vez decisivo para el destino de los gobiernos progresistas de la región. Primera explicación: en un contexto de sequía política, la oposición partidaria y mediática argentina –en preocupante simbiosis aguda- quisieron jugar a una apuesta ganadora, así sea fuera de casa. El cálculo salió mal, aunque ese es otro asunto. También es cierto que desde el oficialismo se veía el resultado de Caracas como algo muy relevante, aunque con el comprensible amortiguador de quien tiene para perder mucho más que el orgullo en caso de que Chávez no hubiera ganado. Esa lupa argentina sobre las urnas venezolanas puede pensarse como parte de un cambio más profundo.

Eso que se llama “proceso de integración” parece ser algo que va más allá de la conformación de organismos internacionales, cumbres presidenciales o acuerdos y desacuerdos bilaterales. Empieza a existir algo que podemos llamar “política regional” y que podría definirse como el surgimiento de identidades colectivas (ideológicas, sentimentales, culturales, políticas) que van más allá de las fronteras nacionales. Fronteras que eran, hasta hace muy pocos años, los límites estrictos en los cuales las sociedades entendían sus disputas. Unos y otros piensan esa disputa en un marco continental.

Esta nueva dinámica no es una traducción lineal de las formas duras dentro de las cuales suele entenderse la política internacional. Vistos desde los números fríos, Venezuela está lejos de ser un socio comercial prioritario, aunque en los últimos años el intercambio comercial creció exponencialmente. Pero es justamente ese tipo de razonamiento el que puede estar necesitando un reajuste: la identificación, por buena parte de la sociedad, de que los destinos políticos de la región están encadenados es una novedad que pide repensar los ejes clásicos con los que se midió hasta ahora las relaciones entre los países. Lo que antes era material de “especialistas” se politizó y, por ende, se democratizó. El 7 de octubre pasado hubo miles de argentinos que sintieron que lo que pasaba en Venezuela iba a tener algún impacto en la política argentina.

Ese interés, que supone una identificación, fue al mismo tiempo oficialista y opositor, cada uno jugando sus apuestas. La candidatura de Capriles tenía, a los ojos de los antikirchenristas, varias virtudes que no encuentran en casa: un liderazgo joven, carismático y que había logrado la unidad de todos los que quieren el fin del “régimen”. Como no podía ser de otra manera, el mejor ideólogo anti K lo resumió en una frase. “Dios santo. Perdió. La concha de la madre” dice Lanata, segundos después del fin de la transmisión (pública) desde Caracas. Putear porque perdió Capriles -y no porque ganó Chávez- es un escalón de compromiso e identificación inédito.

Pero si esto fuera sólo un microclima producto del siempre cargado ecosistema político argentino, todo podría resumirse como un-capítulo-más-de-la-batalla-contra-Clarín.

Sin embargo hay algunos elementos para pensar que así como desde hace ya unos años los presidentes progresistas vienen trazando sus hojas de ruta en una sintonía que no se rompe -a pesar de los conflictos, del paso del tiempo, de las lógicas nacionales que siguen prevaleciendo-, una más reciente simbiosis está ocurriendo entre los sectores opositores de la región.

Hace pocos días, el expresidente de Brasil, Fernando Henrique Cardoso, dijo que Rafael Correa es “una persona que no respeta la democracia y la libertad”. Pero no estaba haciendo un desinteresado análisis internacional: “Pero la verdad, él formula lo que otros piensan. Acá en Brasil esas cosas no se dicen con tanta brutalidad, pero dicen que lo que frena al gobierno son los medios”. Otro tanto dijo el expresidente de Perú, Alan García, a pesar de que en su país no existe ningún debate por una ley de medios. “Yo no regularía nada, ¿para qué?”. Algo más: estas declaraciones no fueron hechas en un foro que nuclea a los partidos y líderes de la centroderecha de la región. O sí. Fue en la última reunión de la Sociedad Interamericana de Prensa, en San Pablo, capital económica de América del Sur y donde el domingo próximo el candidato de Lula, Fernando Haddad, disputará el gobierno municipal con José Serra y la cadena Globo. Un hilo de intereses compartidos empieza a cocer otro mapa posible de la integración.