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La década narrada

Mariano Zamorano
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En los últimos años surgieron una serie de obras que narran y describen la década del 90 lejos de la demonización política explícita y más cerca de experiencias micro o personales. Los relatos se extienden y llegan a ficcionalizar el menemismo a través de una tragicomedia teatral y a analizar el rol de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota como LA banda que fundó una época. Nota en clave Pumper Nic, porno en VHS, Pronto Shake y Todo por $2.

Imágenes y recuerdos personales se mezclan y entregan un mix amorfo compuesto por noches en hoteles all inclusive, novelas televisivas protagonizadas por Grecia Colmenares, cartas a la NASA, salidas de viernes y sábados al ex boliche Ananá, con el contexto de un país que se privatiza, en donde el desempleo empieza a ser una opción en grandes porcentajes y el call center la única entrada al mercado laboral.

Más allá de esto, el interrogante es básico: ¿cómo retratar la década del 90 fuera de esquematizaciones sencillas, clichés y demonización política? Sebastián Robles, Violeta Gorodischer, Martín Gambarrotta, Ezequiel Gatto y Marcos Perearnau fueron algunos de los autores que en los últimos tiempos lograron desentrañar partes de la respuesta. Repaso por las obras que interpelan desde distintos costados al país de los 90.

Reflejos de los 90

El book trailer de la segunda edición de Los años felices, de Sebastián Robles, comienza con la frase del autor presente en la contratapa del libro en donde se pregunta: ¿cómo narrar una época sin olvidar que la odié profundamente pero también la amé en secreto? Las imágenes que continúan se suceden entre iconografía del mundial de Italia 90, la banda del Golden Rocket, Menem y Alfonsín de espaldas en el Pacto de Olivos, un billete de un peso y un dólar en señal de convertibilidad, Guns N’ Roses y Rolling Stones tocando en el país, el atentado a la AMIA, la película Caballos Salvajes, Pinamar, hasta finalizar con alguna fotografía del 19 o 20 de diciembre de 2001 y un cartel que dice ‘no hay vacante’ como símbolo de desempleo. “Hablar de los 90 como la década infame era repetir un discurso de otros. No porque carezca de verdad, sino porque mi experiencia –igual que la de muchos de mi generación– tuvo otros matices. El problema de la demonización política de la década es que conlleva la idea de que todos fuimos víctimas de un proceso del que nadie se asume como responsable. Victimizarse me parece una manera fácil de quedarse en el molde, de ser condescendiente con uno mismo y, en definitiva, de no crecer nunca. Prefiero reconstruir mi historia, no tanto como individuo sino como integrante de una generación, desde un lugar un poco más auténtico”, asume Robles.

En Los años felices Eric es el encargado de narrar su historia desde la primera visita al Cemento de Omar Chabán hasta el ingreso al CBC de Drago y los vaivenes con sus amigos Hernán y Diego, en un escenario movedizo pero que siempre tiene como foco principal a Villa Ballester. Novela nacida al calor de un blog, Robles asegura que si bien tomó como modelos todos aquellos blogs contemporáneos que ejercitaban la nostalgia -en particular la de los años ochenta- no quería incurrir en la idea instalada de que todo tiempo pasado fue mejor. “Había algo en la nostalgia de los noventa que me parecía obturado: no era tan sencillo escribir un blog nostálgico sobre los 90 como lo era sobre los 80, especialmente si uno quería ir un poco más allá de la mera reivindicación de ciertos consumos culturales, que era lo que se hacía habitualmente en los blogs. Las preguntas que me interesaban responder, más allá de la cuestión de la nostalgia que por supuesto también está presente, fueron ¿de dónde vengo? ¿qué cosas me constituyen a mí como escritor y, más importante, como integrante de una generación?”, dice Robles y señala a la serie The wonder years y los libros El Cuerpo e It, de Stephen King, como influencias que le sirvieron para narrar el pasado histórico.

En otro orden de las cosas, en Los años que vive un gato Violeta Gorodischer se encarga del retrato de una familia de clase media, con vacaciones en Cuba y Disney incluidas, atravesada por la homosexualidad y el exilio a España de uno de los hijos, y la extracción de un tumor sobre la médula y el posterior tratamiento que atraviesa la infancia y adolescencia de la protagonista. Las contradicciones de la clase media ilustrada (“son los primeros en levantar la mano a favor del matrimonio igualitario pero dejan pasar miles de comentarios homofóbicos”), llevaron a Gorodischer a escribir Los años que vive un gato bajo el género de familia disfuncional (“a lo Franzen, a lo Salinger”).

“Yo quise, desde la mirada infantil, transformar el sueño de Disney en una pesadilla, en una incomodidad de clase que yo misma pertenezco. Le conozco las grietas y desde ese lugar puedo contarla, me hubiera sentido muy incómoda contando otra clase. En la década del 90, que no es toda igual, hay un apogeo y una caída, todo el mundo se iba a Miami a consumir, pero yo pongo el ojo en una familia progre. Son los que también dicen ‘vamos a Cuba, que es la cuna del socialismo’, los que arrastran cierto discurso libertario de los 70 pensando que aún son revolucionarios o que luchan contra algo, cuando lo que aparece es este doble discurso: irse a Cuba y no ver las grietas del sistema castrista, negar eso que ve la nena, cómo las mozas se prostituyen con los italianos, o volver acá y acusar a la empleada de robo”, comenta Gorodischer.

“En la novela los noventa son un contexto situacional que habla de muchas cosas. No hay demonización pero sí crítica y autocrítica (de clase) que es lo más rico de un trabajo narrativo. Por eso la política o el contexto social son telones de fondo que sin embargo se filtran constantemente. Exigen una lectura atenta, no subrayar (acá se critica la plata dulce, acá la represión, acá el vaciamiento del país, las privatizaciones) sino plasmar todo de una manera sutil”, dice Gorodischer y señala a Sebastián Robles, Walter Lezcano y Laura Meradi como algunos de los escritores de su generación –que promedia los 30 años- que aportaron una perspectiva “no tan escandalizada o iracunda, con una mirada adulta y una crítica implícita, sutil, acompañada por ritos de iniciación”.

Redondos forever

En el capítulo Gulp! de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, del libro 10 discos del rock nacional presentados por 10 escritores, Martín Gambarrotta analiza la forma en que las canciones del primer disco de la banda salieron a cuestionar el orden establecido y las reglas de juego en plena primavera alfonsinista (“Solari ya tiene el contexto perfectamente diagnosticado: la primavera alfonsinista pronto va a pudrirse”). Gambarrotta señala que el dios-prisión-feliz-prisión de Barbazul sirve como anticipo y descripción del comienzo de los noventa con las departamentales del Gran Buenos Aires desplegadas por la Costa Atlántica, con apoyo político duhaldista, “para limpiar playas de punks, hippies, rastafaris, psicobolches, y todo joven que atentara con transformarla en balneario decente”. Gulp!, Oktubre y Un baion para el ojo idiota son señalados por el autor como el anuncio con clarividencia de la llegada de la década neoliberal.

Por otra parte, en Redondos A quién le importa, biografía política de Patricio Rey recientemente publicada, se señala al monarca Patricio como “un oasis en ese desierto hostil” de los años eclosivos del fin de los grandes relatos, la crisis de los Estados-Nación y la neoliberalización, caracterizados en la Argentina por la sociedad de mercado (Shopping Disco Zen, Vulcan Roja y risas Baron B) y el menemismo. “Nos parece que todos los discos tuvieron una capacidad explicativa y anticipatoria poderosa, siempre caminando por los bordes de la época. Siempre planteando lo que llamamos el raje: romper las narrativas, los sentidos, las explicaciones. Nos parece también que los discos, sobre todo desde el momento en que la banda se vuelve masiva, no se limitan a entender la época sino que la crean. Argentina no sería lo que es si Lobo suelto Cordero atado no hubiera salido nunca”, dice Ezequiel Gatto, coautor del libro junto a Ignacio Gago y Agustín Valle.

Menem en las tablas

En febrero de 2012 la obra Menem Actor, escrita y dirigida por Marcos Perearnau, tuvo su presentación en Casa Ofelia Teatro. Reestrenada en la Sala B de Ciudad Cultural Konex en junio de este año y luego publicada en formato libro, la obra recrea la intimidad del ex presidente a partir de sus relaciones con Zulemita, Leonel Miguel (hijo de Lorenzo Miguel) y Ana María Luján.

“La premisa fue que el actor no se pareciera a Menem. El trabajo estuvo puesto en no condenar a Menem moralmente, sino en dejarse atravesar por sus fuerzas. Devolverle sus poderes de seducción y facultad de mezclar discursos tan heterogéneos como el peronismo, neoliberalismo, relatos bíblicos, el Corán. Deshacer el hechizo de ese travestismo discursivo, con el hechizo del teatro. Zulemita sufre un severo complejo de fealdad y sustituye a la madre cuando es nombrada Primera Dama. Quien viene a romper el vínculo incestuoso con su padre es Leonel Miguel, testaferro, y presunto hijo de Menem, que realiza un salto mortal y pasa de ser un don nadie a disputarle de igual a igual el trono a Menem. Sus ambiciones de ascenso y de transformar su sustancia social lo echan a perder. Y quien va tejiendo por detrás todos los hilos de la historia, es Ana María Luján, la eterna amante de Menem”, cuenta Perearnau.

Menem Actor transcurre entre discusiones de Zulemita y Menem en la Quinta de Olivos, reuniones en la habitación Queen of Empire del Hotel Alvear, citas del Corán y el Facundo, y un desenlace poderoso a partir de la muerte de Carlitos Jr. Perearnau dice que la complementación entre la obra de teatro y el formato libro permite apreciar cómo los hechos de los 90 se prestan a una estructura clásica de dramaturgia, colabora en darle realidad teatral a representaciones como la de Menem y pone a jugar al teatro en la interpretación y elaboración social de los problemas del presente.

“En lo personal atravesé la década menemista sin conciencia histórica. Nací en el 85, el año de los Juicios. Escribir Menem Actor fue la posibilidad de producir una distancia desde la cual trabajar estos materiales. Transformando los materiales en teatro, es decir volviéndolos disponibles para lo escénico, puedo establecer una relación genuina con ellos. Encuentro en el teatro la posibilidad de construir una mirada para poder ver. Es a través de las obras como miro”, concluye Perearnau.