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El amor y sus ideologías

Ni a Palos
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Romina Sánchez

Jamás podría enamorarme de un macrista. Pero a veces es necesario pagar los intereses de tanta soledad acumulada diciendo que está todo bien que vos creas que la última vez Buenos Aires votó a contramano del país porque “es la vanguardia política”. En una nota me crucé hace un tiempo con un muchacho PRO, que trabaja en la administración porteña. Salimos, me gustaba. Fuimos a comer y a tomar algo. Habrá sido el alcohol, no sé, pero el asunto es que, como esa sensación de estar en casa sin corpiño, nos soltamos en una charla que, en rigor, fue bastante estereotipada, de machetito debajo de la mesa. En un momento, en una reedición tan cool como reaccionaria del hit hay que dejar de robar por dos años, el señor M –vamos a llamarlo así– tiró por una catapulta su hasta ahí aceptable performance.
-Acá habría que implementar el sistema de premio al rendimiento docente, que se hizo en muchos lados, como en Chile. Así, vas a ver cómo se dejan de joder con los paros. Ponelos a capacitarse y que ganen en función de su esfuerzo, viejo.
Como si me hubiese comprado un ticket para ese juego en el que te suben unos cuantos metros en una especie de tubo y te sueltan a los minutos, con la velocidad furiosa de un cohete, de querer llenarle el cuello de besos, pasé a querer llenarle la cara de dedos. No iba a haber amor con ese muchacho, pero qué anémica estaba mi libido. Ni ganas de discutirle tuve. Me tengo que ir, mañana arranco temprano.
Cuando el amor es atravesado por la ideología, y cuando la carne también es atravesada, como una brochette vital, por una determinada concepción del mundo, la soga indefectiblemente te tira de uno u otro lado. Y eso fue algo que me empezó a pasar cuando estrené los veinte y la relación con mi novio de la adolescencia empezaba a flaquear. Es que resulta que un día, como por efecto de algún mentalista, se dio cuenta que lo suyo eran las armas, “la seguridad nacional”, como me decía bajo una inocencia un tanto macabra, de pibe poseído en una peli de terror. “Voy a ser marino”, me anunció un día que me citó en nuestra plaza favorita y llegó puntual. Aprobó la admisión y pasó casi un mes en una isla, “el reclutamiento”. Volvió con 15 kilos menos, a puro moco: sí, parecía que venía de la guerra. Yo creía que no iba a aguantar. Pero se recibió. Hoy es infante de marina, la elite de la armada, y se debe saber de memoria Hombres de honor.
Al mismo tiempo yo había empezado comunicación, y comencé a notar que en cuestiones que antes coincidíamos automáticamente, ahora disentíamos y cada vez con más vehemencia. “Ya fue la dictadura. ¿Todo el día están rompiendo con eso en la facultad?” Y cuando nos enterábamos que en el barrio un pibe había robado, me decía, mirando bien alto, que a esos negros había que matarlos a todos. Así que, en 2002 decidimos quitarle el respirador artificial a la afinidad ideológica, esa forma parecida de ver las cosas, que también es el amor. Y aunque me buscó, nunca más quise saber de él. Solo me quedó la duda de saber qué habrá pensado cuándo Néstor hizo descolgar los cuadros de Videla y Bignone en el Colegio Militar, qué pensará de la ESMA como espacio activo de la memoria, en fin, cómo lee la política K de los derechos humanos.
Ahora, que estoy disfrutando de las mieles de la relación con un chico Nac&Pop, no vayan a creer que es todo color de rosa. Con este kirchnerista duro me cuesta a veces discutir sobre los matices de ciertas cuestiones. De todos modos, en la paleta del blanco y negro, estamos buscando los grises. Y amor, lo que se dice amor, no sé si hay, pero que habrá, habrá. Mientras, nos reímos de aquel macrista.