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LA MALA LECHE

Infancia clandestina

Martín Rodríguez
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A Miguel Binstock

Toda la infancia relatada (lo escrito o filmado “desde los ojos de un chico”) es representación hecha por adultos. En tanto: toda infancia es clandestina, se trama alrededor de cómo los niños huyen del mundo de las instituciones totales y de los encierros o abandonos que los padres proyectan. Ya sea en un country, en Los Piletones o el colegio marianista de Caballito.

Pero esta Infancia clandestina es un ajuste de cuentas que hace un adulto sobre su niñez vivida bajo el cautiverio montonero. Los padres montoneros de Benjamín Ávila, el director de la película. Entremezclada con las contradicciones naturales de un hijo de, y hecha con el extraño y argentino privilegio del linaje que da derechos. Sólo un hijo de militantes muertos tiene “autoridad” para juzgar hechos que afectaron tanto y en distinta escala a todos.

La historia ocurre en la más cuestionada acción del grupo armado: la contraofensiva. La maniobra por la que volvieron al país una cantidad de militantes armados que conocían con lujo de detalles a qué se exponían. En el film aquella aventura parece un aterrizaje de extraterrestres, uniformados en el extranjero, sobre un país que había empezado a salir de la hora represiva y que lentamente parecía recobrar algunos signos vitales, políticos y sindicales frente al Proceso.

Veamos: la historia se concentra en el año 1979, año en el que se produce el primer paro nacional conducido por el dirigente peronista Saúl Ubaldini. La familia en cuestión (madre, padre, tío y dos hijos) se ubica en un barrio del Gran Bs As para darse en esa cobertura comunitaria el tiempo y el espacio de planificación de acciones armadas “decisivas” para la caída del régimen. Mientras nacía el movimiento de los DDHH en torno a qué habían hecho con la humanidad de los militantes, Montoneros recobraba fuerzas para volver a decir con hechos que esto era una guerra. O sea: durante un tiempo convivió el socorro humanitario con el delirio armado que seguía arrojando cuerpos a las fosas.

Hay dos mitades constantes en la línea de la película: la superficie de los padres militantes, representados como fanáticos, y la profundidad de un chico que resiste en su infancia, un pliegue de la clandestinidad en el que se cuenta una especie de “Mi primer beso”: la historia de la inocencia de un niño que no puede decirle quién es a la primera chica que ama.

Y se aplica sobre esta patrulla montonera en extremo la idea de todo izquierdismo: la historia se hace a espaldas de la gente. La película insinúa que la vida de ese barrio y la escuela funcionan como molécula distendida del poder dictatorial. ¿Qué tienen que ver ellos con la revolución? La escuela y el barrio eran apenas locaciones de una revolución hecha por desconocidos. Pero la historia -¡recontra promocionada oficialmente!- se sujeta al calvario del chico obligado a vivir entre papás soldados que no lo dejan jugar a la guerra porque su vida es una guerra de verdad. ¡El cautiverio del mocoso en esa familia OVNI que entró a un país que había cambiado mucho!

El balance final es agridulce en muchos órdenes pero vamos a dar el más contundente: ¡termina dedicada a los que no perdieron la fe! “Hola, Benjamín, a tu familia la mató su propia fe. Esa fe, ese camino de luz que barría cualquier sentimiento humano, de persona a persona, en nombre de algo que estaba más allá.” El problema es la fe. Para salvar la vida había que perder la fe. Alguien debió decirles: “los soldados no tienen hijos, son livianos y desconocidos del pueblo que liberarán”. ¿De tanta deshumanización dependía la eficacia de la guerra por una humanidad mejor? (El Che tenía a sus hijos muy lejos del teatro de operaciones tácticas).

Pero le doy el Nobel o por lo menos un Martín Fierro de la paz a la abuela de esta historia, una vieja ajena al espejismo guerrillero que balbucea y ruega a esos dos místicos que le entreguen a los chicos, en la mejor escena filmada sobre la tragedia de esos años. Es una ABUELA que pide a sus hijos militantes que no les borren la IDENTIDAD. ¿Se entiende? Eso eran las abuelas: un discurso de llanto y temblor. La abuela: la única persona a la que el chico pudo volver a decir quién era. “Soy Juan.” ¿Se entiende? El film sugiere una gran sugestión entre militantes/militares y supresión de identidad. Los iguala: todos la apropian. Si hay guerra no hay identidad, razona esta.

Nada más, sólo un mensaje a la Generación: no importa más de qué somos hijos, sólo importa de qué somos padres.