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Un balance hacia adelante

Facundo Arroyo
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La producción cultural a lo largo de esta última década se caracterizó, entre otras cuestiones, por la lenta desaparición de los límites que separaban la experiencia autogestiva de la gestión pública. De Encuentro a Tecnópolis y de los nuevos ciclos en museos y centros culturales a las propuestas de difusión digital, las iniciativas estatales de estos años no pudieron pensarse sin el trabajo de gestores y productores que venían del sector privado independiente o la movida alternativa y que terminaron por trazar tanto una ética del trabajo y de la calidad como un mapa de las zonas de interés de lo público en la Argentina. En semanas donde se debate el futuro de las políticas culturales, el mercado, el Estado y el rol de los trabajadores públicos, conversamos con productores y especialistas para ensayar una suerte de balance sobre lo qué pasó en el mundo de la cultura y delinear el piso de dónde partirán las discusiones por venir.

El análisis musicológico de Diego Fischerman nos explicó hace unos años que en 1963 Los Beatles grabaron una canción de Chuck Berry cuya letra aseguraba que la música no se detendría jamás y que era posible hacer rock and roll sobre Beethoven. Acaso la mención de Beethoven no fuera casual: hay una idea de arte que se cristaliza alrededor de su figura y del mito que el romanticismo construyó con él. Un ideal estético en el que el sufrimiento del artista y la noción de lucha son esenciales. Y cuyo valor en el caso de la música se definen por las condiciones de abstracción, profundidad en la expresión de conflictos, complejidad y dificultad.

Y frente a las mixturas en el arte, existe un prejuicio que hace un tiempo fisuró. El sector privado, que en otras palabras podría ser el desarrollo autogestionado, y el sector público lograron establecer pautas y, en conjunto, construir proyectos colectivos. Esta relación no fue siempre de la misma manera, se manifestaron en diferentes instancias. Una de las disciplinas en las que se evidencian infinidad de ejemplos es la música. Y uno de los factores determinantes para que esas estructuras convivieran fue la figura del productor. En la jerga emergente también se lo puede definir como un “agitador cultural” porque, en realidad, también desarrollan otras tareas. Un eje trascendental de una metodología que se aprovecha al máximo si lo que se desea es lograr fines.

“Me parece que es un plusvalor que durante estos años los productores y gestores culturales que trabajaron para el Estado provengan del circuito alternativo y de proyectos autogestionados. Porque eso permitió que haya otros criterios artísticos a la hora de programar -por ejemplo, en el CCK, en Tecnópolis o en los espacios musicales del MICA-, alejados de la lógica del mercado. Es decir, no se le dio tanto lugar a artistas estándar o instalados por el mainstream, sino que se atendió a aquellos que representaban el espíritu de su lugar (regional, histórico) y su tiempo. Y también se tuvieron en cuenta las voces emergentes, los nuevos sonidos y escenas. Y creo que ese es el rol del Estado”, dice Sergio Sánchez, periodista de música en Página/12, pero también miembro fundador de la autogestionada Revista Nan. Porque sí, dentro de un circuito, si bien la figura del productor es vital, también las relaciones cambiaron en los demás rubros que completan una escena.

Parte de la discusión del prejuicio fisurado era la dependencia que genera la presencia del Estado en una obra artística, en este caso, o el carácter genuino de cualquier proyecto comunicacional ante ese contacto. Sánchez cierra atendiendo esa supuesta doble moral: “Creo que son ámbitos que no se contradicen, sino que conviven y se entrecruzan. Y hasta se potencian. Celebro que el Estado haya aportado herramientas y financiamiento a los sectores culturales que tienen menos posibilidades de solventarse, porque sus búsquedas no son netamente mercantiles. Y sobre todo pienso esto hoy, en un contexto hegemónico que quiere instalar que los trabajadores del estado (entendidos como del gobierno saliente) son vagos y ñoquis. Un ejemplo es lo que pasa en el CCK”.

zizekFronteras

“Atahualpa Yupanqui no le interesaba a nadie. Estuvimos durante mucho tiempo yendo a canales a ofrecer estos documentales (Los caminos de Atahualpa, 4 episodios sobre el músico folklórico). Y cuando llegamos en 2007 a Encuentro fue absolutamente bien recibido, era justamente lo que querían. Resignificar a nuestros iconos culturales y populares y eso, en definitiva, fue el primer lineamiento sobre el cual íbamos a desarrollar mucha actividad. Lo que siempre nos exigieron es muchísima calidad en todos los ámbitos de la producción audiovisual. Hasta el día de hoy nos siguen exigiendo como al principio”, explica Ariel Hassan, creador de Encuentro en el estudio y coordinador de Contenidos, primero en el Ministerio de Cultura y luego en el Centro Cultural Néstor Kirchner.

No todos los casos donde se evidencia esta dialéctica de producción se dan de la misma manera y con la misma disponibilidad de recursos. Un ejemplo claro es el Instituto Cultural (ahora estaría pasando a ser una secretaría), espacio institucional que depende de la Provincia de Buenos Aires. Martín Liviciche, director del sello musical Sonoamérica y trabajador del Instituto, ofrece su visión: “Particularmente, y pensando en Provincia, una vez ahí, siempre trabajamos mucho por los bordes. Como si fuéramos independientes pero en el Estado. Y desde ahí siempre tratamos de atender mucho a los pares nuestros, por lo menos en mi caso particular. Tratando siempre de que los que tengan más espacios fueran los independientes tanto en los catálogos (se desarrolló uno de rock y otro de folklore), como en los sellos y en la programación alternativa del Festival (Fifba, de acuerdo a su última edición en 2014), con los subsidios, con los apoyos de contactos de gente de afuera (en el caso del Mercado de Música). Me hubiera gustado que exista ese espacio también en la Ciudad de Buenos Aires. Como sello de ahí (Sonoamérica hace base en la Ciudad Autónoma), me hubiera encantado contar con el espacio del Bafim que se está perdiendo, por ejemplo. Hicimos todo lo que pudimos con bienes muy limitados, siempre tratando de discutir los límites con el político de turno”.

Otro tipo de relación estatal se dio a partir del sustento por medio de subsidios concursados. Medio Limón y Cultura Cumbia no son lo mismo pero casi. Desde La Plata, conformaron un colectivo cultural (muchos de ellos son Comunicadores Sociales) que transita y dialoga con la cultura local hace varios años, sobre todo con la música de tradición popular. Primero trabajaron con el rock, luego con la cumbia, y finalmente terminaron planteando una mixtura entre los dos géneros. Se conformaron como asociación civil y con la ayuda de algunos subsidios que ganaron, desarrollaron eventos que se fueron instalando hasta llegar a organizar uno de los pabellones más importantes de Tecnópolis. Sus creadores, explican: “Nos encontramos con el mundo de la producción. Pero nosotros no hacemos fechas. Construimos un evento con variedad en el lenguaje. El discurso de la producción, de ese mundo, mucho no coincide con el nuestro. Nos gusta vivir un proceso de gestión. Sin tecnicismo ni asambleismo, sino más bien poniéndole énfasis en el proceso mismo del trabajo y de la articulación y diálogo entre el equipo. Y en eso también nos curtió para encontrar una gramática propia en la producción”. Y antes de describir cualquiera de esos eventos, advierten: “Hay que dejar en claro que fue muy importante entrar en diálogo con unas políticas públicas re zarpadas. Nos gusta dejarlo en claro”.

encuentro en el estudioQuiebres paradigmáticos

Una de las consecuencias más importantes y visibles del trabajo de estos productores fue la libertad para el desarrollo de nuevos paradigmas. La discusión de “lo digital”, tanto técnica como de contenido, por ejemplo, se pudo instalar en estructuras que a la vista resultaban herméticas. Hassan explica: “En su conjunto, tanto Encuentro, TV Pública y PakaPaka, rompieron un paradigma de cómo se producían contenidos desde el Estado. Históricamente, los contenidos que producía el Estado eran antiguos, aburridos y tecnológicamente retrasados. Eso en estos años se dio vuelta totalmente y pasó a marcar liderazgo en cuanto a lo tecnológico y, sobre todo, en cuanto a contenido. Somos un referente de la televisión pública para todo el continente”.

Y Liviciche, en un plano musical, dice: “La inclusión de vjs y djs en nuestra agenda, por ejemplo, generó un intercambio más potente con otros países. Muchos artistas de otros lados querían venir para ver qué era lo que estaba pasando acá. Eso fue un desafío nuestro: registrar al Fifba dentro de la agenda de festivales de todo el mundo. La cumbia electrónica, el folklore fusión, los djs, son formatos que empezaron a exportarse y uno como productor no podía no incluirlos”.

También, en cuanto a discusiones actuales, ofrecen su postura. Hassan, por ejemplo, aclara la diferencia entre Museo y Centro Cultural: “El CCK no es un museo. Hay pocas muestras estables, es un lugar en constante movimiento y la idea, que llegamos a pensar en ese poco tiempo, es que sea un lugar de creación. No que simplemente fuera un lugar de exposición. Los espectáculos de música que armamos, al menos la parte que me tocó, fueron todos originales. No fue simplemente programar lo mismo que ves en un teatro y que la única gracia era que sea gratuito. Todos los espectáculos fueron, o cruces de artistas que nunca se habían dado o eventos que fueron creados para la ocasión. Integrando orquestas con músicos populares, haciendo arreglos. Todas esas ideas y arreglos quedan para que se puedan utilizar allí y en otros espacios”.

En cuanto a Cultura Cumbia y su noción de armar un espectáculo en Tecnópolis advierten que siempre tuvo el mismo fin. Un objetivo general e importante de revalorizar la noción de “espectáculo”, no como un mero entretenimiento, sino como un intercambio social y musical, donde la ocasión siempre sirvió para encontrarse bajo las parras de la cultura. Liviciche detalla que la discusión sobre el puente entre la tradición y lo contemporáneo se fue dando con el tiempo. Que el esquema tradicional, a la hora de desarrollar algún proyecto, generalmente es lo primero que baja, pero que siempre estuvo la chance de discutir contenido. Enmarcándolo en el Fifba, dice: “Fue como una toma de judo para darlo un poco vuelta, lo torcimos corporalmente para que empiece a sacudirnos. Esto no estuvo presente solamente en la programación, también fue una fija en los diferentes espacios que hacían al festival”.

Una nueva relación, entonces, queda registrada para el desarrollo cultural de nuestro país. Algo que parecía inviable resultó ser un horizonte posible, una nueva manera de poder realizar proyectos para un bien común. “Lo que tiene la gestión pública es que estás bajo un full life permanente. Es la entrega de la vida personal. Eso marca lo que significa la gestión pública”, aclara Ariel Hassan y Martín Liviciche cierra: “No nos asusta volver a la gestión independiente. Lo que viralizás en movidas se complica pero después uno se acomoda y le sigue dando para adelante. Hay que organizarse y resistir. Y generar movimientos, no hay que quedarse quietos”.