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LA MALA LECHE

Diga me

Martín Rodríguez
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Me caen mejor los ex combatientes de Corea que los ex combatientes de Vietnam porque son más oscuros y sórdidos y no fueron tan reconocidos por la industria del cine de esa gran nación que acaba de cumplir años y que con Vietnam hizo estragos en su “hegemonía cultural de los vencidos”: Apocalipsis Now y El francotirador por empezar, por terminar; mientras Corea es Gran Torino.

Me caen bien las historias de colimbas argentinos, esas en que los colimbas le ponían “espumita” al mate que le servían al coronel, o el mito ese de los que les tocaba hacer de fercho de algún general y se cogían a la esposa del general cuando la pasaban a buscar y la llevaban a la peluquería; y ése hubiera sido el cine shampoo de la patria montonera si hubieran ganado los Montoneros con las actuaciones de los mismos Alfonso De Grazia, Víctor Bo, la Coca Sarli, Jorge Porcel, Alberto Olmedo, la misma crema del costumbrismo pero en un modo de cine de revancha subsidiado por el INCAA montonero y con Portales haciendo del general cornudo.

Me acuerdo siempre de la enfermedad mental de un tipo que conocía mi viejo, que iba a su oficina y el tipo creía que vivía en otro tiempo, básicamente en el tiempo en que la República Argentina era gobernada por el General Juan Carlos Onganía.

Me acuerdo: durante años mi encuesta de viajes en taxi con tacheros jovatos dio la presidencia de facto de Onganía como la mejor recordada.

Me siento en el grado cero de una ciudadanía peculiar: la de los resistentes compradores de cd’s originales en disquerías que los venden carísimos por las obvias razones económicas de nuestro programa de gobierno, y, de hecho, la posta me la dijo un vendedor en Palermo Freud: en nuestra industria la sustitución de importaciones es como que me pidas un disco de Bob Dylan y yo te diga que mejor te lleves uno de León Gieco, porque León es de acá.

Me gustaría dormirme sobre una carretilla y que me lleve mi hermano por el baldío de la calle Agüero, ahí, cerca de la Avenida Córdoba, la mañana esa de un feriado de otoño del año 1983, nuestra pandilla a pleno en la vereda, cuando vimos a un linyera salir del fondo del baldío, ahí, y se paró y éramos varios mirándolo, y él nos miraba fijo, segundos de silencio, un hombre de neandertal, mi hermano gritó “vámonos, vámonos”, era el mayor, daba las órdenes, y sobre ese baldío se construyó una gran Sinagoga o escuela de la comunidad judía, no sé, pero me acuerdo que llevó años de construcción … y me gustaría volver con mi hermano a dar vueltas en la carretilla: primero me lleva él, después lo llevo yo, tierra arrasada, tierra virgen.

Me dan mucha lástima las personas durante sus primeros días en un trabajo nuevo, cuando se les nota, cuando son observados por otros compañeros o por sus jefes y no tienen naturalidad para dar un vuelto o para hacer la suma de una compra: ¿quién no sintió ese temblor, ese desgano, ese “qué hago acá”?

Me gusta más cargarme el mp3 con discos enteros que armar carpetas con la selección de canciones porque siento que me pierdo la edición: ese momento en que el orden de las canciones altera el producto.

Me gusta ir en bicicleta por la bajada de Salguero a costanera, cruzando el shopping, Barrio Parque, el último hilo de ranchos que nace en Retiro, doblar a la derecha, agarrar a contramano la avenida Rafael Obligado Costanera, ahí, adonde llegan los barcos de las areneras a descargar, los que vienen de San Pedro, y en esa mezcla de arena limpia y río podrido hacer las paces con la ciudad así: agradecer el cine clásico de Hollywood que nos enseñó el honor, agradecer a Menem el fin de la colimba (y eso quiere decir muchas cosas a la vez), agradecer saber en qué tiempo y bajo qué presidencia vivimos, agradecer a Dios la larga vida de Neil Young, agradecer la memoria fresca llena de hermanos que amamos, agradecer la prudente sabiduría de los años cuando acoplamos la música de adentro con la música de afuera. Viento y arena adentro y afuera.