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ENTREVISTAS

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Juan Ignacio Provéndola

Sebastián Rodríguez Mora
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Como un juego de espejos que muchas veces se rechazan y otras se funden en abrazos extraños y exagerados, la relación entre el rock y la política, en un país que pasó por dictaduras, democracias, luchas armadas, gobiernos liberales y gobiernos peronistas, atraviesa las páginas de Rockpolitik, el nuevo libro del periodista geselino Juan Ignacio Provéndola. En una investigación que recoge testimonios y lecturas de estos cincuenta intensos y por momentos contradictorios años de rock -y política-, Provéndola analiza, en definitiva, qué pasó en la vida pública y juvenil durante el último medio siglo de historia argentina.

Dice Juan Ignacio Provéndola en su introducción a Rockpolitik, editado a fecha muy reciente por Eudeba: “El objetivo de este trabajo será (…) hacer un aporte crítico al estudio del rock a la luz de su relación ética y estética con la actividad política.” De paso por el suple No de Página/12, Rolling Stone, Perfil y siguen las firmas, el periodista geselino emprende un trabajo de vivisección al interior de la historia del rock argentino. Los elementos expuestos podrán no sorprender tanto, pero la foto completa de la intervención que ofrece Rockpolitik permite pensar los cincuenta años de vida pública reciente en nuestro país.

Del profuso material de archivo que Rockpolitik propone, se desprende de los referentes del rock nacional una profunda ingenuidad en materia política. ¿Cómo es entonces que usualmente se asocie al rock con lo libertario o incluso lo revolucionario?

Bueno, yo no sé si estoy tan de acuerdo con eso último. En todo caso siempre prefiero ver al rock como un movimiento contracultural, lo cual permite ponerlo en su verdadera dimensión y, a la vez, articular ciertas tensiones que pueden parecernos contradictorias como esa que señalás, porque en definitiva analizar al rock es analizar una foto que está en movimiento. No es arqueología, no hay rigores de carbono 14, estamos leyendo procesos vivos (lo que pasó hace cincuenta años es más presente que pasado) y es probable que nuestra mirada excluya elementos que no son tan visibles pero que resultan igualmente orgánicos. Desde mi actual perspectiva entiendo que la percepción de lo político dentro de lo que llamamos rock nacional fue evolucionando y madurando de una manera no muy distinta a la del resto de la sociedad. Tal vez en sus orígenes era más romántico ubicarse en los márgenes de lo establecido y oponerse a los poderes dominantes, pero a partir de 1983 el escenario cambió por completo y me parece saludable que el rock haya intentado aproximarse a la política para dinamizar su potencia movilizadora desde ámbitos institucionales. Significa que los artistas (o al menos algunos de ellos) supieron leer el momento histórico: con la vuelta de la democracia muchos de los que se criaron escuchando rock empezaron a sentirse interpelados nuevamente por la política y hubiese sido una necesidad del rock oponerse a eso.

Rockpolitik hace referencia a que “Ayer nomás” de Moris es una versión autocensurada por Los Gatos para que lograran que la discográfica RCA la editara. ¿Ves en ese hecho la semilla de la labilidad política en el género, a diferencia del folklore, siempre más combativo?

Sinceramente no veo en esa decisión un hecho político, sino claramente comercial. No se estaban jugando la revolución marxista, sino la posibilidad de grabar un disco en condiciones favorables. No sólo que no existía la facilidad para grabar y difundir de hoy, sino que ni siquiera existía el concepto de rock nacional como etiqueta para comercializarte. El mercado musical estaba manejado por lo que a las discográficas se les antojaba editar, que en ese momento eran los productos del tipo El Club del Clan, apoyados por programas de teles, revistas, funciones en teatros. Un circo lejano al de Los Gatos, que se habían hecho de una manera no muy distinta a la actual: descubriendo influencias, haciendo covers, tocando en bares, soñando. Esa oportunidad en RCA era muy importante para Los Gatos y creo que lo resolvieron de una manera muy digna, ya que si bien tuvieron que modificar la letra de “Ayer nomás” para que fuera editado el simple que incluía “La Balsa”, automáticamente después grabaron un long play en el que incluyeron canciones tan o más espesas como por ejemplo “Ríete”. Consumado el éxito, Litto Nebbia pudo haberse repetido a sí mismo para seguir gozando de los beneficios, tal como de hecho hacen otros tantos ilustres. Sin embargo, se fastidió muy pronto del mercado discográfico y fundó su propio sello, el mítico Melopea, con el que lleva editados miles de discos hermosos desde lo artístico pero inviables desde lo comercial. ¿No es este acaso un gesto político?

tumblr_nw7mz8WtYF1uczix3o1_1280Marcás dos hitos en la consolidación del rock argentino: el festival Pinap de 1969 y la prohibición para escuchar música extranjera en las radios durante la guerra de Malvinas. ¿Podría decirse que los últimos dos gobiernos de facto permiten que el rock amplíe su público hasta llegar a ser masivo?

Fue en verdad el último, y puntualmente a partir de la Guerra de Malvinas, cuando la prohibición de transmitir “cantables en inglés” obligó a los programadores de radio y televisión a echar mano en un repertorio hasta ese entonces ignorado. Esto, además, provocó que el mercado discográfico se interesara en el rock argentino, sobre todo porque tal y como reconocía un operador “los discos que había hasta ese momento no alcanzaban para llenar el aire”. Hay un dato que lo grafica muy bien, tiene que ver con la considerable cantidad de bandas que entre abril de 1982 y el mismo mes del 83 siguiente grabaron su disco debut: Los Abuelos de la Nada, V8, Violadores, Los Twist, Suéter, Miguel Mateos/ZAS y Memphis La Blusera; todos esos juntos sacaron su primer LP durante ese período. Para el rock, Malvinas fue el Rubicón: cruzarlo le permitió abandonar su nicho y volverse popular, un fenómeno acelerado luego por la vuelta a la democracia. Algunos sostienen que esta circunstancia fue más casual que causal, beneficiada por la insólita prohibición de música en inglés que había ocasionado un inesperado conflicto bélico con el ejército más poderoso de la historia (hasta ese entonces). Como si el rock argentino estuviese de adorno y todo tuvo que ver exclusivamente con el azar. En realidad, ya un año atrás el por entonces presidente Roberto Viola había apadrinado una serie de encuentros entre funcionarios propios y distintos representantes del negocio del rock (músicos, managers) porque había leído lo que ninguno de sus otros “compañeros”: que el rock se había convertido en un importante discurso interpelador de una juventud que, por otra parte, no tenían muchos otros espacios donde articular identidades colectivas, dada la proscripción de la actividad política. Viola duró poco en su cargo y todo quedó en la nada, aunque ese hecho permite comprender que lo ocurrido en 1982 fue la decantación de un escenario que el gobierno militar buscó provocar.

¿Es la historia del rock argentino la misma que la del rock como producto en la cultura de masas? Pienso en el Dylan que canta por los derechos civiles en los sesentas y ahora protagoniza publicidades de Chrysler, o acá Litto Nebbia como imagen del joven rebelde para luego cantar el jingle de campaña de Menem en 1989.

Los tiempos cambian y debemos esforzarnos por entenderlos más allá de los lugares comunes que nos tientan permanentemente. Peor sería que Dylan siguiera cantando en facultades, tal como hacía en sus orígenes, y Nebbia estuviera aún hoy atado a La Balsa. Significaría que no pudieron salirse de ellos mismos. Como consumidor de rock, siempre prefiero que mis artistas favoritos busquen innovarse y asuman riesgos, aún al costo de dar pasos en falso. Lo importante es lo que cada uno sembró e instaló en su momento, las rupturas que provocaron y, sobre todo, el legado que aún se mantiene vigente. El rock como fenómeno cultural sigue vigoroso más de medio siglo después de su aparición y eso no hubiese sido posible sin el aporte de ellos. Ahora el trabajo es de otros.

¿Exigirle al rock argentino una conciencia política trascendente no es pedir un poco mucho de sus personajes? Rockpolitik recoge muchos testimonios en los que los protagonistas prefieren abrirse o esquivar la obligación de definirse.

Tal vez muchos rockeros no tengan la claridad discursiva para expresarse políticamente en una entrevista, pero para su suerte gozan del respaldo de una obra artística que los expresa mucho mejor que sus declaraciones periodísticas. La preocupación por definirlos es más nuestra que de ellos, y en todo caso debemos esforzarnos nosotros por leerlos correctamente. Por otra parte, es difícil hablar del rock como un todo orgánico, porque no es un club ni una organización con un mandato fundante o un reglamento, sino una expresión artística que fue ganando popularidad y, a la vez, se le añadieron acciones de carácter político. De todos modos es posible encontrar ciertos patrones comunes, que son los que intenta describir Rockpolitik, y en ese sentido no tengo dudas que el rock argentino asumió una conciencia política que hoy la vemos representada en muchos artistas involucrados incluso de manera activa en estructuras ideológicas y partidarias.

Rockpolitik plantea sobre el presente un estado de cosas en el contexto de la división peronismo/macrismo como Estados paralelos de apropiación y ‘transa’ con el rock. La escena independiente o indie toma posición en su mayoría por el ahora ex oficialismo. ¿Respetarán los más jóvenes la historia veleta del rock argentino, o algo ha cambiado en las generaciones nacidas en plena democracia?

No me parece que el rock haya sido veleta, sino que, como dije antes, sus protagonistas fueron el producto de tiempos históricos convulsionados, con alteraciones institucionales que tal vez resulten difíciles de comprender en toda su dimensión para quienes no las vivimos. El ejemplo está en la vuelta de Perón: muchos rockeros se entusiasmaron por esa épica del retorno pero prontamente se sintieron defraudados. Lo mismo que le sucedió a tantas otras personas que no pertenecían al rock, ¿no?. Hoy las cosas parecen más fáciles en términos políticos, en el sentido de que uno puede expresarse de modo más racional a favor de tal o cuál color. Lo que resulta difícil es visualizar al enemigo que debería confrontar un movimiento que se precia de contracultural. ¿Sigue siendo el poder político, como lo era en 1966 cuando el rock apareció en plena dictadura de Onganía? ¿Es el poder económico concentrado? ¿Los medios manipuladores? ¿Monsanto? No podemos exigirle al rock que nos solucione la vida, pero con que se plantee estas preguntas basta para que siga manteniendo el carácter cuestionador que lo definió desde su hora cero.

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Juan Ignacio Provéndola

Eudeba

232 págs.

$219

 

Foto: Luciana Granovsky