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Ringo Star

Federico Scigliano
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Díganme Ringo, la genial biografía sobre el boxeador Oscar Bonavena, acaba de reeditarse. La vuelta de este libro arduamente buscado y casi inconseguible en su primera edición es uno de los acontecimientos editoriales y periodísticos del año, una enorme oportunidad para conversar con su autor Ezequiel Fernández Moores sobre el libro, sobre Ringo y sobre el viejo deporte de los puños, y una forma de recordar un acontecimiento deportivo que paralizó al país: la pelea del noble Bonavena con el mejor boxeador de todos los tiempos, Muhammad Alí, hace exactamente cuarenta y cinco años.

Puerto Rico, octubre de 1970, Oscar Bonavena ha viajado hasta allí para una pelea que, por motivos climáticos, finalmente se suspende. Por esos días, un hecho central de la historia del boxeo estaba por concretarse: el 26 de ese mes se iba a producir la vuelta de Mohammad Alí, en Atlanta, Estados Unidos, tras más de tres años de ausencia en los cuadriláteros después de que, tras negarse a participar de la guerra en Vietnam, le fueran retiradas sus licencias para boxear y le quitaran sus títulos.

Cancelada la pelea con Edy Roosvelt, Ringo no perdió su tiempo e inmediatamente viajó a Miami con un objetivo claro: cerrar un combate con el rey de todos los pesos. Reuniones con Chris Dundee, hermano del mítico Ángelo, entrenador de Alí, promesas, negociaciones, finamente arreglo y firma de un contrato. El inefable Ringo sellaba así su oportunidad pugilística más notable y el país, aunque aun no lo sabía, se encaminaba a vivir uno de los momentos de mayor expectación del siglo XX por una puja deportiva. Muhammad Alí-Oscar Natalio Bonavena. 7 de diciembre de 1970. Hace exactamente 45 años.

Muchos mitos

Bonavena es un mito argentino, qué duda cabe, uno más de una saga selecta e intensa de vidas deportivas nacionales. Como todo mito, Ringo también encontró, bastantes años después de su muerte trágica en mayo de 1976, una pluma genial que lo contara. Escrito a fines de los ’80 y finalmente editado por primera vez en 1992, Díganme Ringo es, a su modo, también un libro mítico del periodismo deportivo. Lejos al mismo tiempo del anecdotario sin forma en que suelen caer las biografías de deportistas, pero también a distancia de los análisis de sociología deportiva llenos de áridas categorías y conceptualizaciones, el libro es una forma maestra de entrarle a una vida apasionante y es también, y allí su mérito, muchas historias a la vez, algunas de ellas apenas esbozadas, que arman un robusto cuadro de época.

A fines de los ’80 Planeta y Sudamericana deciden hacer una serie de biografías sobre personajes populares fallecidos y me ofrecen a mí hacer el deportivo. En la lista estaba Bonavena y entonces lo elegí, primero porque había algo de mi infancia, de ver las peleas con mis hermanos y mi viejo. Y segundo porque yo ya había escrito cosas de boxeo pero muy críticas, había ido al Borda a ver boxeadores dañados por los golpes, había sido muy duro, y esta oportunidad me pareció bien para agrandar la mirada, y el personaje me servía mucho. Otra cosa es que Ringo viene de Buenos Aires y esa cosa porteña me resultaba también cercana”, quien habla es su autor, Ezequiel Fernández Moores, con quien charlamos largo sobre este libro recién reeditado.

Bonavena es en muchos aspectos una rara avis en el mundo del boxeo argentino. En principio, su origen de clase ya lo diferencia, él viene de una clase media baja de un barrio de Buenos Aires. “El hecho de que él sea porteño da una cosa distinta. Su vínculo con Buenos Aires fue de una gran familiaridad. En cambio, Monzón, Loche, tenían desconfianza de la ciudad, el vínculo es más hostil, inevitablemente más hostil”.

Ringo, entonces, como un Cachito campeón de Corrientes invertido, como la contrafigura de ese mito del provinciano que llega a la ciudad y se obnubila y fascina, pero a la vez es engañado y debe sí o sí desconfiar casi para sobrevivir. Bonavena es un vivo de la ciudad, un tipo que se mueve hábilmente por la urbe y por sus suburbios (Parque Patricios es uno de ellos, y uno de los más connotados con la vida porteña de barrio). Alguien que necesita de la ciudad para autoinventarse. Un self made man vernáculo. El título del libro, en ese sentido, es esclarecedor, y cuenta el modo en que Oscar Natalio, a propósito de la aparición rutilante de los Beatles en los 60 -y de una fortuita escena neoyorquina con los fab four-, toma de ahí en adelante el nombre de Ringo, bastante más publicitario que el porteñísimo Titi, con el que se lo conocía en Huracán y sus alrededores.

El tipo se hizo solo y al hacerse solo él puso las reglas de cómo iba a ser ese juego. Cachito dócilmente tuvo que aceptar las reglas, Ringo fue con la cabeza levantada”, cierra Ezequiel.

Foto: Patrick Haae

Ringo vuelve

Bonavena sobrevive, persiste en muchas zonas de la cultura popular argentina. El rock, el heavy, la hinchada, la vida íntima de las esquinas de Pompeya o Patricios hoy, casi 40 años después de su muerte, sigue encontrando en el expediente Bonavena algo de lo que tomarse como clave de identidad. “Yo soy del barrio, de barrio de la Quema, yo soy del barrio de Ringo Bonavena”, canta la monada quemera; “Ringo regresa al barrio”, reza una letra de Las Pastillas del Abuelo; “Está permitido caerse, levantarse es obligatorio”, advierte un mural en el Club Juventud y Armonía de la calle Tabaré, que lo tiene de protagonista junto a Emilio Massantonio, vieja gloria futbolera del Globo. El tipo era fanfarrón, bastante limitado como boxeador, no fue campeón del mundo y su carrera profesional no describe grandes victorias, sin embargo, también en ese mundo esquivo del amor popular, supo ganarse el cariño de los suyos, aunque el comienzo no fue el más auspicioso. Su primer antagonista fue Goyo Peralta, un humilde y centrado peleador del interior del país. El joven Bonavena lo desafió con sus malas artes verbales. El país fue a verlo perder al Luna, pero Ringo ganó bien, y ahí empezó a ser mirado con otros ojos por la afición. La platea lo odia, la popular lo ama, así se va dibujando el corazón del coliseo porteño. “Ringo no fue ídolo, fue popular, me dijo Lectoure una noche”, cuenta Fernández Moores, y sigue: “Me parece que la característica del aguante que él tuvo, entendida del mejor modo, del “me la banco”, es lo que seduce a los más jóvenes. Ringo se convirtió en un símbolo de eso, peleaba contra tipos que eran mejores y más grandes que él y se la bancaba igual, aun siendo inferior. Y eso, que evidentemente padres transmitieron a hijos, queda como símbolo, sobre todo desde el rock y el fútbol”.

¿Estetización de la derrota? Sí. ¿Mito nacional del campeón moral? También. Ahí Ringo dialoga con el Diego herido de Italia 90, pero también con el Firpo robado contra Dempsey, relato central de una zona de la idiosincrasia nacional.

Mundo peronista

Daniel Santoro, a fines de los ’90, hablando de sus pinturas de tema peronista dijo: “Busco lograr un acercamiento visual o al menos dibujar los contornos de lo que podría ser el Justicialismo. Esto sin duda es un desafío, tal búsqueda siempre fue un enigma para sociólogos, politólogos y economistas; intento tener algún resultado antes que la inquietud llegue a los arqueólogos”. Volver al mundo de los ’40 y ’50 en el momento en que esa memoria más peligraba, ir a rescatar esas imágenes antes de que el devenir de los acontecimientos las entierre y su rescate quede solo en manos de arqueólogos. Mantener viva una sensibilidad. Hasta ahí, Santoro. Hay en Díganme Ringo, escrito entre 1989 y 1992 algo que se emparenta con ese gesto. Una mirada que vuelve sobre una sensibilidad en tiempos de acechanza.

Sus páginas hablan de la cultura peronista de los ’50 y ’60 sin nombrar nunca al peronismo, pero cuentan con maestría una sensibilidad de ravioles domingueros y manteles de hule en una casa chorizo de Caseros y Treinta y Tres Orientales… siglos antes de Casa Chaucha. La vida popular de Buenos Aires, con el ansia de triunfar de uno de sus hijos pródigos y el boxeo en el centro de la escena. Un boxeo masivo, además, de Luna Park lleno todos los sábados. Eran tiempos en donde los campeones mundiales se recitaban de memoria. El libro se escribe, también, en el cierre de la última gran década del boxeo.

Cuando lo escribí no pensé en eso, pero ahora me parece vintage, y me causó mucha gracia verlo con ojos de hoy”, confiesa el autor, y ríe.

bonavena-aliVoy a quedar como Alí

La pelea con Alí era la gloria, nunca un argentino había peleado en el Madison por televisión. Era como ir a la Luna. La pelea tuvo el rating que tuvo porque se juntó todo, el Madison, Bonavena y Alí. Está todo. 79 puntos de rating, casi el país paralizado. A las 0:41 de un lunes comienza la pelea. Alí la gana bien pero en el 9no round siente una mano fuerte, y después está la escena en la que Alí se pasa en un swing y queda arrodillado. Y esa foto fue usada para decir que Ringo lo había tirado, aunque eso nunca sucedió. Ringo le bancó la pelea hasta el último round en el que se produce ese momento bizarro en su rincón. Los hermanos Rago, sus históricos entrenadores, compartían el rincón con Gil Clancy, un norteamericano que había estado incluso con Alí en algún tiempo y que Ringo había contratado para la pelea. El yanqui le dice a Bonavena que está perdiendo por puntos y que salga a matar o morir en el último, y los Rago hacen la gran argentina: “Aguantate parado hasta el final, esto ya está. Volvés como Gardel”, le dicen. Cuando se dan cuenta de que Clancy lo manda al frente lo re putean. Ringo está en la pelea más importante de su vida, en el minuto más importante de esa pelea, y los dos entrenadores se están puteando con el yanqui”, no hubo forma de mejorar este relato de Ezequiel Fernández Moores.

Ringo sale a matar o morir, y muere por paliza a 57 segundos del final. Una caída que anticipa otras caídas que vendrán de ahí hasta su muerte trágica. Seis años después.

Vidas de Ringo

Sobre el final de la charla, el mundo del box y el del deporte entran en la reflexión fina y punzante, pero al mismo tiempo extrañamente poética de Ezequiel Fernández Moores. “Una vez escuché una definición del deporte como un fino equilibrio entre el circo y el templo. Si hay algo del templo que aun en pleno circo sigue ahí, esa cosa mítica del deporte, entonces eso es lo que nos atrapa o nos identifica, es lo que nos hace sentarnos a ver”. Ringo Bonavena supo cómo hacer eso tan difícil: estar parado y hacer equilibrio en ese límite.

Escena 1: Bonavena muere en mayo del ’76. Se produce una movilización imponente en una ciudad vaciada. La gente salió en masa a la calle a despedir a Ringo. El sepelio fue en el Luna, a cajón abierto, y de ahí van a Chacarita. Como Gardel. Hay un momento que el cortejo se detiene por un problema mecánico. En la espera, la gente empieza a gritar “Asesinos, asesinos”. La puteada era para los Conforte, el apellido de los mafiosos que habían matado a Ringo en Nevada. En mayo del ’76 esa puteada masiva tenía unos sonidos estremecedores.

Escena 2: Ringo era taquilla pura, cuando había un boxeador en la mala, le daba una pelea para que haga unos mangos con él.

Escena 3 Ringo firma el contrato de la pelea con Alí con su pantalón roto de par en par, pero arreglado por él mismo con una abrochadora de papeles.

Escena 4: De regreso a Buenos Aires tras cerrar el contrato por la pelea, Bonavena llamó a una conferencia de prensa en la puerta de la embajada norteamericana. Quería averiguar qué sanción podía tocarle si llegaba a matar a Cassius Clay.

Escena final: Seis días antes de la pelea Alí y Bonavena se cruzan en la revisación médica en el mismísimo Madison. Alí, sobrador, llamó a Ringo “Vaca de pies cansados”. Ringo fue más directo: “Andá a la puta que te parió”.

Oscar Natalio “Ringo” Bonavena, un mastodonte de Patricios para el mundo. Una anécdota caminando. La vida breve de una argentino bueno.

diganme ringoLa reedición de Díganme Ringo incluye un prólogo y un epílogo escritos por el autor especialmente para esta edición y se consigue en la tienda online de la editorial Periodistas Viajeros libros.periodistasviajeros.com