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Redes libres, conexión comunitaria

Bibiana Ruiz
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Mucho antes de que la expansión de Internet derivara en la aparición de empresas “proveedoras de servicio” capaces de tirar un cable hasta cualquier hogar y satisfacer la demanda de millones de “clientes”, la red era más parecida a una comunidad, una trama formada por pequeños nodos que se conectaban y alimentaban entre sí. Esta lógica propia de la prehistoria de Internet, en apariencia extinguida por el meteorito del negocio y la masificación, aún sigue en pie y es sostenida por las diferentes redes libres comunitarias desperdigadas por el mundo. Pensado desde una perspectiva solidaria y colaborativa, este modelo de conexión casera -en la que vecinos e instituciones locales se enlazan y permiten acceder entre todos a la red- conecta a miles de usuarios en distintas partes del mundo y en Argentina en particular se despliega en algunos pueblos del interior, donde los servicios habituales no llegan. Filosofía, política y técnica detrás de aquellos que decidieron construir su propia red

Definir con claridad qué son las redes comunitarias en un lenguaje simple y libre de tecnicismos no es fácil. En principio, se puede decir que si hay algún experto en redes y software libre, varios dispositivos inalámbricos -routers wifi- (modificados para funcionar de forma diferente a la prevista por el fabricante) y muchas antenas, casi siempre caseras, construidas incluso con latas y alambres, entonces hay redes comunitarias.

También pueden mencionarse algunos valores que se repiten en las organizaciones que se encargan de promoverlas: solidaridad, espíritu comunitario, autonomía y autogestión. Sin embargo, la característica distintiva es el enfoque “filosófico” que siempre resaltan sus partidarios: en una red comunitaria, uno no se conecta a la red sino que forma parte de ella. Esta no termina en un “cliente” sino que continúa extendiéndose de usuario en usuario, de un vecino a otro, de una terraza a otra, y así hasta abarcar todo un pueblo o ciudad. Sus beneficiarios no piensan la conexión como un servicio sino como una infraestructura compartida entre todos. Ahí, las nociones de “usuario final” y “proveedor de Internet” se diluyen.

Para quienes conocen un poco la historia de Internet, se trata de un “volver a las raíces”. A diferencia de lo que sucede con las redes telefónicas, los prestadores que ofrecen conexión a Internet no existen desde el comienzo. ¿Cómo se accedía (en ese) entonces? De igual manera que con las redes comunitarias: había que ponerse en contacto con algo o alguien que ya formara parte de la red (una universidad o institución) y contar con el equipo necesario para establecer un enlace. Sin dudas, debía existir un clima de colaboración entre las organizaciones para favorecer esa dinámica.

En la actualidad, reproducir ese ambiente colaborativo entre los usuarios particulares es más complicado, sobre todo en grandes áreas urbanas donde, si se desea conectar un smartphone o una notebook a Internet por wifi, aparecen decenas de APs (puntos de conexión) disponibles pero cerrados. Lo que demuestra la experiencia de los fanáticos de las redes libres es que los consumidores prefieren la comodidad de tener un proveedor antes que involucrarse en una experiencia colectiva que demande esfuerzo, paciencia y comprensión.

En los pueblos o ciudades pequeñas la cosa cambia. Lo que en un principio se da básicamente por necesidad -ya sea por escasez de proveedores, precios altos o servicio deficiente- termina generando un espíritu comunitario que trasciende el intercambio de información entre computadoras. Así, en la mayoría de estos lugares, las redes son entendidas en un doble sentido en términos de conexión: entre computadoras y entre vecinos. Después de todo, una red no es otra cosa que una malla que se extiende pasando por diferentes puntos que quedan conectados, sin importar si son máquinas, antenas o personas.

Echániz4La experiencia cordobesa

Nicolás Echániz es uno de los que más entiende de redes libres en Argentina. Con la experiencia de haber vivido en ecoaldeas y su interés por la autoconstrucción natural, en 2010 decidió instalarse en José de la Quintana, un pueblo del Valle de Paravachasca, a 56 km de Córdoba capital. Para poder realizar su trabajo como programador (remoto) necesitaba contar con una buena conexión a Internet. El proveedor que llegaba era caro y no cubría todo el pueblo, así que su primer trabajo con las redes tuvo que ver con satisfacer una necesidad personal: hizo un enlace para compartir la conexión con una vecina. Su conocimiento de redes libres y alternativas sustentables, sumado a su activismo por el software libre, le permitieron darse cuenta de que “entender la realidad de un lugar es la clave” y así empezó la idea de una red digital comunitaria para el pueblo.

En 2011, por pedido del Ministerio de Educación de la Nación, armó con la organización Código Sur el programa Arraigo Digital para la enseñanza del software libre en las escuelas, el que aceptaron realizar con la condición de que fuera “de software libre y redes comunitarias” y que se trabajara en pueblos de menos de mil habitantes. “Empezamos con el modelo de red que usamos ahora. Hubo que desarrollar el software, o sea, el firmware de los aparatos y el modelo en sí, las antenas, cómo se instalan… y lo estandarizamos de manera que pudiera haber un documento para seguir las instrucciones, que cualquiera pudiera ayudar a cualquiera, que fuera de bajo costo y que funcionara bien.”

Para ese proyecto fue que diseñaron conceptualmente el modelo de red: cómo iban a enrutar (decidir el camino entre nodos) y hacer que la red supiera por dónde circular la información para que “viaje” lo más rápido posible. Aunque la primera etapa (la de los talleres de software libre) se completó, la que tenía que ver con las redes libres nunca llegó. Les quedó el diseño de red, la idea y las ganas de hacerlo. Así nació QuintanaLibre (2012), como una opción para resolver una deficiencia importante de alternativas de comunicación en el pueblo. “A esta altura, como está implementado, cualquier persona capaz de abrir un navegador, escribir una dirección web e interactuar cliqueando cosas, puede instalarse un nodo”, cuenta Echániz.

La herramienta que utilizan es un software que hace todo: permite alinear las antenas, elige los caminos entre los aparatos, permite armar la red. En palabras de Echániz, “si vos te comprás diez routers, les ponés antenitas y los ponés todos en los techos, no pasa nada porque los routers no saben hablar entre sí, no vienen de fábrica armados para armar una red entre ellos, vienen armados para que después un cable (de alguien) les dé wifi adentro de tu casa. Cambiándoles el software, a esos mismos routers con esas mismas antenas los ponés arriba de los techos de diez casas, las diez casas se conectan entre sí y se genera una red en la que los routers saben cómo elegir los caminos para que la red ande de la manera más óptima”.

“Si una persona se quiere agregar a la red la ponemos en una lista de interesados, luego los convocamos y hacemos reuniones para que se conozcan, se pongan de acuerdo en quién va a comprar los tornillos, las cajas, quién junta la plata, o sea, se empieza a armar una dinámica de grupo y, cuando está todo coordinado (con asado de por medio), se hace el taller que dura un día entero. Ahí aprenden a fabricar la antena y a instalarla en su casa”. Esta modalidad de conexión diseñada por la asociación civil AlterMundi (otra idea de Echániz) se conoce como “red mesh”.

La idea de AlterMundi es trabajar con todo lo relacionado a la colaboración entre pares pero fue tal el éxito de su tarea con las redes que se dedicaron casi por completo a eso. Así como generaron una referencia en el tema de las redes comunitarias, esperan poder generar una referencia en otros ámbitos. En Quintana colaboraron, además, en la creación de la radio comunitaria y del centro cultural. La red cuenta hoy con sesenta nodos -que pronto serán ochenta- y el modelo se replica en localidades cercanas como Nono y Anisacate. “El cambio grande que logramos con libremesh es que permite conectar pueblos: tener una red que cubre un pueblo, otra que cubre otro, y que esas redes se conecten entre sí”. Echániz calcula que con esta tecnología podrían llegar a los diez mil nodos conectados, lo que enlazaría cien pueblos.

Echániz6Pensar a futuro

Argentina Digital es una ley que se aprobó en diciembre de 2014 por iniciativa del Poder Ejecutivo. Su objetivo es generar el marco legal que regula las telecomunicaciones en nuestro país. Por primera vez se menciona a las redes comunitarias en el texto de una ley. Debido a sus particularidades, las redes comunitarias estaban en una zona gris del encuadre normativo. Por eso esta mención representa un gran avance para quienes las promueven.

La ley habla de “fomento y resguardo de las denominadas redes comunitarias”, sin embargo deja pendiente una definición más precisa de cómo llevar a la práctica ese fomento en el proceso de reglamentación que ya está en marcha. Al respecto, Nicolás Echániz comenta que “hacen falta cosas concretas: por un lado, un tipo de personaría jurídica que sea específico para las redes comunitarias y que incluya una licencia de operador sin fines de lucro, que la licencia se pueda sacar fácil, que no se cobren aranceles y que las homologaciones de las estaciones y de los equipos los haga un organismo del Estado, gratuitamente”.

Con el objetivo de continuar con el desarrollo de las redes comunitarias, AlterMundi presentó su proyecto a los premios FRIDA (Fondo Regional para la Innovación Digital en América Latina y el Caribe) que financia iniciativas en el uso de las TICs para el desarrollo. QuintanaLibre: Red Digital Comunitaria tiene muchas posibilidades de ganar el próximo 15 de julio porque salió primera en la instancia previa (de votación pública). “Lo que vamos a hacer con esa plata es comprar equipos para aumentar el ancho de banda de la red que conecta todos los pueblos de la región”.

La experiencia española

Con similitudes y diferencias, y gracias a la colaboración y predisposición de los involucrados, las redes libres se extienden en diferentes partes del mundo. El caso de guifi.net en Cataluña, España, es especial por tratarse de la más grande de todas: actualmente conecta a casi treinta mil hogares.

Ramón Roca es el presidente de la Fundación guifi.net y cuenta que decidieron construir esta red “hace más de diez años para crear una iniciativa con la vocación de armar una red basada en el procomún”. Ya en ese momento, 2003, se las rebuscaban para tener acceso a Internet a través de medios propios y desde distintas poblaciones. Hoy la red funciona en base a que múltiples agentes (voluntarios profesionales, empresas, instituciones, administraciones públicas) “ponen en común infraestructura de red para que esta sea de todos, pública, reconociendo siempre la contribución de cada uno para asegurar que con ello construimos una infraestructura que es explotada de forma justa, evitando caer en la economía especulativa de las grandes corporaciones”.

A la hora de resaltar las “razones del éxito”, Roca habla de la “formalización de los acuerdos de interconexión que definen la red de procomún” y de haber creado alrededor de ella “una economía colaborativa con la que obtenemos la necesaria sostenibilidad, es decir, dar el paso de una red entre amigos a algo de mayor envergadura y para toda la población”.

Cuando se le pregunta por qué en Latinoamérica no se alcanzó (todavía) ese éxito, Ramón Roca aclara que es incorrecto referirse a las comunidades en términos de éxito o fracaso porque no se trata de una competencia. “Hablar de infraestructuras de red es siempre local, algo vinculado y focalizado a un territorio y a una comunidad específica. Siempre es nuestra asignatura pendiente que las comunidades remotas no sean solamente experiencias aisladas”.

¿Qué diferencia hay entre una red libre y una comunitaria? La discusión internacional continúa abierta aunque todos coinciden en que la red funciona mientras la comunidad tiene ganas de que funcione. “Si la gente se cansa y la red empieza a fallar, entonces va a dejar de funcionar”, concluye Echániz.