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ENTREVISTAS

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Marcos Perearnau

Patricio Tesei
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Es una historia conocida, pero levemente deformada. Asume un nuevo presidente. Pocos días después, echa a su mujer de la residencia presidencial. Astuto, convierte a su hija en Primera Dama y a pesar de las resistencias de una amante, decide nombrar como testaferro al supuesto hijo de un viejo dirigente sindical. Entre medio del lujo, las cirugías plásticas y las carpas árabes, la historia se convierte en una tragedia shakespereana. “Una obra que hubiéramos deseado ver y evitar haber vivido”, dice la gacetilla de esta pieza que mezcla ficción, realidad y metalenguaje para contar la historia de Menem pero, también, la historia de cómo procesa un país su propia experiencia política. De eso -de lo que se vive y después se desea haber evitado vivir– está hecho Menem actor, la obra que puede verse todos los domingos en el Konex y por la cual nos juntamos con su autor, Marcos Perearnau, para hablar de teatro, política y la moral de la Historia.

Si fuese mujer, en este mismo momento me estaría agarrando la teta izquierda como una especie de ritual que ahuyente a los malos espíritus. Pero yo, ahora, me estoy agarrando un testículo y, mientras lo hago, pienso en la carga simbólica que tiene esta palabra capicúa. Sin repetir y sin soplar: convertibilidad, Cavallo, pizza con champán, los tapados de María Julia Alsogaray, las privatizaciones, Miami, viaje a la luna, AMIA, tragedias, tráfico de armas.

Repito el nombre tres veces, como Michael Keaton en la gloriosa Beetlejuice de Tim Burton. Estamos hablando de Menem, Carlos Saúl. El mismo que hace poco festejó sus 83 años, que dijo sentirse un “perseguido político”, que sueña con volver al sillón de Casa Rosada y que fue condenado a siete años de prisión como coautor del delito de contrabando de armas ilegales a Croacia y Ecuador.

Para Marcos Perearnau, la década de los 90, y la vida pública -como Presidente de la Nación- y privada del riojano se puede contar en clave teatral. “Tiene tantos elementos, amores, desamores, muerte, poder, soledad, que si hacemos un juego con los clásicos, podemos hablar de’ la tragedia de Menem'”, señala a Ni a Palos el director de la obra Menem actor, que se puede ver todos los domingos hasta agosto, a las 19, en la Ciudad Cultural Konex (Sarmiento 3125).

Condensada en 80 minutos, la obra es un reflejo de la forma de hacer política en la Argentina durante los años 90, y cómo lo público y lo privado se funde y se mezcla generando un combo de relaciones cada vez más conflictivas. En definitiva, Perearnau nos propone un cóctel de amor, familia, poder, un poco de ficción y un poco de realidad; toda una construcción que se hilvana con un metalenguaje: actores que actúan de Menen y su círculo intimo quienes, a su vez, actúan en su respectivo rol: de presidente; de hija y primera dama; de amante y confidente; o de servil lacayo que representa la ostentación, la corrupción y las relaciones peligrosas del poder. Todo eso es Menem Actor.

¿Por qué una obra sobre Menem?

Porque es un apellido que nos marcó a todos, y de esa marca nadie puede hacerse el desentendido. Si yo trabajo una marca que está presente en todos los argentinos voy a poder convocar a todos y que todos se sientan interpelados. En realidad, me interesa la condición del teatro de poder opinar sobre su propia época, reírse de sus representantes y trabajar representaciones que tuvieran mucho efecto. Menem es una representación complicada porque a Menem no lo dominás y hasta el día de hoy el tipo sigue significando, y eso es algo que yo no puedo controlar, como tampoco puedo controlar lo que genera ese nombre en los demás. Eso es un riesgo, y me gustó.

¿Cómo fue el proceso para escribir la obra?

Siempre traté de sobreimprimir mi marca de autor sobre un nombre que es de todos; producir algo distinto. Esta obra también tiene que ver con que yo nací en el ‘85, un año fuerte porque está el fallo de los juicios a las Juntas, entonces nací un poco con ese signo de juzgar. De ahí que yo necesito pensar qué había pasado en los ’90 porque no tenía un juicio sobre esa época. La viví, la atravesé, y hacer esta obra es la posibilidad de construir una mirada propia sobre ese material.

Sin embargo, la obra no juzga, sino que muestra ciertas prácticas del menemismo ¿fue algo buscado?

Yo creo que el arte está después de la moral. Si se queda en el dominio de lo moral, no trascendió, y en este punto era muy importante desafectar esa representación que era Menem de esos juicios morales. Un poco la idea que activa la obra es que es un nombre maldito, y es loco, porque funciona hoy en día la maldición del nombre Menem: uno escucha el nombre y se tiene que tocar un huevo, o madera; es el poder de un nombre fuerte. A través del hechizo de la actuación se busca romper el hechizo de ese nombre, no a través de la razón o el juicio, sino a través de otro hechizo que es el teatro.

¿Cómo trabajás el hecho de contar algo tan reciente?

Estoy tratando cada vez más de no respetar esa distancia, de no esperar. Ese es el tiempo de la ciencia. Por ejemplo, tengo escrita una obra sobre Julio López. A mí me interesa la no distancia y cómo producirla, porque sino el teatro se queda sin posibilidad de interpretar o de hacer una lectura sobre las cosas que pasan, y creo que el teatro sí tiene lugares para pensar y entender y está bueno que pase eso. Por esa razón también está la posibilidad de producir esa distancia, que se construye al llevar una carpa árabe a la quinta de Olivos, o sea, generar un mundo árabe para Menem. Es una realidad que no solo está constituida por lo que pasó, sino por lo que podría haber pasado.

“Lo que me interesa de los acontecimientos políticos es que son marcas subjetivas que están en todos, entonces busco producir una mirada singular sobre eso (…). Quizá en Menem fue tomado en primera persona, pero en otros trabajos no funciona eso. Pienso: ¿cómo sería hacer de Jorge Julio López? Ahí tengo que trabajar la ausencia”.

Durante toda la obra se hace énfasis en que lo que estamos viendo es una actuación…

Es que la realidad de ese fenómeno es lo teatral, y eso lo mostramos. Es el actor que hace de Menem y Menem, las dos cosas a la vez. Lo que pasa es que por lo general hay un teatro que borra y solo se ve el personaje. A mí me interesa que se vea el actor que está haciéndolo y lo que hace; me gusta mostrar el titiritero, es ahí donde está lo más interesante de las marcas, ese traspaso de un actor y lo que representa, borrarlo es como matar eso y creo que puedo creer en el teatro si veo eso en juego, sino creo que me toman como un estúpido y empiezo a deslegitimar lo que estoy viendo.

¿Por eso se buscó a un actor que no es parecido al ex Presidente?

Tal cual. Me interesa contar y muestro cómo está contado, sino seria una biópic. Es decir, me interesa mostrar los procedimientos que están en juego. En Menem, tuvimos que aprender cómo era su gesto, cómo escribía, cómo se movía. Leónidas Lamborghini, lo cito porque es muy interesante como piensa la verdad y la ficción, el modelo y la copia, dice que “en la caricatura, en la copia, está la verdad del modelo”. Y eso es muy interesante, me estimula pensar en eso. Tratando de mostrar cómo uno copia o imita ciertos movimientos aparecen las diferencias que es la propia firma de autor. Si uno puede aprender esos movimientos después se pueden aplicar a la obra que uno quiera, inclusive si queremos hablar sobre kirchnerismo. Llevar el material a ese terreno es una posibilidad de sacarlos de lo moral, de los prejuicios, de una serie de lugares que no te permite pensar nada.

¿Qué fuiste descubriendo en el proceso de creación de la obra?

La obra se me arma en la cabeza y la empiezo a trabajar. Cuando pensé la historia de Menem dije, ‘esto está perfecto’. La realidad la tramó de una manera extraordinaria y, la verdad no hay que inventar mucho, sino ver cómo está inventando la realidad y cómo va a seguir inventando, y eso me fascinó.

Planteás relaciones como la de Menem con Zulemita, una relación incestuosa, ¿cuánto hay de realidad y cuánto de ficción?

Me encanta ese tipo de burla o chiste o el armado de hipótesis que son ficcionales, pero que tranquilamente pueden ser verdad. Es algo que me sirve para pensar y despejar alguna fantasía. Concretamente, hay una línea ficcional que es la de Leonel Miguel (supuesto hijo del dirigente sindical Lorenzo Miguel) como testaferro de Menem, como una forma de generar una contraposición dramática que iba a volver al relato interesante, e iba a poder activar muchos temas que a mí me interesaban como el color de la piel, el negro, la pretensión de ser alguien más de lo que se es a través de un truco de falsificación como un testaferro. La obra permite revisar cómo los argentinos aceptamos esa ficción que fue el menemismo y cómo funcionó.

“Tiene tantos elementos, amores, desamores, muerte, poder, soledad, que si hacemos un juego con los clásicos, podemos hablar de ‘la tragedia de Menem'”

O sea, fue Leonel Miguel, pero podría haber sido cualquier otro nombre…

Claro, es la excusa para hablar de alguien que no fue reconocido por su padre, y quiere reconocimiento a través de este papel que le da Menem; un reconocimiento acelerado, sin trabajo, algo así como pegarla, que también es algo muy argentino. Habla no solo de Leonel Miguel, sino de algo humano y de las cosas que uno resigna por culpa de ese reconocimiento vertiginoso.

Quizá la pregunta se la tenga que hacer al actor (Julio Suárez), pero ¿cómo es interpretar a un tipo como Menem?

Él se comportó con el personaje como artista, dejando un poco de lado la condena moral para dejarse atravesar por la fuerza que tiene ese nombre y hacerlo funcionar. En ese sentido, hay que estar fuerte para poder dejarse atravesar por todo esto, porque te puede conmover, te puede desordenar, no es fácil. Hay que tener valor y producir una actuación que logre algo de esta búsqueda para que se lo vea a él como actor y, por otro lado, se lo vea a Menem. Es algo que todos los personajes en la obra hacen: Zulemita con ese complejo de fealdad, una personalidad muy sometida a la imagen y una relación casi incestuosa con su padre; Ana María Luján, que si bien maneja los hilos de las relaciones del ex Presidente como su amante, sufre dos veces porque anticipa vía el tarot las cosas que pasan (por ejemplo, la muerte de Carlos Jr.).

¿Se puede considerar ésta una obra de teatro político?

Hay diversas formas de abordar lo político. Lo que me interesa de los acontecimientos políticos es que son marcas subjetivas que están en todos, entonces busco producir una mirada singular sobre eso, que haya una manera de relacionarse y formar algo en función de un fenómeno de este tipo. Quizá en Menem fue tomado en primera persona, pero en otros trabajos no funciona esa primera persona –un actor que hace de un personaje particular-. Pienso: ¿cómo sería hacer de Jorge Julio López? Ahí tengo que trabajar la ausencia.

Ficha

Elenco: Julio Suárez (como Menem: manipulador, débil, seductor); Julia Funari (como Ana María Luján: amante, consultora, posesiva); Melanya Badalyan (como Zulemita Menem: acomplejada e inocente, mantiene una relación que se podría caracterizar entre incestuosa y edípica con su padre); Ariel Gigena (como Leonel Miguel: supuesto hijo de Lorenzo Miguel y supuesto hijo no reconocido de Menem; la imagen de la ostentación, la corrupción y las relaciones peligrosas del poder. Amigo de Carlitos Jr.)

Menem actor está todos los domingos a las 19 hs. en la Sala B del Konex, Sarmiento 3125.