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RUIDO DE FONDO

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La libertad de un animal salvaje

Facundo Arroyo
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Paula Maffía es una gran cantante e intérprete. Quizás en Las Taradas (grupo donde canta y toca el ukelele -acaban de editar el LP Sirenas de la jungla-) cumple funciones más específicas y en La Cosa Mostra (donde es líder compositiva y comparte la producción con su aliada Lucy Patané) se dedica a un proyecto enfocado al swing con acercamientos a la música italiana de los sesenta, entre otros coqueteos. Es con su nueva banda de señoritas, Paula Maffía Orgía, y el lanzamiento de su primer larga duración, que logra equilibrar en algunas canciones los dotes que tiene para interpretar algunos géneros específicos. Hay, también, algunos aciertos a nivel musical. La clave de esta cantora nacida en Buenos Aires sigue siendo su búsqueda genérica, la misma que investigan varias de sus contemporáneas.

Para que esa búsqueda no se desborde de derivadas, Paula fue a la búsqueda del productor más sabio y amable del Oeste, Juan Ignacio Serrano (Juanito el cantor). Su fortaleza de zen urbano logró impactar de lleno en el equilibrio, o el desborde, que pretendía la cantante y compositora. No hay marca registrada en sus producciones, pero la convivencia entre las canciones de una misma obra es ya una constante en el trabajo del líder de La Nube Mágica. Por eso, por ejemplo, “Mar de caricias”, canción que parte a este disco en dos, es un punto altísimo de Paula Maffía. Acústica y folk, guiada por un acordeón (Natalia Sabater), sin zarparse en arreglos vocales extendidos ni en instrumentaciones de relleno, logra un gran clima melódico y larga un verso despojado que bien podría aplicar a sus intensiones musicales: “Debería aprender a perder el tiempo”.

Sin aclarar demasiado porque ya no es, por fortuna, una necesidad, Paula le canta a las chicas. En “Córcega”, una balada con toques rock y algo pop, dice “No hay otra guía que esta / sensación de inmensa libertad” y en “Nenita” advierte: “Capricho, soy la que se muere por estar con vos”. “La camisa roja” es enigmática, bajo los rieles de un valsecito conducido otra vez por el acordeón, hay una melodía dulce que insinúa una historia inesperada.

Musicalmente el disco es tan ecléctico que se transforma hasta dentro de una misma canción. La pieza más mutante es “La rama y la flor”. En poco más de cuatro minutos, la letra cabalga por aires de zamba, chacarera, canzonetta y hasta tiene algunos giros de canción romántica. Es como si una canción pudiera elegir libremente su destino, fija en artistas como Maffía y en productores como Serrano. El mismo nombre del disco juega también con esta identidad mixta, aunque haga pie en el ladrido, habrá mucha insinuación felina. Un instinto animal tan feroz capaz de matar a un lobo. El resultado, quizás, de amores salvajes y peligrosos.