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RUIDO DE FONDO

  • grondona todo pasa

El vicepresidente del mundo

Ernesto Provitilo
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“Me llevo muy bien con los militares, con los radicales y con los peronistas”. Y así era. Julio Grondona llegó a la AFA en 1979, plena junta militar comandada por Videla. Desanduvo todo el alfonsinato y logró lo que el bueno de Don Raúl no pudo: terminar un mandato. En realidad terminó varios. Transitó todo el menemismo, vio como De la Rúa escapaba en helicóptero y sobrevivió largamente a Néstor Kirchner. “Para qué quiero ser intendente si soy vicepresidente del mundo”. Ostentaba así Don Julio -amaba que lo llamaran así- su cargo en FIFA, desestimando la candidatura a intendente de Avellaneda ofrecida alguna vez por el radicalismo.

Todo Pasa rezaba su anillo. La estructura piramidal de su entorno responde curiosamente a la historia de la famosa sortija. Grondona, en un mundial sub 17 disputado en Egipto en 1997, conoció la leyenda de un faraón que respondía “todo pasa en la vida” cuando veía la confrontación de un par de mujeres que se disputaban el lugar de la más bella del harén. Todo pasa, ese culto a la procastinación, elevaba el rango de impunidad de Don Julio, de una impunidad magistral. AFA rica y clubes cada vez más pobres, todo pasa. Barras organizados que matan, todo pasa. Años sin títulos y jugadores con formación deficiente, todo pasa. Imposibilidad de los hinchas de ir a ver a su equipo de visitante, todo pasa. Arbitros cuestionados y sospechados de corrupción, todo pasa. La respuesta campechana y brutal salía de esa voz caricaturesca ante el conflicto. El anillo refrendaba el discurso hasta que, con la muerte de su compañera de toda la vida, Nélida Pariani, la joya fue expulsada de su meñique: “todo pasa, pero esto no”.

Julio Grondona nació en Avellaneda, en 1931. Proveniente de una familia humilde, su padre ferretero requería de él para trabajar allí, en el negocio familiar. Por ello egresó del colegio jesuita El Salvador un año antes, dando libre uno de los años. Pese a este esfuerzo, quiso desempeñarse como jugador de fútbol. Y se fue a River. Y quedó. Jugó en quinta división, era un 10 con algo de talento, vago y calentón. River lo dejó libre, pasó a la cuarta de Defensores de Belgrano y allí fajó a un árbitro, le dieron 8 fechas de suspensión y chau, a otra cosa. Se anotó en la carrera de ingeniería en la Universidad de La Plata y cursaría allí durante tres años. Hasta que le volvió a tirar el tema del fútbol y Arsenal iba tomando forma en su barrio, así que en 1956 junto a un grupo de amigos fundó el club del Viaducto. Luego, el paso al manejo del fútbol profesional de Independiente, su rol de presidente del Rojo y la llegada a AFA sucediendo a Cantilo.

Joseph Blatter domina cinco idiomas de manera fluida. Julio Grondona apenas podía con el castellano. El suizo maneja a placer a la madre de las multinacionales. Y su hombre de confianza era este parroquiano de Sarandí, un argentino rudimentario proveniente del culo del mundo. Un argentino que a pura muñeca se fue constituyendo como un hombre clave de FIFA.. Un tipo inteligentísimo en un universo cultural con limitaciones ostensibles que se divertía con la politiquería y se cagaba de risa de la paja ideológica. Era el pragmatismo venerado, alguien que lograba amoldar para sí al poder de turno y adecuarlo a su interés. Grondona no tenía oposición, solo una vez se le animó el ex árbitro Teodoro Nitti y fueron a elecciones. Votaron los 40 miembros del Comité Ejecutivo, terminó 39 a 1, hasta el pobre Teodoro dudó en votarse. Desde que asumió fue reelecto en siete oportunidades por la Asamblea General, casi siempre de forma unánime. El “sijulismo” era un modo de vida en calle Viamonte. Si alguno lo cuestionaba, el destierro para él y su club. Le pasó a Raúl Gámez alguna vez. Le pasó a Daniel Passarella, quien torpemente, jugándose la permanencia en primera división, lo eligió como enemigo, teniendo Julio que soltarle la mano a River y terminando la historia como todos sabemos que terminó. Nadie lo cuestionaba. Nadie osaba contradecirlo. Toda decisión necesitaba de su venia, su aprobación, su consenso, su beneplácito.

Grondona era el as de la negociación. Repartía el dinero proveniente de la televisión de manera discrecional y nadie alzaba la voz. En 1985 Torneos y Competencias se le acercó y generó un vínculo con la AFA que fagocitó al fútbol doméstico, con la pauperización de torneos pésimamente organizados y más de 200 muertes en las canchas. En 2009 la irrupción del Fútbol Para Todos provocó un foco de críticas constantes sobre manejo de fondos acercados por el Estado. Grondona desoía y seguía adelante en la profundización de un acuerdo que afectaba el negocio de un poderosísimo sector privado, su aliado anterior nada menos. Pero no le tembló el pulso para romper con el monopolio de la televisión codificada y asimiló con total normalidad un discurso de democratización de la cultura popular donde el producto fútbol que él administraba ahora debía llegar a todos los hogares del país de manera libre y gratuita. No lo podías correr por derecha, no lo podías correr por izquierda. El te corría a vos.

Quedará por siempre su figura, gigantesca, ineludible en la historia del fútbol argentino. El título del mundo del 86, los juveniles, elpredioquelaAFAposeenEzeiza, se dice así, todo junto y varios logros más. Pero también quedará lo otro, su manejo cuasi mafioso-dictatorial, su maquiavelismo ramplón y efectivo. Supo erigirse como imprescindible. No dejó sucesión, ni siquiera en sus hijos, a quienes nunca terminó de formar como para tomar la posta. Se llevó todo con él. Se aseguró de que el fútbol argentino quede en Pampa y la vía una vez muerto. Se habrá creído eterno. Pero murió. Y su legado es la incertidumbre, lo cual, a esta altura, es hasta auspicioso.