inicio > Arraigo

ENTREVISTAS

  • entrv

Arraigo

Mariano Vespa
Agrandar fuente Achicar fuente

Formados en 2004, Arraigo logró una amalgama musical muy particular: su estilo es una fusión de metal pesado con ritmos folclóricos y melodías de tango, que les permite alcanzar composiciones poderosas y cargadas de personalidad. El año pasado editaron su primer disco, Fronteras y horizontes, que condensa esa obsesión que atraviesa a la banda: la tradición como un legado que se reconfigura de generación en generación. Tres de sus cinco integrantes, además, participan como voluntarios de la organización Zavaleteros. Nos juntamos con Pablo Trangone, Federico Bertoli, Leandro Ramogida, Javier Espeche y Federico Prieto no sólo para hablar su propuesta musical –que incluye pogos, zapateos y distorsiones- sino para conocer de qué se trata su laburo en las villas.

Para empezar, hablemos de la propuesta musical: ¿cómo es eso de trabajar con géneros en apariencia tan disimiles?

P: Surge a partir de una deuda estética. Nosotros venimos del palo de la música pesada. Escuchamos folklore y tango desde chicos por impulso familiar. Algunos bailamos folklore. Hay una alquimia que encontramos en el medio para que no sea solo heavy metal tocado con una música criolla. Buscamos una intersección, un empaste, para profundizar en la literatura. Nuestra fusión es un marco para decir. El folk metal siempre estuvo ligado a la cultura celta, a lo viking. Nuestro espacio no habla de la tradición, sino a partir de una clave del aquí y ahora. Nosotros nos preguntamos hoy donde está lo pesado en la música pesada. Si es en la ejecución del instrumento, si lo pesado está en el sonido, si está en la coherencia (¿qué hacemos los artistas cuando bajamos del escenario respecto de lo que decimos?) o si está en cómo desprenderse del hecho de entretener. Queremos volver a una noción del arte que nos conecta con lo trascendente, que nos recuerda que somos mucho más que maquinas de producir y consumir y muchos más que futuros muertos. En Arraigo no creemos que podemos controlar todo lo que pasa. Nos encanta que sea así. Volver al arte como acontecimiento y no solo como un entretenimiento.

Por eso remarcás el aquí y ahora

P: Parecería que la única responsabilidad del folklore es sostener la memoria de cuadros históricos pasados, como si el arte se reduce a lo que fue. Uno no tiene punto de fuga, no hay un lugar de cambio en la tradición. Puede sonar contradictorio pero creemos en una tradición de cambio: no solo se trata de lo que fuimos sino en pensar lo que somos a partir de lo que fuimos. Estamos tratando de crear un espacio donde, más allá de la fusión, volvamos a reflexionar sobre cuestiones que tanto en la ortodoxia del folklore como en la del metal están naturalizadas sin cuestionar.

F.B.: Es importante tomar esos elementos que nos permiten cuestionar desde adentro, no reproduciendo sistemáticamente algo que nos lleve a la industria del entretenimiento.

En ese sentido, ¿qué valor le atribuyen a Ricardo Iorio tanto en la propuesta estética como en su lugar en la tradición?

FB: Almafuerte es una referencia ineludible. Esto no quiere decir que haya una relación lineal entre ambas expresiones, ni una aceptación ni tampoco un sentido de paternidad.

P: Creemos necesario volver a abrir el diálogo. Los tiempos cambian, entonces las reflexiones deben cambiar. Hay una cuestión de conformidad ensimismada. Tomamos a Almafuerte porque es parte de nuestra tradición. De ahí uno hace, toma, configura y reconstruye la cultura. Es lo que hizo mi papá y lo que va a hacer mi hijo, ¿qué sería de la cultura si no fuese por esos mecanismos?

FB: Es que el conformismo es una de las armas más poderosas contra la creación. El cuestionamiento, aunque incomode, rompa o se sienta agresor de la tradición, viene a salvar a una expresión. Es un cuestionamiento que no clausura, que abre al pensamiento.

P: Muchas veces se le adjudica al pasado una entidad intocable, intachable. No sabemos de dónde viene. Por eso creemos necesario “okuparle” la tradición al conformismo. Volver a mirar. Revolucionar la tradición no es hablar en términos demagógicos. La fusión es el marco artístico de esa tensión

En las letras de Fronteras y horizontes se ve la esencia de la fusión de los géneros. A grandes rasgos, ¿el disco puede leerse como un canto a la hermandad?

F.B.: Cualquier obra artística, cuando pasa el estupor, te suelta la mano. Charly García dice que si hubiera una sola verdad todos escribiríamos la misma canción. A veces nos asombra cuando nos llegan a través de mensajes de Facebook interpretaciones personales muy fuertes, que capaz no las habíamos pensado así. Por eso el arte no es lineal, se vive, se siente y se interpreta en movimiento.

L: El arte siempre tiene que ver con el otro.

P: En las canciones de Arraigo es central el tema del desamparo de la niñez, en todo sentido pero fundamentalmente en materia de derechos. No tercerizar la responsabilidad sino instalarlo como un problema propio de cada uno. Hay cuestionamientos de esto que hablar del aguante. ¿Aguantar qué? Por eso hacemos una diferencia entre aguantar y resistir. En el último tema nos preguntamos por los murgueros y metaleros separados x el arte y viviendo las mismas condiciones socioeconómicas en sus barrios. Tal vez tenga que ver eso que decís de la hermandad, de personas que comparten y padecen las mismas cosas.

Una de las letras dice “La compasión es la forma más soberbia de solidaridad”. ¿Cómo se articula este pensamiento con lo que vienen haciendo en Zavalateros?

P: Empezamos llevando un bolsón de ropa, no como una idea preconcebida. En la medida que apagas la TV y te acercás al entorno de la que los medios hablan, vos te adentrás en una realidad de la cual es muy difícil de olvidarse. Aprendes a escuchar, a tener en cuenta al otro. Es una experiencia muy rica e intrigante. Acercarse al antes para poder entender el después. Antes de opinar, miremos bien. No sea cosa que nos estemos sacando una cosa de encima. Eso pasa con la idea de inseguridad. Una de nuestras frases dice: “es virtud de los imbéciles abordar las problemáticas de las consecuencias”. De alguna manera se trata de eso.

F.B: La ignorancia es peligrosísima cuando uno tiene poder de decisión. La TV pone filtros, hace recortes de la realidad que no se puede filtrar. La realidad es tan compleja que no se puede recortar. En algún punto Zavaleteros creció, se formo como asociación civil y hoy es una organización política con gente dedicada full time, gente que hace apoyo pedagógico para chicos y adolescentes, talleres de oficios, talleres para mamás adolescentes y articula con otras organizaciones barriales para generar mejoras en las condiciones estructurales del barrio. Hace falta un encuentro humano para poder ir acompañando y aprendiendo, y tejiendo redes de confianza, de amistad y de respeto que son el primer paso para entender los problemas y pensar cómo actuar. La mirada al otro habla de una responsabilidad hacia lo colectivo. El encuentro nos nutre, nos enriquece y nos ayuda a confluir algo distinto respecto a lo que somos y lo que tenemos hoy. No plantea certezas, sino que plantea complejidades, más preguntas.

Se habla de un afuera y de un adentro

F.B: Se estigmatiza desde los medios, desde el cómo te vestís hasta si tu DNI dice tira 17 casa 24. Hay elementos estigmatizantes muy fuertes. No hay que ser necios tampoco: según donde uno nace puede tener una mochila más o menos pesada y eso genera una desigualdad per se. Desde el acceso a los derechos y la calidad a la educación y el trabajo esa desigualdad no está resuelta. Es un tema pendiente. No se habla de mejorar la calidad de vida de los cuidadosos que viene en la villa sino mejorar la educación de las villas para mejor los niveles de inseguridad. Ahí está esto del adentro y del afuera ¿Tenemos todos los mismos derechos? En mi barrio nadie se cuestionaba si tenias que tener cloacas, todos teníamos. Sentimos que la participación tiene que venir de correrse de un lugar de indiferencia o facilismo, de decir “compro lo que me dicen que es”.

FP: Hay tanto para trabajar con los de adentro como con los de afuera. Por acción o por omisión todo es política. Creemos que el trabajo en la educación como una herramienta para construir es una decisión política.

¿Qué piensan de la instalación del Ministerio de cultura en la villa 21?

P: Estructuralmente siempre las políticas focalizadas hacia determinados sectores sociales fueron mal vistas –pensando en estado de derechos igualitarios-. La instalación del Ministerio es algo simbólico. No es menor, es para celebrar. Pero no quiere decir que ya esté todo hecho. Hay que librar acciones de corto plazo que aborden de manera directa y a la vez es necesario trabajar en cuestiones estructurales a largo plazo, más allá de las cuestiones paliativas y coyunturales del momento.

¿Qué lectura hacen de la muerte de Kevin y de la unión de los vecinos de Zavaleta para controlar los actos de los gendarmes?

P: En mi niñez, a la edad de Kevin, no volaban balazos. Después podemos adentrarnos a analizar de donde vienen los balazos. Eso me parece un marco para entender la problemática. Cualquier reunión de la sociedad civil para construir –no sé si controlar, sino acompañar al Estado- siempre es provechosa.

FB: Es un tema delicado. Los niveles de complejidad son multifacéticos. Hay que abrir una puerta para entender cuestiones nada sencillas con trasfondos de educación, de narcotráfico, de problemas estructurales, de historia. Pensando en la familia y en los vecinos, no podemos opinar. Solo nos preguntamos si la seguridad es un patrimonio del afuera de las villas. De ahí que cada uno saque sus conclusiones.

¿A qué le dicen ni a palos?

F.B.: A ese cuestionamiento adolescente pero con energía que va y rompe por romper, a veces irresponsable y otras veces porque no hay otra forma para construir.

L: A tratar a los productos artísticos como si fuesen el latín. Por eso no nos gusta hablar de ortodoxia. Los géneros musicales tienen que seguir produciendo nuevos sentidos.