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LA MALA LECHE

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Balcarce profundo

Martín Rodríguez
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El gobierno macrista desarticula aquello que parecía tener un consenso público en torno a la memoria y los usos de la Historia oficiales. El 23 de enero último el ideólogo macrista Jaime Durán Barba declaraba en una entrevista al diario La Nación: “-¿Y qué representa para usted fotografiar a un perro en el sillón presidencial? -Que no nos tomamos en serio. Nada hay más importante que reírse de sí mismo. A mí cuando me atacan me muero de risa.”

A Durán Barba le encanta calentar a la Argentina sobrepolitizada, molestar a la minoría intensa de la ideología, a esos que él llamó originalmente “círculo rojo”, y que son el microclima de los que se consumen en debates acalorados que profundizan más la distancia con el electorado que Durán Barba cree suyo por excelencia: el de las mayorías que no gustan de la política. Ese es el mundo didáctico del ecuatoriano: mayorías despolitizadas con inquietudes concretas versus minorías intensas con inquietudes abstractas. Desde el 11 de diciembre de 2015 el nuevo gobierno tiene una decisión desembozada: provocar al electorado kirchnerista y aislarlo de la estructura peronista. ¿Cuántos gobernadores defendieron a Milagro Sala? ¿Cuántos gobernadores o intendentes defendieron a Sabbatella?

Macri hizo una del Estado Islámico: ocupó un territorio (el Estado argentino), quemó los templos y símbolos sagrados de la batalla cultural kirchnerista, pero la violencia de su extraño Califato implica sacar símbolos para no colocar ninguno. Implica vaciar, más que reemplazar. No es una disputa de signos opuestos, no es Mitre por Rosas, digamos, sino una disputa por la validez de la existencia misma del símbolo, como en el caso de los billetes. De la Historia a la Naturaleza se infiere el recorrido. Por supuesto, a un tipo de “naturaleza histórica” (valga el oxímoron): el turismo. Es decir: de la política a la economía, a una economía de las cosas sin política.

Durán Barba dice que no se cree el poder. Dice que banalizar los símbolos es un mensaje hacia adentro, hacia ellos mismos. Dice en la entrevista: “Yo siempre me reí del poder. Y me gustan los mandatarios que son capaces de reírse del poder y de sí mismos. Si ponemos a Balcarce cuando Mauricio es presidente, estamos diciendo ‘no nos la creemos, no somos dioses. Balcarce viene acá y está perfecto, somos seres humanos comunes’. Es el mensaje más profundo de la campaña de Mauricio.” Durán Barba no dice lo que es: un hombre poderoso que niega su propio poder. Se declara sin contrato estatal, libre, fuera del poder, con la libertad de provocar al papa (insiste: “Yo creo en la libertad. Yo creo que la gente debe abortar”).

En la Argentina democrática el kirchnerismo inventó y precipitó esa idea de “el poder es el otro”. En el ensalzamiento contra figuras del poder real como Magnetto, Techint, el campo o el Poder Judicial el kirchnerismo se jugó a representar una contracultura oficial, un proyecto capaz de mostrar que el poder no está en el poder político. Con eficacia, mostró momentos de debilidad real (2008 a 2010) y sumó fuerza social, a la vez, convirtió esa tensión real en una fórmula de conflicto exculpatoria que colocó al gobierno siempre en una transición ascendente y progresiva, democratizadora (democracia contra corporaciones). Esa lógica tiene en el Pro una respuesta: vaciar al poder político de toda densidad o drama. Durán Barba reconoce que se puede jugar en el poder y no creérsela, porque también podría decir que el poder no está ahí. ¿Y qué hay ahí?

No existe el “hombre común” en el poder. No existe el “hombre común” en la política. Durán Barba estimula los gestos que vacíen la “densidad simbólica” tras una década sobrenarrada y su ensayo es de bombardeo sobre esa ciudad ideológica: repintar billetes, echar a Víctor Hugo, matar la ley de medios o encarcelar a Milagro Sala (interpretando a la dirigente controvertida como si fuera una invención de los antropólogos sensibles de Palermo y no una oscura hija de la crisis, de cuando Jujuy era declarado “territorio inviable”). Su misión pareciera consagrarse a quitar toda aura histórica a los símbolos. Ni siquiera los símbolos cargados de la que podría ser la afirmación de una tradición liberal. Así concluye el diálogo: “-Se decía que iban a bajar los cuadros de Néstor en la Rosada. -¿Nosotros? ¡No! ¡Si no nos importan los cuadros! -Hay uno de Chávez en un lugar central. ¿Ése lo van a bajar? -No tiene importancia. Me interesa más Balcarce que el cuadro de Chávez. Es mucho más profundo.”