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LA MALA LECHE

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Demoliendo hoteles

Martín Rodríguez
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La trama es sencilla: uno de los tantos nombramientos “polémicos” del nuevo gobierno nacional fue el de de Carlos Manfroni como subsecretario de Asuntos Legislativos del Ministerio de Seguridad (donde manda Patricia Bullrich). Manfroni escribió dos libros “ruidosos” (Montoneros, soldados de Massera y Los otros muertos: Las víctimas civiles del terrorismo guerrillero de los 70), pero el affaire viene a cuento de más atrás: de joven fue columnista de la revista Cabildo y Horacio Verbitsky hace unas semanas en su columna repasó la letra de alguna de esas líneas escritas en los años del Proceso por el entonces joven Manfroni. “La filosofía del rock conduce al deseo desesperado de la muerte e induce al suicidio, como lo demuestran las letras de las canciones de Charly García, Spinetta y Moris. Ofrece la posibilidad de convertirse en un animal o un marica”. El tiempo pasa y nos vamos poniendo tecnos, como dijo Luca, y Manfroni terminó siendo director de la Fundación de Ética Pública, tiene un curso en la Universidad Católica y escribe en el diario La Nación. Alguien hizo que la historia del virtual funcionario llegue a oídos de Charly García y Charly se despachó con un texto, una carta pública a Hernán Lombardi, que es una breve pieza para el museo del rock argentino y su capítulo (rock y política), en la que dice cosas como “Merezco una disculpa. Yo compuse Los Dinosaurios, y luche contra la dictadura y UN PELOTUDO está en contra de la Revolución Francesa???? De John Lennon??? Del amor??”. Manfroni por alguna razón desconocida (que puede incluir su conciencia) pidió una disculpa pública al propio Charly (una disculpa por lo que escribió en Cabildo “a los 20 años”) y desistió de ser parte del gobierno de Macri. En algún sentido, esta historia circular conlleva un cierre perfecto sobre el lugar que la política (o una parte de ella) le otorga a una figura canónica del arte y la cultura popular: le asigna una autoridad moral. Charly García no es exactamente un “artista comprometido” como podría ser León Gieco en el sentido más clásico y menos interesante. La relación de García con la política desde 1983 tiene sesgos, matices e interferencias: de ser un rockero resistente al Proceso, pasó a ser un irónico intérprete del clima de la primavera alfonsinista (“Transas”), más tarde un adherente a la candidatura radical de Angeloz (1988) contra un Menem que daba miedo por otras razones que las del Consenso de Washington, y luego mantuvo en los años 90 un curso de amistades peligrosas como la que inició con Hebe de Bonafini en el verano del 97 o con el mismo Carlos Menem cuando estaba en sus últimas días en el poder (1999). Ocurrió en el medio de todo un hecho menos recordado: cuando a Charly en el festival organizado por el gobierno de la ciudad (“Buenos Aires Vivo 3”, con De la Rúa de intendente y Lopérfido de secretario de Cultura) se le ocurrió representar los vuelos de la muerte de la dictadura con unos helicópteros que arrojarían a espaldas del escenario (en Puerto Madero, con el río detrás) “muñecos al agua”. Quería también invitar a las Madres de Plaza de Mayo al escenario, a sus “amigas”. Febrero de 1999. ¿Qué dijeron los organizadores públicos? Que hiciera lo que quisiese. Ponían la teca para la “vanguardia artística” y se esperaban miles de personas en ese marco tan radical de espectáculo gratuito. El gen aliancista se armaba con el mismo diseño con el que Jacobo Timmerman creía que había que organizar los diarios: culturalmente de izquierda, políticamente de centro y económicamente de derecha. Pero Hebe puso el grito en el cielo con la tirada de muñecos y comenzó una polémica entre Charly y Hebe en torno a la corrección de esa idea que tuvo lo que podría llamarse un “final feliz” para el progresismo: Charly desistió, en el medio intervino hasta Mercedes Sosa, las Madres se subieron al escenario, no hubo muñecos ni helicóptero, y les cantó una canción de título sugestivo (“Kill my mother”) y las paseó en ronda por el escenario emulando a Sting en el Amnesty del 88 en River. Hay tres aspectos interesantes de este episodio: 1) la ocurrencia de Charly parecía una representación demasiado literal de esos vuelos (amplificaba la espectacularidad del show, no me resultaba -entiendo- ni tan provocadora ni tan de vanguardia); 2) Hebe se colocaba como rectora ideológica de los “límites del arte” en la representación; 3) y el Estado municipal (gobernado por el futuro presidente), muy pillín, “neutro” y con la valija de la guita, sólo era el curador político de una idea expresada libremente. Era un Estado que garantizaba libertad artística, y se desentendía amablemente de promover una posibilidad concreta de justicia sobre ese “pasado”. Y lo que podía haber sido la consagración matrimonial entre rock y Derechos Humanos terminó siendo una de las tensiones públicas más intensas entre arte y política. Pocos años después, la cultura kirchnerista fundiría esas tres piezas en un arte militante sin remedio y novedad. Pero aquel episodio con esos protagonistas (Lopérfido, mentor del mismo grupo Sushi al que perteneció Lombardi) me recuerdan y reubican el espíritu de esta nueva gestión nacional y cultural: volver a separar todo (política, memoria y arte) para que cada quien haga su negocio libremente. Como deseo navideño rezo: espero que el exceso pedagógico de los años k no lo curemos con la vuelta del cinismo oficial.