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FRONTERAS

Otro mundo es posible (uno mucho peor)

Federico Vázquez
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1. ¿Puede haber una lectura “del mundo” a secas? O sea, una que no arranque y termine en la metáfora kirchnerista del espejo invertido: acá estamos bien en un mundo que se va al tacho. Que tiene sin dudas su productividad política, como también el valor de pensar al resto del mundo desde la situación argentina, una rareza hasta poco tiempo atrás. Europa copia nuestra crisis de 2001, nuestro ajuste neoliberal. Ok, pausa. ¿Y cuál es la segunda conclusión que se puede sacar después de la risa socarrona? La conclusión es sombría: el mundo no parece estar yendo por una buena senda, la preponderancia del mercado sobre la política, que juzgamos agotada en América del Sur, está más vigente que nunca en los países centrales. Más aún: las recetas políticas de moda cercenan aspectos clave de la soberanía popular y territorial. En Italia la salida del ciclo político de Berlusconi terminó en el sueño cavallista de un gobierno tecnócrata y Grecia dio un paso más al sumar la extranjerización de la gerencia del Estado: hoy por hoy, gobierna una “troika” compuesta por el Banco Central Europeo, el Fondo Monetario Internacional y burócratas de la Unión Europea. ¿Por qué no explota todo por el aire? Porque antes que una crisis sistémica, de funcionamiento general de la economía continental, parece ser una crisis de concentración intraregional: mientras España tiene un récord de 24% de desocupación, en Alemania ronda el 7%, el más bajo en los últimos 20 años. A la desigualdad social creciente producto de los ajustes, se le suma la desigualdad entre los países de la Unión. En Francia un popular programa de humor político, Les Guignols de l´info, muestra a tanques alemanes cruzando la frontera. En la escena siguiente Angela Merkel se dirige al país galo como…. presidenta de Francia y les dice marcialmente que “ahora van a tener que trabajar”. Un ¿chiste? sobre el pasado imperial alemán pero que ya tiene algunos datos reales.

2. La desazón con el rumbo del mundo no termina ahí. El 2011 fue el paroxismo de la tercerización de la guerra por parte de Estados Unidos. Murieron en Afganistán más contratistas (o sea, empleados de empresas privadas que hacen trabajo de guardaespaldas, de ingenieros o de cocineros) que militares. Y al morir no vuelven enfundados en la bandera de las barras y las estrellas. Es más: ni siquiera hay obligación del gobierno de reportar esas muertes como “bajas”, sólo una indemnización de las empresas privadas  por “accidente de trabajo” a los deudos. Algo que, razonado, es lógico en un estado de patrullaje permanente del mundo. Ya no habría una nación en guerra, sino campañas militares semiprivatizadas sin solución de continuidad ¿Qué puede querer decir “paz” en ese contexto? ¿Cuánto falta para que esas invasiones sean justificadas ya no desde valores como “justicia”, “democracia”, “libertad”, por más cinismo que encierren esos conceptos, sino desde la mucho más prosaica generación de empleo.

3. Estados Unidos viene aplanando el terreno para otra incursión. El tamborcito mediático hace rato que runrunea los nombres de Siria e Irán, los dos máximos referentes del mundo árabe “contestatario”, no alineado con occidente. Son los supervivientes de una región en descomposición, profundamente fragmentada entre los que decidieron apoyarse en los países occidentales y los que todavía intentan un margen de autonomía en la escena mundial. Es un parte aguas distinto al que sugiere la publicidad de la “primavera árabe”, con sus revoluciones de Twitter y la maratón de gente sojuzgada por tiranías corriendo hacia la modernidad democrática. Algo o mucho de eso hay, pero Libia se definió después de una infinita lluvia de bombas de la OTAN y, según se escribe en el propio New York Times, las armas de los “rebeldes” que mataron a Khadafi fueron aportadas por el país más pro norteamericano de la región: los Emiratos Árabes Unidos. ¿Hasta donde llega entonces el publicitado multilateralismo? China y Rusia, que impidieron hasta ahora que se aceleren los tiempos de la invasión a Siria desde sus asientos en el Concejo de Seguridad de la ONU, no tienen ni de casualidad fuerza suficiente para impedir una intervención en Medio Oriente. Y es que ser grandes economías no es igual a ser grandes potencias políticas y militares. Algo que es útil recordar cuando, por ejemplo, se sobre valora la importancia de que Brasil sea hoy  la sexta economía del mundo. Nuestros vecinos le “ganaron” ese puesto a Inglaterra, sí, pero es ésta la que todavía puede darse el lujo de tener una colonia a 14 mil kilómetros de Londres.

4. En este contexto mundial la política y la economía sudamericana parecen salidas de otro pozo. Pero no: la materialidad en que se basa nuestro presente está ligada a ese mundo de tierras movedizas que estimula los precios del petróleo, minerales y alimentos. Entonces, algo tenemos que ver con ese mundo un tanto horrible y decepcionante. La buena noticia es que, por ahora, nuestra relativa marginalidad nos permite verlo desde una cómoda distancia.