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RUIDO DE FONDO

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Incertidumbre placentera

Nacho Damiano
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La habitación del Presidente, la nueva ¿novela? de Ricardo Romero confirma que lo único que se mantiene en la obra del entrerriano es el cambio. Lejos de la trilogía publicada por Gárgola y aún más lejos de Historia de Roque Rey (novelón a la vieja usanza), La habitación…, obra fragmentaria y difícil de definir, puede leerse como un paso más en el proceso de investigación literaria al que Romero nos invita, no sólo en términos de formato sino también, y en especial, en términos de estilo, género y tono. Ningún libro del autor es igual al anterior, lo cual no es un valor en sí mismo pero tampoco es poca cosa, en especial en tiempos en los que pareciera que cuando un escritor encuentra algo que “funciona” se aferra al procedimiento como si fuera la última oportunidad de salvación del género humano.

La habitación… tiene algo del fantástico kafkiano, en donde nada es extraño en sí mismo sino que es la atmósfera general lo que se escapa de lo “real”. Algunos de los personajes sufren de arrebatos espontáneos de fiebre (cuestión nada metafísica), pero que les infunde una especie de Ate griega, una sensación que los incentiva a hacer cosas que de otro modo no harían, una suerte de “posesión” del cuerpo y del alma. Incluso, en determinado momento, el narrador (que es un niño, otro de los aciertos de la novela) afirma que “la fiebre no puede ser real del todo”. Ahora sí se empieza a difuminar la realidad: ¿cómo definir “lo real”? ¿Hasta dónde llegan las respuestas que ofrece la razón? En otro pasaje leemos: “nuestra madre dice que está mal poner en la habitación del Presidente las fotos de los presidentes muertos. Sin embargo, yo sé, todos sabemos en nuestra casa, que en el fondo del cajón derecho del escritorio hay un revolver”. ¿Qué significa esto? La respuesta más eficaz, creo, es: significa lo que el lector quiere que signifique, fenómeno propio de la buena literatura.

En una segunda lectura se descubre que el texto es una profunda reflexión acerca de la sumisión al poder que no tiene cara ni nombre, una especie de oda al placer que genera la confusión de no saber quién tiene la sartén por el mango. No sólo todas las casas están obligadas a tener una habitación destinada al presidente sino que además los sótanos están prohibidos, y la única que cuenta con uno, lo tiene clausurado. Al conocerlo, el narrador dice que “Nuestras voces llegaban hasta el interior negro de ese cuarto cerrado y rebotaban contra lo desconocido”. En el predio de la Ex ESMA, hoy convertido —no se sabe por cuánto tiempo— en el Museo de la Memoria, se puede ver cómo fue clausurada una escalera que llevaba al sótano en el que los secuestrados eran torturados para que la comisión internacional de derechos humanos que visitó el país en 1978 no notara nada extraño. ¿Qué pasó en los sótanos de la novela como para que estén prohibidos? En este sentido, también leemos: “Mi hermano menor ha desaparecido otra vez. Así como a veces le da fiebre, otras, desaparece”. Sin caer en la paranoia de que cada vez que un escritor argentino mencione la palabra “desaparecer” esté haciendo referencia a vuelos de la muerte, en este caso la referencia parece ser clara. Y Romero no sólo no es ingenuo sino que además maneja el lenguaje con una precisión de cirujano. El presidente romeriano es una figura sobrenatural que infunde temor en la población, cuyo mandato no se sabe a ciencia cierta cuánto dura pero pareciera no terminar nunca, un personaje siniestro que tiene derecho a ocupar una habitación en cualquier casa (habitación que la gente provee con alegría y esperanza), que siempre entra de noche y se va antes del amanecer. En La habitación… todos disfrutan de la confusión, del hecho de no ser capaces de definir nada, de que todo sea válido. La incertidumbre, lejos de ser una sensación angustiante, incentiva a los personajes de Romero, nadie se preocupa por no saber qué es lo que está pasando. Será que a veces es mejor imaginarse lo que sucede: la realidad, a menudo, es peor que cualquier especulación.

la habitacion del presidenteLa habitación del Presidente

Ricardo Romero

Eterna Cadencia

95 págs.

$175