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LA MALA LECHE

Yahvé habló a Moisés

Ni a Palos
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Por Leila Luna Cappelli

Una de las aristas menos desarrolladas sobre la posibilidad de legalización del aborto está en la cuestión religiosa y con ello, particularmente en una dogmática inabordable desde la lógica racional. La fe representa un terreno complejo desde que el mundo es mundo y es piedra de toque de cuanta querella argumental sin cuartel se plantee. Quizás el mayor peligro en discutir desde ese lugar esté dado por el temor a herir susceptibilidades o calar en espacios suficientemente íntimos donde anida un sistema de creencia que los no creyentes creen inexistente, algo así como una paradoja. Sin embargo hay algunos puntos que conviene tener en cuenta antes de vociferar una posición y entre ellos tener en claro cuál es la bajada de línea que la propia fe católica profesa.

Si es la Biblia la fuente de toda razón y bien que guía el accionar de los creyentes, un pasaje del Antiguo Testamento negaría rotundamente la idea que establece el momento de la concepción como comienzo de la vida de la persona. En el apartado “Ley de Sanidad” desarrollado en el Levítico, existe una posible respuesta a la imperecedera pregunta “¿cuándo nace la vida?” y dice: “Porque el alma de todo ser viviente está en su sangre, y yo les di la sangre para que la lleven al altar para el rescate de sus almas, pues esta sangre paga la deuda del alma.” (Lev. 17,11)

Está de más aclarar -aunque no para quienes no tuvieron que pasar años en escuelas católicas haciendo estudio bíblico- que quien se erige en enunciador de la frase citada anteriormente es el propio Yahvé que le habla a Moisés para que les transmita a “los hijos de Israel” (Lev. 1,1) y que el Libro denominado Levítico no es más que uno de los cinco que componen “la ley (…) la cual nos dice lo que el Dios Santo exige de su pueblo que tiene el honor de pertenecerle, tanto con respecto al culto como a su vida diaria”. (La Biblia Latinoamericana, Edición Pastoral).

No son pocas las relaciones dentro del texto bíblico que se van a fundar en este pasaje, incluso la razón por la que la eucaristía propuesta en el Nuevo Testamento se realiza en un ritual de “cuerpo y sangre de Cristo” pero en caso de que hubiera quedado algún hilo suelto respecto de la vida, el Génesis dice: “Lo único que no deben comer es la carne con su alma, es decir, con su sangre” (Gen. 9,4).

Posiblemente en la época en que Yahvé dicta estos principios poco se sabía de los tiempos de fecundación pero está claro que no era a partir de la unión entre el espermatozoide y el óvulo que había sangre o alma allí, que valga recordarlo, son sinónimos en el texto sagrado. La ley estaba para ser cumplida, una convención más que tiene por objeto resguardar la salud pública del pueblo de Dios…igual que la prohibición de comer carne de cerdo ante el peligro de una plaga de triquinosis. Lo que se pretende al establecer la analogía entre el alma y la sangre, lo intangible e imperecedero tomando forma en el cuerpo es justamente “inculcar el sentido del carácter sagrado de la vida” porque a partir de allí sería importante protegerla.

Aunque parezca ingenuo y para evitar disputas ontológicas acerca de las normas –que la hay y siempre son necesarias- las leyes, artificios culturales del deber ser, se crean y recrean para que “vivamos mejor”. En el fondo se trata de organizar una sociedad y dotarla de sentido pero no por la mera observación de una regla, sino para comprender la propia reproducción social.

Otra vez, vale no perder de vista el objetivo: los tecnicismos y las voces de los expertos no pueden sobreponerse al espíritu de las leyes, quizás el mismo espíritu con el que se establecieron las normas de convivencia del Antiguo Testamento donde la tarea de ordenar que llevaron a cabo los sacerdotes judíos del Siglo V antes de Cristo, necesitó justificarse en una “revelación” del propio Yahvé a Moisés para el pueblo de Israel.