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RUIDO DE FONDO

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Frenkel baila su mantra

Gonzalo Bustos
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El trabajo de cuerdas es lo que traslada a Ritmo, el último trabajo de Diego Frenkel, a otro nivel. Cuerdas que tienen en la guitarra acústica no solo el sostén de las melodías de canciones directas, sino que además se ocupan -en otras ocasiones- de marcar el pulso interno de la pieza; momentos electrificados -en su gran mayoría funcionando como arreglos- que cargan de distorsión rocker y sacuden. Todo eso en perfecta conjunción con la base rítmica: hay una fusión orgánica entre arpegios y riffs con golpes percusivos y bajos firmes. Así el ex La Portuaria y su banda (Lucy Patané en guitarras eléctricas, Florencio Finkel en el bajo y Pedro Bulgakov en batería y percusión) construyen los paisajes que van desde la canción con tintes folclóricos hasta lo dance y electrónico, lo afrobeat y lo rockero, para ser el fondo necesario para líricas que muestran a un Frenkel atravesando una etapa de existencialismo celestial.

“Danza” como track de apertura deja en claro de qué va la cosa. Hay una intro con acústica arpegiando en un ritmo entrecortado, unos parches que galopan y al rato una viola eléctrica que viene a serpentear arriba para luego desaparecer. Así se llega al estribillo cubierto por una orquestación espiritual que cobija la voz de Frenkel que canta con un dejo mantrico. En “Vía láctea” el entramado de cuerdas es más sofisticado llevando todo hacia un estallido rock comandado por un riff distorsionado después de que la voz diáfana sentencie que “nadie camina solo”.

A pesar de que el comienzo es claro, es otro el dúo de canciones que definen el disco: “Ritmo” y “Mantra”. La primera tiene un groove bien marcado, un Frenkel más nasal y libre, unas guitarras bien al frente, como indicando qué hacer. Construyen así una pared sobre la que se estampa el estribillo. Es una oda intensa al ritmo, el motor de la vida humana. La segunda es un afrobeat paranoico, con un salvajismo bruto. Un revuelto de tambores, líneas de guitarras y un Frenkel desquiciado que, más allá de lo pretencioso de la propuesta, llega a una composición que es de lo mejor de su carrera.

Tras semejante sacudón sobreviene el reposo de “Océano”. Una canción mansa, como de mañana en el campo, que deja en claro que Ritmo está pensado al mínimo detalle para hacer carne las sensaciones que es capaz de generar la música en una persona. El orden de los temas nos permite pasearnos por retorcijones enfermizos, descansos anestésicos y viajes experimentales como el de “Amor demolición”. Ahí, en el cierre, donde Frenkel canta como metido un agujero y deja su falsete temblando en el aire mientras dice que “todo lo hacemos en nombre del amor”, puede residir el gen de lo que vendrá.

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Ritmo

Diego Frenkel