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LA MALA LECHE

Las trenzas de mi china

Martín Rodríguez
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A la mañana en uno de los diecisiete e indistinguibles entre sí programas periodísticos de América 24 pusieron a hablar de INFLACIÓN al único peronista y kirchnerista más o menos de amianto capaz de sentarse a hablar del tema sin sentir que en ese momento le empiezan a vaciar la oficina de su secretaría. Un tema perdido antes de jugarse. El señor Alberto Samid. El turco Samid. Un empresario de la carne puro y duro, que se nota que cuando habla sufre y goza en su agitación de bicho lábil. Una lengua, como D’Elía, Asís, Marcelo Bielsa o Caruso. Argentino hasta la muerte. ¿Cuál es la razón de la inflación?, arranca el periodista y mira a Samid que ya pone cara de carnero degollado porque sabe que es una mañana en la tele (cosa que le encanta) pero para hablar de un tema del que ningún compañero habla sin dejar de pagar costos. Y Samid hace de Samid, dice: el problema son los chinos. Vamos a decirlo así: es como un gordo que cuando empieza el partido agarra la pelota con la mano, la pincha con un punzón y saca una pelota de goma y dice: dijo mi mamá que juguemos con esta. Y lejos de hacer alguna precisión en el modo en que los chinos afectan como supuestos poderosos formadores de precios, ensalza los varios mitos que rodean esa red de supermercados que –en su tesis- se llevaron para siempre al simple almacenero del barrio (al almacenero español, diríamos, sugestivamente): son una mafia, apagan las heladeras cortando la cadena de frío y venden mercadería vencida. Pero la respuesta no convence a nadie. Empecemos por lo grave: son una mafia. Alguien esa mañana en twitter recuerda el mito de la mafia italiana originaria en los Estados Unidos: comenzaron traficando aceite de oliva. Uno diría en un país tan hecho por los hijos de los barcos como éste: las mafias son como los marines que llegan para alisar el suelo. ¿Qué corriente migratorio no tuvo, no tiene, mafias? ¿Qué porcentaje, por ejemplo, de los propios bolivianos que terminan en los sótanos de los talleres clandestinos engañados por sus compatriotas en la distribución de trabajo esclavo? ¿Quién trajo a la Argentina la trata de blancas? Pero para Samid, un hombre peronista y melancólico por naturaleza, el sepia costumbrista lo gana todo, rezuma: “¿Vos te tomaste un café alguna vez con un chino?”. Ahí está el peaje, el puesto de frontera de la argentinidad herida: el feca porteño. A esa altura nadie pensó que eso ameritaba un llamado anónimo al INADI para que sus operadores territoriales sintonicen la pantalla de América y elucubren las medidas anti discriminatorias frente a esa gran escena de picaresca. El turco Samid, el que pegó la piña más importante de toda la década del 90 (a Mauro Viale) producía un quiebre discursivo inatajable para dos periodistas picapiedras incapaces de tomar nota del hermoso momento. Pero frente a Samid todos nos sentimos estudiantes de una maestría de FLACSO. Sentimos que somos productores de esa noble corriente progresista que cuando dice “mi amor, voy al chino a comprar coca y me llevo al nene”, siente que la estatua de Alberdi sonríe, ahí, desde plaza Constitución. Los chinos parecen una hermosa feria popular donde se produjo la división internacional del trabajo: en el chino los bolivianos administran la verdulería y los argentinos la carnicería. Suena un violín de Peteco cuando entramos porque también ahora eso es tierra adentro. Y tal vez el chino que mejor interpretó el nacimiento de este romance fue aquel que a fines de los 80 (un pionero) puso un súper en Flores al que llamó “Argenchino”. Era uno de los primeros de los más de 7 mil supermercados que hay hoy, y que en un 80% se ubican entre la CABA y el Gran Buenos Aires. El final es en donde partir: nadie puede negar que la imagen del señor Wang Zhaone llorando en la puerta de su supermercado en Ciudadela la tarde del 20 de diciembre nos partió el alma. El chino lloraba en argentino, le diríamos al turco. Turco: somos una hermosa bolsa de gatos obstinados en hacer el paraíso acá. ¿Quién no tiene una mafia bajo la alfombra?