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CAJA NEGRA

  • zamba

El olvido

Zambayonny
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Muchos convivimos día a día con esa incómoda sensación de estar olvidándonos algo importante. Esto se agrava con los viajes o al salir de casa cuando la dificultad de regresar se empieza a acentuar por la distancia. En muchas oportunidades es efectivamente verdad y pronto notamos que nos hemos dejado las llaves del lado de adentro o el celular enchufado o la hornalla encendida o el perro sin comida o la billetera sobre la mesa. Sin embargo otras veces nunca llegamos a descubrir verdaderamente qué es lo que nos falta y entonces esa sensación nunca termina de irse aunque pasen los días, los meses y los años.

Durante esa Navidad el desorden en la casa de aquel hombre era mucho mayor que otras veces. Él siempre había tenido la certeza de que el caos tenía una directa relación con las características del año. Cuando los doce meses pasaban tranquilos la casa estaba ordenada, pero cuando transcurrían con dificultades, la casa era un desastre.

Las cortinas enganchadas de apuro desde junio, los platos de semanas atrás todavía sin lavar, la ropa tirada, los papeles desbordando los cajones y sobre todo las cajas esparcidas por todos lados que ya casi le impedían caminar con comodidad por las habitaciones.

Ese año era aún peor. Al cansancio y la resaca de estos tiempos, ahora se les sumaba una soledad cada vez más pronunciada, una vertiginosa vejez que amenazaba con ser paralizante y la recurrente sensación de estar siempre olvidando algo transcendental. Últimamente le pasaba demasiado seguido. Se le borraban de la memoria fechas importantes, aniversarios de muertos, nombres de pájaros, texturas de cosas que ya no tocaba, colores originales y sueños que antes revivía durante todo el día. También sufría otro tipo de lagunas que le producían gracia, como cuando no recordaba si ya había desayunado y entonces volvía a colocar la vieja cafetera sobre el fuego y el café se hervía de inmediato.

Se consolaba pensando que posiblemente a medida que uno va creciendo todas las fechas parecen cada vez más familiares, como si en cada una de ellas hubiera sucedido algo significativo o como si todos los días cumpliera años alguien cercano que olvidamos saludar.

Cada vez que le pasaba esto lamentaba no tener la misma facilidad para dejar atrás evocaciones tristes que prefería tachar de la memoria.

Ese 24 de diciembre el frío era más despiadado que otros años. Ya la grapa parecía no ser un buen remedio contra la sensación de partirse en dos al mover el cuerpo de pronto, no obstante, más allá de ser eficaz o no, la grapa lo acompañaba como un confidente discreto que no se espantaba con los implacables inviernos solitarios, ni con los delirios, ni con la angustia.

Antes era distinto. Antes su casa se llenaba de parientes y de amigos que lo visitaban para cenar, brindar y abrir regalos, por lo tanto era casi imposible olvidar las cosas importantes, simplemente porque lo importante estaba delante de los ojos.

Ahora sentado solo en su viejo sillón se hamacaba golpeteando los dedos nerviosos sobre la copa de grapa, faltaban muy pocos minutos para la Nochebuena.

El tiempo desde siempre le sonreía de un modo extraño. Ya desde chico se había caracterizado por nunca llegar tarde a ningún sitio. Podía distraerse con cualquier asunto, podía perder el tren, podía equivocar el camino, podía quedarse dormido o incluso podía salir con solo un minuto de ventaja para llegar a dónde sea, y sin embargo, de todos modos, llegaba a tiempo. Era como si sus horas fueran más largas que las del resto, era como si su tiempo valiera más que el de los demás. Tal vez por eso es que contaba con una personalidad absolutamente cansina y despreocupada.

Esa noche estaba nervioso. Más allá de conocer y controlar la sensación de estar olvidando algo realmente importante, la situación le había comenzado a producir una leve taquicardia que hacía demasiados meses que no sentía.

Quiso distraerse. Se levantó del sillón y caminó con mucho esfuerzo entre los obstáculos que poblaban el suelo hasta la botella de grapa que descansaba en el viejo aparador. Tardó mucho en llegar, aunque posiblemente lo hizo de inmediato.

Llenó la copa hasta el borde, suspiró profundamente, bebió un par de sorbos y se dispuso a recorrer la casa. Observó con detenimiento los rincones, las fotos, el techo, el hogar con el fuego encendido, el reloj parado y la cama vacía ofreciéndose como una opción acogedora. Nada le llamaba la atención, ni le quitaba esa insoportable sensación de estar dejando en el tintero algo transcendental.

Ya estaba a punto de recostarse y abandonar la resolución de su olvido cuando se acercó a la ventana y se sobresaltó bruscamente con una fuerte exclamación. Afuera sus renos impacientes lo aguardaban delante del trineo lleno de regalos bajo la tímida nieve que solo producía nostalgia.

zamba