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ENTREVISTAS

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Mariana Baraj

Facundo Arroyo
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Los caminos colorados por los que transita Mariana Baraj en la actualidad son, a merced del mensaje de su música, los que insinuaba en la experimentación de sus primeras canciones. La imagen que la mujer nacida en Buenos Aires con tachas y tatuajes puede generar entre los cerros, el clima, la quebrada, el vino y las empanadas es la mixtura sonora que fortaleció su gran hilo conductor. Inicio que empezó con Lumbre (2002) y que ahora agrega a Vallista (2015), formando una carrera solista que conjuga la música de raíz con el sentir y el relato actual ahora en su faceta más minimal y en diálogo físico y simbólico con las mujeres que desde hace algunos años son sus vecinas. A punto de volver a Japón (paradójicamente tocará en el Cosquín oriental y no en el cordobés) y con su sexto disco andando, conversamos con Mariana desde los tranquilos valles de Salta y a través del teléfono de su abuela.

¿Tu abuela materna fue parte de la inspiración para este nuevo material?

Mi abuela Paulina nació en Santiago del Estero y un poco la inspiración del disco tuvo que ver con ella y con la figura de las mujeres de los Valles Lerma y Calchaquíes, que es donde yo vivo. Este disco tiene ese color austero y minimalista que también tiene que ver con las figura de la mujer vallista, la mujer del valle. Yo interactúo todo el tiempo con ellas porque son las mujeres de aquí. Las leo con un gran poder. Tienen espíritu de mujeres luchadoras, son aguerridas. Y eso me identifica porque siento que soy bastante así también. Ellas abarcan todo tipo de tareas, casi siempre crían a un montón de hijos, salen a trabajar, llevan el pan a la casa y muchas están solas. Son mujeres con fuerza natural.

¿Qué relación hay entre el silencio de esas mujeres y el valle con los versos cortos de estas nuevas canciones?

Mucha. A través de la música siempre intento captar determinados momentos que también son muy propios de esas mujeres. Trabajan en zonas rurales y están mucho tiempo en silencio. La copla, tal vez, es su compañera. Algunas mujeres son pastoras. Y a mí siempre me gusta captar una atmósfera muy propia del universo femenino.

¿Buscaste un disco pensando en tu set solista?

Si bien siempre he tocado con bandas, también fui desarrollando distintos formatos de solista a lo largo de estos quince años de carrera. El set solista es un formato con el que me siento muy identificada y que disfruto mucho. Y así como todas las formaciones que tuve siempre fueron muy diversas y eclécticas, y fueron sufriendo transformaciones, el solo set también me gusta ir cambiándolo e inventando.

¿Cómo fue la trastienda de “Aguacero”, el tema que grabaste con Gustavo Santaolalla?

Es una canción que compuse pensando en el color de la copla. Son coplas que las fui entrelazando, uniendo y armando. También fue un entramado con diferentes instrumentos. El eje y el hilo conductor tiene que ver con un arpa de boca vietnamita. Y bueno, Gustavo siempre es un músico que está cerca de mí por la afinidad que siento con su trabajo y porque ha sido alguien que me marcó mucho, sobre todo, con el trabajo que ha hecho con León Gieco (De Ushuaia a la Quiaca) y en las grabaciones que hizo con Leda Valladares. Entonces cuando empecé a armar este tema, invitarlo a él era uno de los objetivos. Enseguida le escribí y aceptó con muy buena onda. Es un lujazo contar con él para este disco.

¿El arreglo vocal estuvo charlado o te mandó directamente su aporte?

Cuando terminé una maqueta bastante armada se lo mandé y le dije que haga lo que quiera, obviamente. Pero es cierto que tiene unos detalles que llevan al tema a otro lugar. Le puso su impronta y, a decir verdad, no hubo ninguna idea estipulada.

baraj marianaAdemás de instrumentos muy presentes en tu sonido como el bombo leguero y el charango, ¿cuál fue el concepto de incorporar el tormento chileno o los shakers brasileros o el arpa de boca vietnamita que recién mencionabas?

Son todos instrumentos que fui consiguiendo en diferentes viajes. Sonidos que por ahí los escuchaba en su zona y me interesaba conseguirlos. Siempre me interesa sumar esos sonidos a mi música. Los fui comprando, entonces, con la idea de ir agregándolos. En este disco me parecía que estaba bueno porque eran sonidos que no los había sumado nunca ni a mis discos ni a mis otros proyectos. Los pensé también para el set en vivo y para la presentación de Vallista. Siempre mantengo mi set con el bombo leguero que es como el corazón de mi performance, en materia de percusión, y los sacha bombos que también son todos instrumentos increíbles de la familia Paz de Santiago del Estero.

¿Problematizaste el género de las canciones a la hora de ir sumando estos timbres nuevos?

Hay un poco y un poco. Pero cuando voy componiendo me voy imaginando los colores que quiero. Entonces casi siempre va saliendo y el resultado tiene que ver con lo que me imaginaba. Hay instrumentos que sé que, naturalmente, son un buen maridaje. Determinados tipos de semillas con los bombos, o determinadas partes del bombo con los aros y las semillas o diferentes shakers o, bueno, la combinación del tormento con unos cajones peruanos que uso. Hay instrumentos en los que sé que su sonoridad ya funcionan con mis canciones, entonces a la hora de grabarlo trato de mandar todo su sonido y después en la producción los voy administrando de acuerdo al equilibrio de la canción. Sobre todo para que los colores entren y salgan y vayan pasando diferentes cosas.

¿Cuál sería la diferencia entre este disco y Sangre buena?

La primer gran diferencia tiene que ver con la formación y el concepto. Sangre buena lo grabé con grupo (Lucio Balduini, Javier Mattanó, Francisco Arancibia y Diego López de Arcaute). Hay batería, guitarras acústicas y eléctricas. Este lo grabé sola. Un poco eso, tratando de ser lo más fiel, en cuanto a concepto, con el formato del set solista. Creo que son sonoridades diferentes. De todas formas, siempre siento que hay un hilo conductor en todo mi trabajo, por más que mis primeros discos sean con músicos de jazz, y los últimos con músicos más del pop. Creo que ese hilo tiene que ver con la raíz, sobre todo.

Estuviste de gira por Japón. Ya es la cuarta vez que vas pero ahora fue un tour potente en cuanto a números de recitales y ciudades recorridas ¿Es verdad que la gente medita en tus shows?

Sí, (se ríe). Es muy especial todo lo que pasa en Japón. La verdad es que no dejo de sorprenderme. Ya fui cuatro veces y ahora tengo una invitación para participar del Festival de Cosquín. Se hace en Fukushima, es el mismo festival que el de Córdoba. Paradójicamente voy a tocar en la edición japonesa pero no en el de aquí. Entonces, eso también habla de cómo es el público japonés. Respeto y valor, eso me hacen sentir sobre mi trabajo. La verdad es que me tratan como a una reina, cada vez que voy el público crece. Ellos tienen un espíritu que los hace conectar con los ancestros, con cuestiones que tienen que ver mucho más con lo espiritual y no tanto con otras cosas. Entonces hay algo de mi trabajo que les mueve fibras y ahí es donde uno confirma que bueno, quizás no entiendan lo que estoy diciendo, pero tienen ese poder de captar algo más. He tocado en tantos contextos distintos, encima. La última gira fue por 21 ciudades en un mes y pasé por todo tipo de situaciones. Toqué en teatros, en bares, en centros culturales y también en varios templos.

¿En templos?

Sí, templos budistas. Se puede hacer música en vivo. En algunos lugares toqué acústicos y en otros con amplificación. Y bueno, te das cuenta de que la gente está en un estado meditativo muy impresionante. Ir a Japón es saber que siempre interiormente se te va a mover todo. Es muy fuerte y emocionante, ellos son muy sensibles y tienen un amor por nuestra música muy grande. Y en mi caso, aparte de ser muy estudiosos y muy apasionados por toda nuestra cultura, son muy maravillosos y generosos.

mariana baraj vallistaEs paradójico que te inviten al Cosquín japonés y no al de acá. Los festivales folklóricos más grandes de Argentina siguen pegados al conservadurismo de la tradición más oxidada ¿cuál es tu opinión respecto a esto?

Es un poco el concepto. Que no me parece mal, para nada. Creo que todos tenemos derecho a tener nuestro espacio. No es que piense que esos espacios no deben existir. Pero tal vez, sería interesante que se pueda generar una apertura para otras propuestas. Entiendo que también en el medio se mueven un montón de intereses relacionados, sobre todo, con las propuestas más comerciales. Está bueno que se ilumine una mínima inquietud de apertura. Creo que están buenísimos esos festivales donde se junta tanta gente. Aquí en Salta hay muchísimos y muchas veces voy como oyente. El fenómeno de lo que producen determinados artistas en ese tipo de festivales es buenísimo. Como el Chaqueño Palavecino, por ejemplo, que llega, toca y deja todo dado vuelta. Tal vez no sean estos los festivales, pero cuando uno viaja y está mucho en otros festivales folklóricos, se maneja como un concepto un poquito más artístico a la hora de armar grillas. Y aquí esa metodología sería una buena manera de complementar. O bueno, y como siempre, seguir buscando espacios alternativos. Eso sigue siendo un desafío. Uno como artista también tiene que ir por ese tipo de acciones y generar lugares donde la gente sepa que pasan otras cosas. Creo que hay mucha gente en ese camino y con esas búsquedas. En el Fifba (Festival del Bosque), por ejemplo, un caso aislado, un día toqué yo y al otro día tocaba el Chaqueño y la gente convivía con eso tranquilamente. Justamente, la idea de los festivales tiene que tener eso, un concepto más inclusivo. El festival del Poncho en Catamarca es divino y también pasan otras cosas.

¿Te sentís lejos de Buenos Aires?

Lo verdad es que no. Me pasa que voy mucho a Buenos Aires. A veces hasta dos veces por mes. Tengo a mi familia allá. Tengo a una de mis hijas, porque ahora soy mamá de vuelta. Adopté una niña de siete años. Estoy en constante interacción con Buenos Aires y también todos los que vienen de allá pasan a visitarme (se ríe), es una parada obligatoria. El otro día un colega decía que el turista de Salta ya me tiene incluido. Es como que se compra un vino, un poncho y quiere tocar con Mariana Baraj. Vivo en el camino que te lleva a Cafayate, entonces es como que se vuelve una parada obligatoria. También me pasa que de pronto me voy acostumbrando al ritmo de acá y cuando voy a Buenos Aires enseguida quiero volverme. Yo vivo en un lugar muy tranquilo, súper rural y bueno, uno se acostumbra. Viste que dicen que uno a lo bueno se acostumbra rápido.