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FALSA ESCUADRA

Él, mi nona y yo

Romina Sánchez
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Como que se llamaba Nelly Edith, mi abuela era peronista. Era una tana gorda de ojos verdes y nariz de bruja que me llamaba nena. Nena vení, nena, mirá lo que te traje, nena, quedate quietita, nena. Trabajaba limpiando casas y vidrios en panaderías. Su mapa político no reconocía otras figuras que no fueran Evita y Perón, en ese orden. La oposición, el resto del mundo, no tenía entidad, para ella era una suerte de holograma. Cuando aún no superaba el metro de altura, de su boca algo desdentada conocí esa Argentina que en los ochenta me resultaba prehistórica. Mi abuela no era de las que leían cuentos o llevaban a la calesita. Que me hablara de Perón y de Eva, ¡ay, Eva!, en la familia se leía como un gesto cariñoso. Entonces, no me tejía pulóveres aunque conociese todos los puntos: me hablaba del peronismo. Y mi abuelo, un tucumano de Monteros, eterno peón de albañil dado su alcoholismo, siempre la interrumpía en su relato para que cocinara huevos revueltos. A la hora que fuese. Así de tajante se truncaban entonces la historia de la lluvia del trabajo o la felicidad omnipresente de la gente como ellos, tanos y cabecitas negras.

Nela, yo la llamaba así, me contó que el día que Evita murió fue uno de los más tristes de su vida, que solo podía compararse con la muerte de su primera hija, a la que ningún curandero pudo salvar de la pata de cabra. Mi abuela conoció a Eva, acarició su mano. Terminó sus días más senil que Aleandro como mamá de Darín. A mí me confundía con mi vieja y a mi hermana directamente no la registraba. Qué lindos ojos, qué lindo pelo, ¿vos tenés novio?, pero no sé quién sos. Deliraba con los buenos tiempos de la Singer y el puchero para todos. Deliraba mientras tomaba de la mano a mi vieja con mucha ternura. Pero a ella no la confundía con Eva. Eva era inconfundible.

Mi abuela siempre estuvo un poco loca, siempre fue la antinona. Tenía más de setenta y votaba igual. Vivió la dictadura medio de costado, medio de ignorante. Vio la esperanza alfonsinista con escepticismo, tanto, que terminó quedándose con una bolsa de nylon llena de billetes que luego fueron mis juguetes por los constantes cambios de moneda. Le paso una, dos, tres veces. Siempre tropezaba con la piedra de la reconversión monetaria. Y con la híper, el azúcar a un precio a la mañana, otro a la tarde y así. Lo único que le gustaba de ese gobierno era la Caja PAN. Después, vio el menemismo y su desquicio. Vio la Alianza y su parodia de La Liga de la Justicia. Y más tarde, aunque veía, ya no vio más nada. No pudo ver a Néstor. Ni pudo ver a Cristina. Ya no se levantaba un domingo cada tanto a las 7 para ir a votar a los peronistas, como decía.

Mi tristeza por la muerte de Néstor no tuvo esa impronta de orfandad que sí sintió mi abuela, aún con Perón vivito y coleando, cuando Evita la dejó. Cuando me enteré de lo de Néstor, en plena tarea de censo, pensé que quizás sería 28 de diciembre, pero no, era verdad. Néstor estaba muerto. Con el tiempo, hacer conciente que Cristina seguía ahí y que era fuerte, me tranquilizó. Así las cosas, yo sin mi abuela, mi abuela sin ella y yo con ella. Yo sé que a Nela le hubiera gustado mucho la idea de una mujer en el poder, en nuestro país. Y de un tipo como Néstor. Le hablé de ella pero más le hablé de él, el que me hizo salir del letargo del 2001. Creo que algo le quedó.