inicio > Las manos de todos los guapos arriba

NOTAS

anteriorsiguiente
  • tango villero
  • tango y cumbia villera

Las manos de todos los guapos arriba

Sebastián Scigliano
Agrandar fuente Achicar fuente

Una nueva camada del under local se ha dado a la aventura de mezclar en sus canciones y en sus repertorios tango y cumbia, dos expresiones de la música popular que, hasta ahora, parecían habitar dos continentes distintos. Juan Cinza y Los Gedes del Tango, Fernández Pereyra y Bife se atreven a experimentar con eso que llaman el “tango villero”, mientras ayudan a demoler estereotipos o recuperar viejas tradiciones perdidas. Nos juntamos con ellos para que nos cuenten cómo y por qué lo hacen.

Urbanas, orilleras, mestizas, desplazadas, tumberas, prostibularias, fanfarronas, sensibles, jetonas y palurdas. El tango y la cumbia son dos de esas músicas que han recorrido el espinel de las culturas alternas de los barrios bajos pero que, con destinos y legitimidades distintas, raramente se han cruzado en la cabeza tanto de sus cultores como de sus públicos. Al menos hasta hace poco. Tres sugestivas expresiones del under vernáculo, Los Gedes del Tango, Fernández Pereyra y Bife son muestra de que esos caminos se empiezan a juntar, casi sin más estímulo que el natural interés por contar historias que bien podrían ser cánones de ambos géneros, o tan solo porque a quienes se dedican a la mezcla los conmueve por igual uno y otro. “Cuando decimos que hacemos tangos de Pibes Chorros nos miran con interrogación, pero no debería ser ya así”, dice Juan Cinza, de Juan Cinza y los Gedes del Tango, una sorprendente formación de tango clásico a dos o tres guitarras -según la ocasión- y que se ha dado a versionar iconos de la cumbia villera, como “Duraznito” o “Sentimiento villero”, de Los Pibes Chorros. “Hoy por hoy el tango y la cumbia son géneros que conviven permanentemente en el espacio urbano, tanto en el ámbito de la noche como en otros específicamente culturales. Quizás esa convivencia nos haya formado y haya resultado en lo que llamamos exageradamente tango villero. Quizás también nos parece que hay una diferencia conceptual ahí que está dejando de funcionar y que se sostiene apenas sistema de prejuicios mediante”, aclara Cinza. El grupo editó su primer disco, Corta la bocha, un condensado compendio de citas entre el tango, la cumbia, la villa y el barrio. Hasta llegaron al inclasificable Pasión de Sábado, la meca televisiva del movimiento cumbiero.

“Tango, milonga, murga, candombe y cumbia son géneros populares en su origen. Músicas de los de abajo, poesía que da cuenta de todas esas cosas que el discurso de la cultura oficial hace de cuenta que no existen. En su origen, las letras de tango eran retratos de personajes de la calle, de la clase baja, de sus alegrías y tristezas, lo mismo que la cumbia villera cien años después”, dice Fernández Pereyra, un músico callejero, o más bien un “juglar del subte”, como le gusta definirse, que editó un notable primer disco a pura mezcla, Sexo y política, del que son impagables “Los amigos”, una pintura ácida de los marginalitos a la violeta (“La frula te está matando, pero idiota fuiste siempre, creo que lo que más duele es que ni el vicio te cambió”) y su adaptación del clásico de Pulp “Common people”, en el que las aclaraciones de Jarvis Cocker a su interlocutora snob se transforman en una cumbia que invita a alquilar una pieza en Lanús, fumar paragua y jugar al pool para saber lo que se siente ahí abajo.

Ivana Colonna Olsen y Diego Fantín forman Bife, un dúo bien irreverente que le canta, según ellos mismos, al amor no convencional, pero apropiándose de dos géneros, el tango y la cumbia, que han hecho de los estereotipos del amor y sus posibilidades -siempre limitadas- una marca de agua. “¿Qué es la música popular, la que pasan por la radio?”, se preguntan, y se contestan: “Nos da la impresión de que lo que pasan por la radio tiene más que ver con lo que necesitan promocionar las discográficas. La cosa es que nosotras -así, en femenino, destacan los Bife- sentimos que el rioplatense suena de una manera, y cantado eso te da tango. Y por otra parte, cuando estás en una fiesta, ¿qué se escucha, con qué te divertís, qué es lo que se baila?”. Bife también tiene su primer disco en la calle, Con amor, que va de una cumbia que declara su pasión irrefrenable por la bondiola -una no convencional, claro- hasta una reversión del célebre recitado de Edmundo Rivero en “Las 34 puñaladas”, pero que en vez de terminar, como se diría entonces, en un crimen pasional, acaba en un fervoroso menage a trois. “Lo que tienen en común el tango y la cumbia es que son músicas urbanas y, por sobre todo, están plagadas de machismo y violencia. Queremos proponer una alternativa que sea divertida y se parezca a lo que pensamos y sentimos, que no haya que sentir vergüenza de lo que dicen las letras de las canciones que bailamos, o si se nos pega una melodía. Supuestamente en su origen el tango era de clases bajas pero hoy en día es todo lo contrario. Ponerlo en un mismo repertorio con cumbias apunta un poco a señalar lo absurdo de esas diferencias”, sostienen.

Ni tan cerca, ni tan lejos

La incógnita de por qué, al menos hasta ahora, el mestizaje entre tango y cumbia no ha sido ni de cerca todo lo intenso que se pudiera imaginar acaso solo resida en el prejuicio, como dice Juan Cinza, aunque tal vez pueda que haya otras explicaciones, más ligadas al destino de ambos géneros y a sus impurezas: “La diferencia es que, por un sinfín de razones que no vale la pena enumerar ahora, la música rioplatense, particularmente el tango, se legalizó, se convirtió en norma de prestigio”, dice Fernández Pereyra. “Los músicos orejeros del lupanar le cedieron su lugar a los pibes recibidos en el conservatorio y a los poetas eruditos, aparecieron las armonías sofisticadas y los personajes de la calle fueron reemplazados por la épica del viejo-pudiente-bohemio-machista-nostálgico-conservador-putañero-cornudo. Se perdieron algunas cosas, se ganaron otras. El tango devino tradición, hay academias de tango, carreras universitarias de tango”. En cambio, “todo eso con la cumbia no pasó. Es un género siempre poco prestigioso en términos académicos y siempre muy popular, cada vez más, está trascendiendo las fronteras de clase, no se debe a nada ni nadie, por lo tanto es más mutante, más libre, más promiscuo, también más sencillo. Y todas son músicas originalmente bailables, lo cual reafirma su carácter popular”. “Mientras la cumbia sonaba en cada esquina en cada boliche en cada cancha, el tango estuvo echado durmiendo la siesta, como dice Alorsa”, agrega Cinza. “Si bien nunca dejó de existir estuvo en riesgo de extinción. La primera vez que escuché un tango fue a Julio Sosa, por mi hermano, y me pareció tan extravagante y acartonado que me cagué de risa. Es la famosa cuestión del tango for export, se trata de un tango que no está hecho para quienes transitamos el suelo nacional con preocupaciones y tristezas latinoamericanas, sino que es una postal pedorra de Buenos Aires. ¿Cómo nos podía interpelar a nosotros que coreábamos temas de La Renga, hacíamos pogo con los Redondos o bailábamos unas cumbias? Imposible”, resume. “Ahí hubo muchos tangueros que se plantaron y cuidaron el género en posición de resistencia. Hay que darles un premio porque lo que pasó fue que muchos pibes que venían de otro palo, mayoritariamente del rock, comienzan a ranchar en el tango y a desarrollarlo. El resultado es la mayor renovación y recambio generacional del género que hubo en años. Entonces si se quiere es natural que ese encuentro entre estos dos géneros se dé en el momento en que los pibes rescatan el tango”.

Por su parte, los Bife admiten que “la verdad es que no conocemos qué es “el mundo del tango”, “el mundo de la cumbia”. En nosotras hay una intersección porque hablamos el porteño, porque la rítmica, el fraseo del tango surge de como hablamos, porque sentimos que de Buenos Aires se desprende algo tanguero inevitablemente, y porque escuchamos y bailamos cumbias desde chiquitas. Cumbia es música fiestera, un güiro y armonías sencillas, melodías pegadizas, algo picaresco en el discurso. Tristemente tienen en común estos géneros que se los usó para bardear mucho a las mujeres. Ahí hay algo para hacer”.

tango y cumbia villeraQué les pasó

Ni el clima de época, ni el mercado ni tan siquiera un público ávido por escuchar esos cruces invitaban a cultivar una rareza tal como mezclar tango y cumbia. Sin embargo, por alguna razón, pasó. “Quizás lo mío, ojalá, pueda ser el mestizaje no dentro del repertorio, sino dentro del mismo tema, o más bien aceptar y naturalizar que la cumbia ya es, hace rato, parte fundamental de nuestra identidad cultural, rioplatense, argentina, latinoamericana, de lo que hemos elegido ser”, dice Fernández Pereyra. “Lo natural en la música popular, para mí, es el mestizaje constante, no la pureza. La música popular nace mestiza y, de no mediar imposiciones tradicionalistas, el mestizaje continúa, siempre. Ese mestizaje estaba ahí, latente, es el encuentro de mundos estética y socialmente muy cercanos. Otra cosa sería mezclar Debussy con Damas Gratis, no digo que no suene interesante la idea, pero no es lo que hago yo”, agrega, con una mueca de risa. “Empecé a escuchar tango a los quince años más o menos; la cumbia para mí llegó mucho después, cuando empecé a militar en Fiorito -en el Movimiento Evita- y fue emocionante reconocer en ella el rumor de los barrios. Antes incluso tenía un concepto prejuicioso y reaccionario sobre la cumbia”, reconoce Cinza. “Por ahí el tango no es algo que guste de una sino que precisa un poco más de paciencia y si uno viene de tocar rock pasa lo mismo: hay muchísimo para aprender. La cumbia en cambio está siempre al paso, se da concretamente y en el acto, la hace corta. Después los denominadores comunes probablemente tengan que ver más con nuestra historia; nos parece que ambos son géneros que nacen en la marginalidad por lo que soportaron un tiempo el prejuicio y la censura”, ensaya. “Capaz que por nacer en el barrio también son géneros marcados por la injusticia social; entonces son el guacho o el malevo plantándose frente a un mundo que los prefiere lejos o muertos”.

También la búsqueda en el interior de cada género empieza a descubrir retóricas y formas de belleza análogas y vecinas, que no se habían escuchado entre sí, al menos no todo lo intensamente que se pudiera esperar. “Tanto las letras de tango como las de cumbia son pensamientos tristes que se bailan”, dice Cinza. “Lo que sucede con los temas que hacemos es que las letras de la cumbia villera adquieren un espacio que el propio género les niega, entonces se resignifican y son pensadas con más fuerza. Cuando nos juntamos con Ariel el traidor -de Pibes Chorros- una cosa que nos dijo fue “a la mierda, no sabía que hacía buenas letras yo”.

“A nosotras nos interesa apropiarnos de cualquier clasificación de género, por ejemplo, musical y reproducirlo con libertad”, dice Bife. “Por supuesto que para eso aceptamos desde el vamos estar afuera de las iglesias o instituciones apoderadas de la verdad sobre los géneros, sean los que sean. Es decir que seguramente para los cumbieros no hacemos cumbias y para los tangueros no hacemos tangos. Pero hay una cantidad de personas que disfrutan de nuestras canciones tanto como nosotras, y están conformes con llamar cumbias a las bailables y tangos a las otras, las de ritmo cortado, medio así, en dos por cuatro”.

Para la tribuna

“Muchas veces cuando terminamos de tocar se nos acercan y nos dicen que les parecen necesarias esas canciones. Puede ser que no sea lo más habitual, pero se ve que hay mucha gente pensando de la misma manera que nosotras, en las mismas cosas. Quizás no es que no hay producciones musicales o culturales que representen el discurso de esas personas, sino que las vamos a buscar a los circuitos equivocados”, conjeturan los Bife. Lo cierto es que el tipo de escucha de estas nuevas texturas estéticas y musicales requiere, claro, de un público capaz de abrir la oreja y dejarse tentar por la mezcla. Fernández Pereyra admite que, si bien el mestizaje se nota de movida, el público que lo escucha “lo toma con absoluta y completa naturalidad. Síntoma de la generación random, supongo. O de la cercanía desde la que hablo. Lo que hago también es producto de esa generación a la que pertenezco, claro. Lo que más me pone contento es haber logrado que a gente que no le gusta ni medio ni la cumbia ni la música rioplatense, gente de otros palos, sí gusten de mis temas”. Para Cinza, en cambio, “hay un poco de asombro, de identificación y de reflexión. También hay asco, mínimamente, pero lo hay. Es lógico, también, si juntás a todos los negros cabeza de un siglo en un tango villero”.

De todas formas, en buena medida, es la época y sus mutaciones la que sigue siendo la clave para habilitar cruces impensados hasta hace poco. “Nos interesa lo que pasa a nivel generacional”, concluye Cinza. “Gente adulta para la que la cumbia villera no pasó de ser un boom comercial o un fenómeno cultural estrafalario la reconoce y la vuelve a escuchar desde un lugar más cercano, y viceversa: los pibes gedes del barrio que ven al tango como una cosa fifí for export porque usa palabras raras -esas que derivan del francés, ponele- y les parece justificadamente un berretín de chetos o de gringos, nos escuchan, reconocen la música y la murmuran, se identifican y de pronto entiende que el tango es también un género bien piola”.

tangovillero.bandcamp.com

acafernandezpereyra.bandcamp.com

bife.bandcamp.com

 

Fotos: Charo Larisgoitia